El turismo espacial completó un nuevo capítulo el jueves 22 de enero, cuando Blue Origin realizó la misión NS-38 con seis pasajeros a bordo del sistema suborbital New Shepard. Entre ellos viajó Alberto Gutiérrez, fundador de Civitatis, la plataforma de visitas guiadas y actividades turísticas. La compañía señaló que el vuelo superó la línea de Kármán —referencia internacional ubicada en los 100 kilómetros de altitud— y que la cápsula aterrizó en el oeste de Texas tras un descenso con paracaídas.
Más allá del nombre propio, el dato relevante para el mercado es la continuidad operativa. El turismo espacial, todavía pequeño en términos de volumen, necesita frecuencia para consolidar procesos, seguridad y oferta comercial. Esa regularidad, más que la duración del vuelo, es la que empieza a moldear una industria.
Un producto de 10 minutos y una experiencia estandarizada
El esquema suborbital se estabilizó en un “paquete” reconocible: despegue vertical, algunos minutos de ingravidez, vista de la curvatura terrestre y retorno automático. En NS-38, la altitud reportada rondó los 106,68 km (350.000 pies), con microgravedad por pocos minutos dentro de un trayecto total cercano a los 10-12 minutos.
Esa estandarización es funcional al negocio. Reduce tiempos de preparación, permite operar con un sistema reutilizable y facilita una narrativa comercial que se repite vuelo a vuelo: “ir al espacio” como experiencia breve, intensiva y de alto impacto. En la cobertura previa de Revista Mercado sobre turismo espacial, el segmento se describió precisamente por esa combinación entre simplicidad relativa y repetición, con un mercado que busca bajar incertidumbre operativa antes de escalar.
Precio, demanda y el límite del nicho
El principal condicionante continúa siendo el precio. Blue Origin no publica tarifas y opera con acuerdos privados; por eso el mercado toma referencias indirectas. En el segmento, Virgin Galactic exhibe un precio público en torno a US$ 600.000 por asiento, lo que funciona como ancla para comparar el costo del “minuto de ingravidez”.
En Europa, estimaciones periodísticas ubicaron el billete de este tipo de vuelos por encima del millón de euros, lo que ilustra el punto: la demanda existe, pero es necesariamente acotada. El turismo espacial suborbital, por ahora, no compite por masividad, sino por exclusividad y visibilidad.
Esa lógica explica por qué los pasajeros suelen ser empresarios, ejecutivos y figuras públicas. En NS-38, la presencia de Gutiérrez —vinculado a una empresa de servicios turísticos— encaja en ese patrón: la experiencia se integra a una narrativa de marca personal y corporativa, aun cuando el producto que vende Blue Origin no tenga relación directa con el turismo tradicional.
Blue Origin en el mapa: suborbital, lanzadores y programa lunar
En el enfoque reciente de Mercado sobre Blue Origin, la compañía se apoya en tres pilares: el cohete pesado New Glenn, el sistema suborbital New Shepard y el programa lunar Blue Moon, con una agenda que combina contratos y desarrollo tecnológico. En ese esquema, New Shepard cumple un rol dual: genera ingresos, sostiene presencia pública y mantiene una línea operativa con vuelos tripulados y carga suborbital.
Para el turismo espacial, este encuadre importa porque muestra una diferencia respecto de otras propuestas. Mientras SpaceX opera misiones privadas orbitales “a medida” (más largas, más complejas y de otro rango de precios), el suborbital compite por repetición y por una promesa sencilla: acceso rápido al umbral del espacio. Esa segmentación —suborbital versus orbital— define expectativas, costos, entrenamiento y perfiles de cliente.
En síntesis, vuelos como NS-38 consolidan el formato dominante del turismo espacial actual: un producto breve, técnicamente acotado, comercialmente aspiracional y todavía lejos de la escala. Su verdadera señal de madurez no será la lista de pasajeros, sino la capacidad de sostener una cadencia sin pausas prolongadas y con un historial de seguridad que convierta la rareza en rutina.












