miércoles, 14 de enero de 2026

Estados Unidos apunta a un reactor nuclear en la Luna para 2030

La NASA y el Departamento de Energía (DOE) formalizaron un nuevo acuerdo para desarrollar un sistema de fisión en superficie que sostenga misiones prolongadas del programa Artemis y siente bases para futuras operaciones en Marte. El objetivo declarado: disponer de un reactor lunar operativo hacia el final de la década.

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La NASA y el DOE revalidaron su alianza para investigar y desarrollar un sistema de energía por fisión destinado a operar en la superficie lunar. El entendimiento quedó plasmado en un memorando (MOU) que consolida la cooperación técnica y regulatoria necesaria para “desarrollar, abastecer de combustible, autorizar y dejar listo para su lanzamiento” un reactor lunar, con horizonte 2030. 

El anuncio se inscribe en la campaña Artemis —la arquitectura con la que Estados Unidos busca establecer presencia sostenida en la Luna— y se presenta también como un escalón para misiones de largo aliento hacia Marte. La lógica es directa: la permanencia exige energía continua y previsible, un insumo que los sistemas solares, por sí solos, no garantizan en el ambiente lunar. 

En el plano político, la comunicación oficial enmarca la iniciativa en la estrategia espacial de la administración Trump y en la ambición de sostener liderazgo en exploración, seguridad y comercio. La foto difundida por la agencia muestra al secretario de Energía, Chris Wright, y al administrador de la NASA, Jared Isaacman, reunidos en Washington, como señal de coordinación interagencial en un proyecto con ramificaciones tecnológicas y geopolíticas. 

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Por qué la Luna necesita otra fuente de energía

La promesa del sistema de fisión en superficie es ofrecer electricidad “segura, eficiente y abundante” durante años, sin necesidad de reabastecimiento frecuente. En la Luna, la continuidad es el punto crítico: la noche lunar se extiende alrededor de 14,5 días terrestres, y las variaciones térmicas complican la operación de infraestructura sensible. En ese contexto, un reactor pequeño puede sostener hábitats, laboratorios, comunicaciones y equipos de movilidad con independencia de la radiación solar. 

El enfoque no es nuevo en la agenda estadounidense. La NASA trabaja desde hace años con el DOE y con industria en diseños de reactores compactos para entornos extraplanetarios. En su documentación técnica, la agencia viene describiendo el objetivo de un sistema “clase 40 kilovatios” para operar en la Luna, con vistas a aplicaciones posteriores en Marte. 

Detrás de esa cifra hay un criterio operativo: no se trata de “encender una lámpara” en el alunizaje, sino de sostener un conjunto de servicios esenciales en una base, con margen para expansión. En la práctica, la energía es un habilitador de la economía lunar: desde la extracción y procesamiento de recursos (por ejemplo, hielo de agua en zonas permanentemente sombreadas) hasta el funcionamiento de instalaciones científicas de alta demanda. 

Del laboratorio al lanzamiento

El memorando apunta a ordenar una cadena compleja. No solo involucra el diseño del reactor y su integración con sistemas de conversión y disipación térmica, sino también el combustible, las autorizaciones y la preparación para el lanzamiento. Ese tramo regulatorio es decisivo: un reactor para operar en la Luna requiere demostrar seguridad en todas las fases —desde el transporte hasta la puesta en marcha— y coordinar múltiples organismos con competencia en energía nuclear, transporte espacial y seguridad. 

La narrativa oficial enfatiza que el sistema podrá operar “por años” sin recarga. Esa continuidad, en términos de ingeniería, supone resolver redundancias, control térmico, blindaje y procedimientos de encendido remoto, además de la logística de despliegue en superficie. La NASA destaca que el objetivo es disponer de energía estable “independiente de la luz solar o la temperatura”, un diferencial frente a arquitecturas basadas exclusivamente en paneles solares y baterías. 

En las declaraciones difundidas, Isaacman vinculó el programa con la estrategia nacional y con la infraestructura que exige “quedarse” en la Luna. “Achieving this future requires harnessing nuclear power”, sostuvo. 

El tablero industrial y geopolítico

Más allá de la retórica, el movimiento tiene una lectura de mercado: la energía nuclear compacta se perfila como una plataforma tecnológica con demanda dual. Por un lado, habilita operaciones civiles de exploración y ciencia; por otro, fortalece capacidades críticas para la seguridad nacional en un escenario donde la Luna empieza a ser considerada un dominio logístico de valor estratégico. El propio DOE lo formuló en términos de liderazgo y de articulación con la industria espacial comercial. 

La apuesta también dialoga con una tendencia mayor: la electrificación de la infraestructura espacial. A medida que crecen las ambiciones de permanencia —bases, minería, manufactura, centros de datos orbitales—, la pregunta deja de ser si habrá demanda de energía y pasa a ser qué tecnología puede entregarla con resiliencia. En la Luna, ese atributo se mide en noches largas, polvo abrasivo y restricciones de mantenimiento.

El horizonte 2030 funciona, en este punto, como marcador político y técnico. Ordena inversión, fija expectativas para contratistas y acelera decisiones sobre arquitectura de base. Si el programa cumple, el resultado no será solo un reactor: será una pieza central del costo operativo de la presencia humana sostenida fuera de la Tierra, y un activo de influencia en la competencia por normas, acceso y logística en el entorno cislunar. 

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