La superficie de la Luna, desprovista de atmósfera protectora, plantea desafíos energéticos extremos para cualquier intento de ocupación permanente. Temperaturas que oscilan entre los -173 °C y los 127 °C, una noche lunar equivalente a dos semanas terrestres, y la ausencia de combustibles fósiles obligan a repensar desde cero las estrategias de producción energética. Frente a ese panorama, la NASA, en asociación con la compañía estadounidense Astrobotic, desarrolla un ensayo de generación y distribución de energía solar que, de resultar exitoso, podría sentar las bases para una infraestructura energética permanente en la Luna.
El experimento se denomina LunaGrid-1, y tiene un objetivo doble: por un lado, validar la posibilidad de generar energía solar en el entorno lunar utilizando paneles fotovoltaicos móviles; por el otro, transmitir esa energía mediante un sistema de distribución inalámbrica a estaciones receptoras separadas por más de un kilómetro. El concepto, aunque de apariencia simple, encierra complejidades técnicas y desafíos de ingeniería que remiten tanto a la carrera espacial de los años 60 como al presente debate sobre transición energética en la Tierra.
Tecnología probada en un entorno extremo
El artefacto central de la misión será el rover móvil CubeRover, diseñado por Astrobotic. A bordo transportará un módulo compacto de generación fotovoltaica, que se desplegará una vez alcanzada la superficie lunar. A diferencia de los paneles solares estáticos utilizados en misiones anteriores, este sistema incorpora mecanismos de orientación y movilidad que permiten seguir el movimiento del sol lunar, optimizando la captación energética.
Sin embargo, la verdadera innovación radica en el sistema de transmisión. La energía captada será enviada a través de haces de microondas a una estación receptora fija situada a más de 1 kilómetro de distancia. Este procedimiento, conocido como transmisión inalámbrica de energía o wireless power transmission, ha sido objeto de múltiples investigaciones desde la década de 1970, pero nunca se ha implementado en condiciones reales fuera de la Tierra.
—Queremos probar si podemos establecer una red de distribución energética en un entorno sin cables, con autonomía y capacidad de cobertura extendida —explicó Jim Reuter, administrador asociado del Directorio de Tecnología Espacial de la NASA, en declaraciones recogidas por Futura-Sciences.
Un experimento con implicancias económicas
Más allá del éxito técnico de la misión, lo que está en juego es la viabilidad económica de los futuros asentamientos lunares. La generación in situ de energía, conocida como in-situ resource utilization (ISRU), constituye uno de los pilares del nuevo paradigma espacial. La posibilidad de producir recursos localmente —agua, oxígeno, combustible y energía— reduce drásticamente los costos logísticos de las misiones tripuladas, y allana el camino para modelos de explotación privada o mixta.
De hecho, LunaGrid-1 forma parte de una estrategia más amplia delineada por la NASA y sus socios industriales bajo el programa Artemis, cuyo propósito es establecer una presencia humana sostenida en la Luna para fines de esta década. El módulo de alunizaje será proporcionado por Intuitive Machines, y el lanzamiento está previsto para 2026 a bordo de un cohete Falcon 9 de SpaceX.
Astrobotic, por su parte, se posiciona como una de las compañías privadas más activas en el nuevo ecosistema lunar. Su cartera de servicios abarca desde el transporte de cargas hasta la construcción de infraestructuras, en una lógica empresarial que recuerda a los comienzos de la industria ferroviaria en el siglo XIX: primero se instala la energía, luego llega la producción.
Energía, infraestructura y geopolítica
Detrás de la carrera tecnológica se agita también un trasfondo geopolítico. La instalación de sistemas energéticos en la Luna implica una forma de ocupación técnica del territorio, aunque no jurídica, que puede generar tensiones en un escenario internacional donde China, Rusia, India, Japón y la Unión Europea desarrollan programas lunares activos. El precedente inmediato es el proyecto chino Spacesail (también conocido como Qianfan), que contempla la creación de estaciones lunares con capacidad de generar y almacenar energía para uso terrestre.
En ese contexto, los avances de la NASA y sus socios estadounidenses deben leerse no solo como una innovación tecnológica, sino también como una afirmación estratégica. La posibilidad de establecer una red energética autónoma en el satélite natural permitiría, en el mediano plazo, asegurar condiciones mínimas para la minería espacial, la investigación científica y, eventualmente, la exportación de energía a la Tierra mediante satélites intermediarios.
El futuro energético se ensaya a 384.400 kilómetros
El caso de LunaGrid-1 demuestra que las soluciones energéticas del futuro no se limitarán al ámbito terrestre. Las tecnologías desarrolladas para la Luna —captación móvil, transmisión inalámbrica, automatización extrema— podrían derivar en aplicaciones comerciales innovadoras en regiones aisladas del planeta, en operaciones militares o en emergencias humanitarias. Del mismo modo que la carrera espacial del siglo XX dio origen al microondas, los satélites meteorológicos y el GPS, la exploración lunar del siglo XXI podría redefinir la infraestructura energética de las próximas generaciones.
Por ahora, el ensayo será breve, y el impacto será evaluado en términos técnicos. Pero, como en todo experimento fundacional, su importancia no radica en los resultados inmediatos, sino en la apertura de una posibilidad: construir redes energéticas fuera de la Tierra. Un objetivo que, hasta hace poco, pertenecía exclusivamente a la ciencia ficción.












