El primer semestre arrojó un superávit comercial récord y la oportunidad de terminar con la restricción externa
Por Ezequiel García Corado, especialista en comercio exterior

Durante años, la balanza comercial argentina estuvo condicionada por un problema
recurrente: cada recuperación de la actividad económica terminaba chocando contra la falta
de divisas. Crecían las importaciones, escaseaban los dólares y reaparecía la restricción
externa. Pero los números del primer semestre de 2026 parecen mostrar, al menos por ahora,
un escenario diferente.
Que el superávit comercial acumulado entre enero y junio haya alcanzado los US$13.923
millones y ya supere el saldo positivo registrado durante todo 2025 no constituye únicamente
un dato estadístico. Es una señal de que el sector externo está atravesando un cambio de
escala, impulsado por un crecimiento muy significativo de las exportaciones y por un avance
mucho más moderado de las importaciones.
Lo interesante es que el fenómeno no responde a un único factor. Las exportaciones
mantuvieron durante junio un crecimiento interanual del 24,5%, prolongando la dinámica
observada entre marzo y mayo, cuando los incrementos habían superado incluso el 30%.
Al mismo tiempo, las importaciones crecieron apenas 7,3%, con una particularidad relevante:
las cantidades importadas comenzaron a disminuir, reflejando un comportamiento mucho
más contenido de la demanda externa de bienes.
El resultado es un saldo comercial que ya acumula 31 meses consecutivos en terreno positivo.
Más allá del récord, la continuidad del proceso adquiere especial importancia porque aporta
previsibilidad a una variable históricamente muy volátil para la economía argentina.
La proyección también ayuda a dimensionar el cambio. Si la tendencia actual se mantiene
durante el segundo semestre, las exportaciones podrían aproximarse a los US$100.000
millones al cierre del año, mientras que el superávit comercial rondaría los US$21.000
millones, prácticamente el doble del obtenido en 2025.
Naturalmente, estos números no garantizan por sí solos un crecimiento sostenido de la
economía. Un elevado superávit comercial puede convivir con desafíos internos vinculados al
nivel de actividad, el consumo o la inversión. Sin embargo, sí modifica uno de los principales
condicionantes macroeconómicos que históricamente limitaron los ciclos de expansión del
país.
Disponer de un flujo más robusto de divisas implica fortalecer la capacidad para financiar
importaciones estratégicas, reducir vulnerabilidades externas y mejorar la posición frente a
eventuales shocks internacionales. En otras palabras, un comercio exterior sólido amplía el
margen de maniobra de la política económica.
También pone de manifiesto la creciente relevancia que adquieren los sectores exportadores
como generadores de dólares genuinos. En una economía que durante décadas dependió
cíclicamente del ingreso de capitales o del endeudamiento para equilibrar su frente externo, la
capacidad de generar divisas a través del comercio internacional vuelve a ocupar un lugar
central.
El verdadero desafío comienza ahora. Los récords son importantes porque marcan un punto
de llegada, pero sobre todo porque plantean un interrogante sobre su sostenibilidad. Mantener
un nivel elevado de exportaciones requerirá consolidar la competitividad, ampliar mercados y
sostener el dinamismo de los sectores que hoy impulsan el crecimiento del comercio exterior.
Los datos del primer semestre muestran que la Argentina logró construir un superávit
comercial de magnitud inédita para este momento del año. La cuestión ya no pasa únicamente
por celebrar el resultado, sino por determinar si ese desempeño representa un fenómeno
coyuntural o se trata del inicio de una nueva etapa para la inserción internacional de la
economía argentina.
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