En la historia del espacio comercial, las grandes transformaciones rara vez se anuncian con estruendo. A menudo, adoptan la forma de movimientos silenciosos pero decisivos. Uno de esos movimientos ocurrió el miércoles 17 de julio de 2025, cuando la luxemburguesa SES, heredera de una tradición europea de neutralidad y ambición tecnológica, completó la adquisición de Intelsat, una compañía que fue emblema de la geopolítica satelital del siglo XX. La operación, por US$ 3.100 millones, no solo marca la fusión de dos flotas de satélites: sella también un cambio en la forma de concebir la conectividad global.
Lo que está en juego no es simplemente una suma de activos —aunque SES pasa ahora a operar cerca de 120 satélites entre órbitas geoestacionaria (GEO) y media (MEO)—, sino un modelo estratégico en el que la combinación de diferentes arquitecturas orbitales pretende competir con los agresivos despliegues de órbita baja (LEO), como los de SpaceX y Amazon.
Una historia con legado
Intelsat nació en plena Guerra Fría, bajo el alero de una iniciativa intergubernamental que articulaba intereses diplomáticos y comerciales en nombre de la conectividad. SES, fundada en 1985 con el respaldo del gobierno de Luxemburgo, fue uno de los primeros actores no estatales en apostar por la televisión satelital directa al hogar. Ambas empresas, aunque distintas en su origen y estructura, compartieron una misma condición: fueron pioneras en una industria dominada durante décadas por contratos gubernamentales y tecnologías costosas.
Pero el siglo XXI cambió las reglas del juego. La irrupción de las constelaciones en órbita baja, el abaratamiento de los lanzamientos y la convergencia con los mercados de telecomunicaciones forzaron una adaptación. Fue así como SES desarrolló la constelación O3b —cuyo nombre, “Otros 3 mil millones”, alude a las poblaciones aún desconectadas— en órbita media, una apuesta intermedia entre la cobertura global de GEO y la baja latencia de LEO. Intelsat, en tanto, emergía del proceso de quiebra de 2020 con una estructura más liviana pero aún dependiente de los contratos tradicionales.
La operación
La compra fue autorizada sin condiciones tanto por la Autoridad de Competencia del Reino Unido como por la Comisión Europea. Esta última, en una decisión poco habitual para operaciones de esta magnitud, no exigió desinversiones ni restricciones. La explicación parece hallarse en la propia lógica del mercado satelital: en un ecosistema donde convergen operadores históricos y nuevas constelaciones privadas con respaldo estatal, las reglas de la competencia no siguen los modelos convencionales.
Según los términos del acuerdo, SES desembolsó US$ 3.100 millones. Parte de ese monto se financió con deuda, lo que implicará un incremento en el apalancamiento financiero. Sin embargo, la compañía proyecta sinergias por unos €2.400 millones, de las cuales el 70 % serían realizables en los primeros tres años. Ese ahorro, derivado de la integración de redes, eliminación de redundancias y optimización de capacidad satelital, permitiría sostener una política de dividendos atractiva para los accionistas: US$ 0,50 por acción clase A, con posibilidad de incremento.
La estructura de gestión también se transformó. Tras la compra, el CEO de SES, Adel Al-Saleh, reafirmó que el objetivo inmediato es “acelerar el despliegue de servicios gestionados en múltiples órbitas”, en especial en sectores críticos como defensa, movilidad aérea, transporte marítimo y conectividad rural.
El modelo multiorbita
El concepto que SES propone como diferencial frente a sus competidores no es nuevo, pero nunca antes se había implementado con esta escala. Mientras constelaciones como Starlink apuestan por una malla homogénea de miles de satélites en LEO, SES cree que la clave está en la integración. GEO para difusión de video y cobertura permanente; MEO para banda ancha de baja latencia; LEO —a través de acuerdos con terceros— para escenarios de despliegue rápido. En esa visión, la compra de Intelsat no es una expansión: es una convergencia.
Ahora bien, el riesgo también crece. La coexistencia de satélites en distintas órbitas impone desafíos tecnológicos, regulatorios y comerciales. La interoperabilidad no es trivial; la gestión del espectro, menos aún. Y mientras SES consolida su modelo, SpaceX lanza nuevos satélites a razón de uno cada tres días, con el respaldo de una cadena de valor completamente integrada.
Mirada geopolítica
La operación tiene además implicancias que exceden lo comercial. Europa carecía hasta ahora de un actor con escala global en el ámbito satelital. Airbus, Thales o Eutelsat operan en distintos segmentos, pero ningún operador europeo de servicios había alcanzado la masa crítica para rivalizar con los gigantes estadounidenses o con las constelaciones chinas de nueva generación.
Con esta compra, SES se convierte en la única compañía no estadounidense con presencia significativa en las tres principales órbitas y con contratos activos en más de 190 países. A su vez, refuerza su rol como proveedor de servicios a organismos multilaterales, fuerzas armadas y agencias humanitarias. En un contexto donde el control de datos y la infraestructura digital son vectores de poder, no se trata de una cuestión menor.
Epílogo: más allá del tamaño
En 1965, Intelsat puso en órbita el Early Bird, el primer satélite comercial geoestacionario. Fue un símbolo de la diplomacia técnica de la era Kennedy. En 2013, SES lanzó el primer satélite MEO para brindar internet a poblaciones remotas del Pacífico. Ambos hitos, distantes en el tiempo y la lógica, se funden ahora en una sola estructura.
La pregunta que se abre no es si SES podrá competir con Starlink o Kuiper. Esa es una lógica de escala. La verdadera cuestión es si podrá ofrecer una alternativa: un modelo de conectividad que no dependa del volumen, sino de la interoperabilidad, la resiliencia y la soberanía tecnológica. Esa respuesta aún está en órbita.












