Cuando mueren las palabras

Los reacomodamientos y movimientos en el escenario político pueden distraernos de la perentoria necesidad de contar con ejecutores de la "res pública". por Sergio Ceron

4 noviembre, 2000

La naturaleza odia el vacío; la política también. El gobernante tiene las facultades para ejercer el poder; si no lo hace, abre un espacio vacío hacia el futuro.

Alguien se ocupará de llenarlo; esto era así en la Florencia de Maquiavelo y lo es en la Argentina de hoy. La condición intrínseca del hombre no ha variado.

A partir de estos supuestos, podemos intentar una aproximación al análisis de la semana transcurrida en la que percibimos signos contradictorios.

Mientras pareciera que se insinúa un tímido retroceso de la deflación (Ver “Incipientes signos de reactivación”) y desde el Norte llegan noticias de que no se esperan más alzas de las tasas de interés, algunos analistas advierten señales de preocupación oficial.

Al parecer, desde el Indec trascendió que el índice de desempleo tiende a aumentar y que a fines de diciembre podría rondar 16% (se habla concretamente de 15,8%, como dato eventual).

Estos datos, provocan en algunos observadores el recuerdo de aquella frase ,atribuida a Bill Clinton en su última campaña electoral: “!Es la Economía, imbécil!”. Una forma muy anglosajona y pragmática de observar el mundo.

Nadie puede objetar la influencia decisiva de lo económico en la vida del hombre. Juan XXIII solía decir que ,antes de predicar la salvación del alma, era necesario atender las mínimas necesidades del cuerpo; esto es lo que no puede descuidar un estadista.

Por eso cualquier gran empresario debe saber manejar la ecuación riesgo-beneficios y, a veces, atender a su vocación de grandeza, aún a costa de equivocarse.

Para él la peor equivocación es mantenerse en perpetua expectativa, sin atreverse a dar un paso hacia las incógnitas del futuro.

El Presidente Fernando de la Rúa, afirman sus allegados, contempla con preocupación el panorama del año 2001 y el futuro electoral de su partido si su gobierno no logra revertir el rumbo de la crisis.

Y ,ante los temblores que hacen oscilar el piso de la sociedad argentina ( Ver “Piquetes: preocupa el clima social”), el primer mandatario vacila en pegar el categórico golpe de timón que se le pide desde diversos sectores de la comunidad.

Psicológicamente recuperados del shock del 24 de octubre de 1999, los dirigentes del Partido Justicialista surgen dispuestos a reclamar su cuota de poder; ésa que sienten les pertenece a partir de controlar las provincias más importantes del país y la cámara de Senadores.

Se han parado frente a De la Rúa y, como los nobles castellanos le dijeron a su rey, proclaman sus solicitudes encabezadas con la celebérrima frase: “Nos, los que somos igual que vos y todos juntos más que vos”.

Desde La Rioja, con un Carlos Menem que aspira a resurgir, plantearon una serie de requisitos al gobierno central, en términos que indican un claro endurecimiento de la oposición. Parece obvio que avanzan sobre un terreno que consideran propicio (Ver “El PJ se juega como oposición”).

La situación se complica debido a que los legisladores de la Alianza del noroeste y la Patagonia parecen dispuestos a acompañar al peronismo en el rechazo de las propuestas de Economía de dejar sin efecto el Fondo del Tabaco y los subsidios al gas y las naftas de las provincias sureñas.

Los periodistas vinculados a los obispos católicos anuncian que el plenario ,que iniciará el lunes el episcopado, deberá analizar una carta enviada por la llama Mesa del Consenso, un nucleamiento en el que figuran hombres representativos de la Unión Industrial Argentina, instituciones que agrupan a pequeñas y medianas empresas y a las centrales obreras.

En el documento se exhorta a la Iglesia a no ceñirse exclusivamente a cumplir un papel asistencial, sino a defender la producción nacional y a cuestionar el modelo económico vigente.

Un sistema que es fustigado permanentemente desde el Vaticano por el Pontífice y su colaborador, el influyente cardenal alemán Joseph Ratzinger.

Es recordado aún el simposio de economistas católicos, reunido en 1982, en el que Ratzinger fustigó simultáneamente, como intrínsecamente erróneos, al marxismo y al “capitalismo salvaje”.

Aunque es cierto que en una democracia todos sus miembros son iguales y que esta aseveración se torna más contundente cuando el poder social está repartido, también lo es que hay alguien que “es más igual que los demás”.

Así como el Papa es un obispo como otros, por ser el primado de Roma es el “primer inter pares, en la república el Jefe de Gobierno tiene la más alta cuota de responsabilidad y es, por tanto, la más alta dignidad del Estado.

En la Argentina esa dignidad tiene nombre, Fernando de la Rúa. A él le corresponde empuñar el timón e indicar el rumbo de la nave del Estado, buscando por supuesto, el conseno de quienes viajan en ella y tienen colocada en manos del timonel la suerte de su futuro.

José Ortega y Gasset, nos legó un consejo que es, más bien, una advertencia :”¡Argentinos a las cosas!”; tal vez sea el momento justo para que nuestra clase política recapacite sobre esa vieja admonición del pensador hispano.

Hemos llegado a un punto en el que hay que obrar porque “mueren las palabras”.

La naturaleza odia el vacío; la política también. El gobernante tiene las facultades para ejercer el poder; si no lo hace, abre un espacio vacío hacia el futuro.

Alguien se ocupará de llenarlo; esto era así en la Florencia de Maquiavelo y lo es en la Argentina de hoy. La condición intrínseca del hombre no ha variado.

A partir de estos supuestos, podemos intentar una aproximación al análisis de la semana transcurrida en la que percibimos signos contradictorios.

Mientras pareciera que se insinúa un tímido retroceso de la deflación (Ver “Incipientes signos de reactivación”) y desde el Norte llegan noticias de que no se esperan más alzas de las tasas de interés, algunos analistas advierten señales de preocupación oficial.

Al parecer, desde el Indec trascendió que el índice de desempleo tiende a aumentar y que a fines de diciembre podría rondar 16% (se habla concretamente de 15,8%, como dato eventual).

Estos datos, provocan en algunos observadores el recuerdo de aquella frase ,atribuida a Bill Clinton en su última campaña electoral: “!Es la Economía, imbécil!”. Una forma muy anglosajona y pragmática de observar el mundo.

Nadie puede objetar la influencia decisiva de lo económico en la vida del hombre. Juan XXIII solía decir que ,antes de predicar la salvación del alma, era necesario atender las mínimas necesidades del cuerpo; esto es lo que no puede descuidar un estadista.

Por eso cualquier gran empresario debe saber manejar la ecuación riesgo-beneficios y, a veces, atender a su vocación de grandeza, aún a costa de equivocarse.

Para él la peor equivocación es mantenerse en perpetua expectativa, sin atreverse a dar un paso hacia las incógnitas del futuro.

El Presidente Fernando de la Rúa, afirman sus allegados, contempla con preocupación el panorama del año 2001 y el futuro electoral de su partido si su gobierno no logra revertir el rumbo de la crisis.

Y ,ante los temblores que hacen oscilar el piso de la sociedad argentina ( Ver “Piquetes: preocupa el clima social”), el primer mandatario vacila en pegar el categórico golpe de timón que se le pide desde diversos sectores de la comunidad.

Psicológicamente recuperados del shock del 24 de octubre de 1999, los dirigentes del Partido Justicialista surgen dispuestos a reclamar su cuota de poder; ésa que sienten les pertenece a partir de controlar las provincias más importantes del país y la cámara de Senadores.

Se han parado frente a De la Rúa y, como los nobles castellanos le dijeron a su rey, proclaman sus solicitudes encabezadas con la celebérrima frase: “Nos, los que somos igual que vos y todos juntos más que vos”.

Desde La Rioja, con un Carlos Menem que aspira a resurgir, plantearon una serie de requisitos al gobierno central, en términos que indican un claro endurecimiento de la oposición. Parece obvio que avanzan sobre un terreno que consideran propicio (Ver “El PJ se juega como oposición”).

La situación se complica debido a que los legisladores de la Alianza del noroeste y la Patagonia parecen dispuestos a acompañar al peronismo en el rechazo de las propuestas de Economía de dejar sin efecto el Fondo del Tabaco y los subsidios al gas y las naftas de las provincias sureñas.

Los periodistas vinculados a los obispos católicos anuncian que el plenario ,que iniciará el lunes el episcopado, deberá analizar una carta enviada por la llama Mesa del Consenso, un nucleamiento en el que figuran hombres representativos de la Unión Industrial Argentina, instituciones que agrupan a pequeñas y medianas empresas y a las centrales obreras.

En el documento se exhorta a la Iglesia a no ceñirse exclusivamente a cumplir un papel asistencial, sino a defender la producción nacional y a cuestionar el modelo económico vigente.

Un sistema que es fustigado permanentemente desde el Vaticano por el Pontífice y su colaborador, el influyente cardenal alemán Joseph Ratzinger.

Es recordado aún el simposio de economistas católicos, reunido en 1982, en el que Ratzinger fustigó simultáneamente, como intrínsecamente erróneos, al marxismo y al “capitalismo salvaje”.

Aunque es cierto que en una democracia todos sus miembros son iguales y que esta aseveración se torna más contundente cuando el poder social está repartido, también lo es que hay alguien que “es más igual que los demás”.

Así como el Papa es un obispo como otros, por ser el primado de Roma es el “primer inter pares, en la república el Jefe de Gobierno tiene la más alta cuota de responsabilidad y es, por tanto, la más alta dignidad del Estado.

En la Argentina esa dignidad tiene nombre, Fernando de la Rúa. A él le corresponde empuñar el timón e indicar el rumbo de la nave del Estado, buscando por supuesto, el conseno de quienes viajan en ella y tienen colocada en manos del timonel la suerte de su futuro.

José Ortega y Gasset, nos legó un consejo que es, más bien, una advertencia :”¡Argentinos a las cosas!”; tal vez sea el momento justo para que nuestra clase política recapacite sobre esa vieja admonición del pensador hispano.

Hemos llegado a un punto en el que hay que obrar porque “mueren las palabras”.

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