China: un plan para liberar el mercado
La III Sesión Plenaria del 18º Comité Central del Partido Comunista de China atrae la atención de la comunidad internacional, que espera que el encuentro trace la nueva dirección del desarrollo de China en la próxima década.
El plenario, que abrió en Beijing el sábado 9 de noviembre, ha sido promocionado por el régimen y la prensa financiera internacional como el anuncio formal del Presidente Xi Jinping y el Premier Li Keqiang de una nueva ronda de reestructuraciones pro mercado, con inmensas implicancias para la clase trabajadora china.
Yu Zhengsheng, uno de los siete miembros del Comité Permanente del poderoso Politburó, declaró en un foro el mes pasado que “esta ronda de reformas será histórica en términos de su alcance e intensidad”.
El “tercer plenario” de cada nuevo comité central ha sido siempre un punto de inflexión en el proceso de la restauración capitalista de China en los últimos 35 años. El tercer plenario del 11º Comité Central del PCC vio la llegada al poder de Deng Xiaoping en 1978. Él inició el programa de “reforma y apertura” para desmantelar la agricultura colectiva y estableció las primeras “zonas económicas especiales” de trabajo barato.
En 1984, el tercer plenario del 12º Comité Central expandió las reformas de mercado a las empresas estatales urbanas. En 1988, el tercer plenario del 13º Comité Central impuso la “reforma” de precios y salarios en áreas urbanas, que en 1989 provocó revueltas de trabajadores y estudiantes en todo el país, que culminaron con la masacre de la Plaza Tiananmen.
Luego Deng volcó todo el Partido y la burocracia estatal hacia la completa transformación de China en la primera plataforma de salarios bajos del mundo e inició una masiva ola de privatizaciones que dejaron en la calle a millones de trabajadores. Esa agenda fue anunciada en 1993, en el tercer plenario del 14º Comité Central.
Según el Financial Times, el tercer plenario de 2003 bajo el expresidente Hu Jintao “se convirtió en un hito de las fallas de su administración”—esto es, fue algo así como una excepción a la regla. Con las exportaciones a Occidente en rápido crecimiento alentando tasas de crecimiento de dos dígitos, la ofensiva pro mercado se estancó. Las empresas que seguían siendo del estado se convirtieron en los negocios más rentables del mundo debido a su posición protegida en sectores como banca y energía. El capital financiero internacional, que cosechaba pingües ganancias en China, aflojó su presión por mayor apertura de la economía.
La crisis financiera internacional de 2008 y la persistente depresión económica afectaron la economía china el año pasado. Beijing busca desesperadamente aumentar su crecimiento económico consiguiendo más inversiones extranjeras. Eso sólo puede hacerse vía una nueva ronda de reestructuraciones que deben renovar el nivel de vida de los trabajadores.
En el 18º Congreso del PCC del año pasado, el Premier Li fue elegido para realizar esta tarea. El es discípulo del economista neo liberal Li Yining, con quien publicó un libro, The Strategic Choice To Prosperity, a principios de los 90 donde fijan una agenda para transformar las empresas estatales en empresas de capital mixto. En febrero 2012, el Consejo de Estado para Investigación y Desarrollo junto con el Banco Mundial produjeron un informe que titularon China 2030, para describir el proyecto.
La semana pasada, el mismo think tank dio a conocer planes más concretos bajo el nombre de “Proyecto 383”. Ese plan, publicado semanas antes del tercer plenario, es una clara indicación de que China no quiere fallar en su reforma económica. Propone reducir el rol del estado en la banca, en la industria, en política agraria y que las actividades económicas sean formuladas mediante políticas monetarias e impositivas.
Las expectativas
La visión preodominante entre los líderes empresariales occidentales es que el nuevo gobierno del Presidente Xi Jinping ha consolidado su poder y conseguido la suficiente autoridad como para aplicar las reformas económicas. Sólo tienen, se supone, que implementar las políticas adecuadas.
Aparentemente, esa confianza parece razonable. En el vertical sistema político de China, se supone que un liderazgo unificado es capaz de forzar a la burocracia a cumplir con sus deseo. Con la política de anti corrupción en su apogeo y el ejemplo de Bo Xilai en la cárcel como advertencia a los adversarios del gobierno, los funcionarios de todos los niveles – se cree, van encolumnarse detrás del gobierno.
Esta visión es un poco ingenua, dicen algunos observadores. Sobreestima la eficacia de las campañas de anticorrupción en la China de hoy y desestima el origen político de la desaceleración económica china. Si bien son encomiables los esfuerzos de Xi por erradicar la corrupción del Partido, es importante reconocer que tiene límites.
Lo que impide a China implementar reformas es una combinación de oposición de poderosos grupos de interés enquistados en el sistema – empresas estatales, gobiernos locales, burocracia económico-política y familiares de élites políticas y empresarios bien conectados – y de instituciones políticas deficientes. A menos que Xi y sus colegas demuestren su decisión de superar esa oposición , sus chances de éxito no son buenas.
Comparado con los dos grandes avances en reformar la economía china, en 1978 y 1992, Xi enfrente un entorno diferentes y un desafío mucho más duro. A los opositores a las reformas de Deng Xiaoping los motivaba la ideología; no tenían una participación personal en la economía política maoista. Derrotarlos requería crear una coalición ganadora dentro del partido, desacreditar la ideología comunista y reunir apoyo del pueblo, todo lo cual logró Deng.
Hoy, por el contrario, los miembros de la élite gobernante se benefician directamente e inmensamente con la economía dominada por el estado. La reforma orientada al mercado, al nivelar el campo de juego competitivo, dañaría sus intereses y reduciría sus privilegios. Eso hace suponer que la oposición va a ser feroz. Sólo si consigue movilizar presiones fuera del partido podrá el gobierno forzar a estos “insiders” a aceptar algunas de las reformas descentralizadoras y liberalizadoras que necesita la economía de China.
Sólo entonces podrá el país, mejorar las instituciones legales, aumentar la responsabilidad política, fortalecer la protección de los derechos a la propiedad privada y hacer que el gobierno genuinamente “sirva al pueblo”, según palabras de Mao. Sin un genuino cambio político, las propuestas de reforma tecnócrata sólo atacarán los síntomas de los males económicos de china, sin llegar a las causas institucionales en la base.
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