Cuando se habla de telecomunicaciones, el espectro radioeléctrico equivale a un bien raíz estratégico. La reciente decisión de AT&T de adquirir a EchoStar licencias en dos bandas clave por unos US$ 23.000 millones no es un mero negocio de compraventa. Representa una redefinición del mapa competitivo del 5G en Estados Unidos. El acuerdo incluye la cesión de 30 MHz en la franja de 3,45 GHz y 20 MHz en la de 600 MHz, cubriendo más de 400 mercados y sumando, en promedio, 50 MHz de capacidad adicional para AT&T.
El trasfondo de una venta
EchoStar había quedado en el centro de la lupa de la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC), que cuestionaba el cumplimiento de los plazos de despliegue de su red 5G. La presión del regulador podía desembocar en la pérdida de licencias, lo que hubiera significado un golpe fatal para las aspiraciones de la compañía de competir como cuarto operador nacional. Fue en ese contexto cuando, según informó Mercado, el presidente Donald Trump decidió intervenir personalmente, reuniéndose con Charlie Ergen (fundador de EchoStar) y contactando al comisionado Brendan Carr para evitar un desenlace adverso.
Trump, que ya había hecho de la infraestructura digital un tema de campaña, actuó como mediador en un conflicto donde se jugaba mucho más que un activo financiero: la credibilidad del país en el liderazgo tecnológico global. El desenlace fue un “acuerdo amistoso” que despejó el camino hacia la transacción actual.
Un giro estratégico
La venta marca un cambio profundo para EchoStar. La compañía abandona la idea de desplegar una red móvil nacional de alcance propio y opta por un modelo híbrido: Boost Mobile funcionará sobre la infraestructura de AT&T, pero conservará un núcleo 5G propio, lo que le permitirá cierto margen de autonomía tecnológica. La contracara de este acuerdo es que, gradualmente, se apagarán los elementos de su red de acceso radioeléctrico.
EchoStar justificó la decisión en términos de sostenibilidad financiera. En su balance del primer trimestre, los resultados habían mostrado una presión creciente sobre el flujo de caja, lo que motivó advertencias sobre la necesidad de reforzar capital y liquidez. Esa vulnerabilidad ya había sido registrada por este medio, que señaló cómo las pérdidas netas crecían a pesar del aumento de suscriptores 5G.
Consecuencias para AT&T
Para AT&T, la adquisición significa un salto cualitativo. La banda de 3,45 GHz ofrece un balance entre cobertura y capacidad, mientras los 600 MHz refuerzan el servicio en áreas rurales y en interiores. Con estas frecuencias, la compañía acelera el despliegue de su 5G y potencia la oferta de acceso fijo inalámbrico (Internet Air), que funciona como puente hacia la expansión de fibra óptica.
El movimiento también responde a una lógica de eficiencia: ampliar espectro puede ser más rentable que desplegar nuevos sitios. En un mercado donde la convergencia entre móvil y banda ancha fija es la nueva frontera de competencia, la operación otorga a AT&T una ventaja estratégica frente a T-Mobile y Verizon.
Una transición en el tablero de poder
Si se observa en perspectiva, esta venta es más que un ajuste de portafolio: es un punto de inflexión en la arquitectura del poder digital en Estados Unidos. EchoStar deja de lado su ambición de ser un “cuarto jugador” con red propia y se reubica como proveedor con menor exposición de capital, apoyado en acuerdos mayoristas y en negocios satelitales. AT&T consolida, por su parte, una posición más robusta en el mercado 5G y gana terreno en la puja por la conectividad de la próxima década.
En este desenlace convergen tres factores: la urgencia financiera de EchoStar, la estrategia expansiva de AT&T y la capacidad de Donald Trump de operar como mediador político en un asunto donde telecomunicaciones, seguridad nacional y competencia económica se entrelazan.












