De la fábrica de Londres, donde trabajan 400 personas, salen cada año los tres modelos -Phantom IV, Corniche Continental, Phantom VI- del coche más caro del mundo. Allí, técnicos y obreros han heredado los puestos de sus padres y abuelos, asegurando así la continuidad de una verdadera artesanía al servicio del lujo.
Todo comenzó con el encuentro de Charles Rolls (26 años, hijo de Lord Llangatock, fanático de la velocidad) con Henry Royce (42 años, hijo de agricultores). Charles, además de aristócrata un tanto excéntrico, era un mecánico nato, siempre a la búsqueda de novedades. En 1894, mientras estudiaba en Cambridge, se compró un Peugeot. En esa época, Henry fabricaba vidrios para ventanas en un suburbio de Manchester, se hacía llamar mecánico (no ingeniero) y esbozaba sus primeros diseños, bastante torpes.
Sin embargo, en 1904 se atrevió a presentar un prototipo de auto que llamó la atención de un miembro del Automóvil Club Británico, el joven Rolls. Los dos se asociaron y en 1906 los coches de la nueva marca Rolls Royce Limited fueron expuestos en París. Poco después, envalentonados, presentaron en Londres la primera versión del Silver Ghost, al que la marca debe su celebridad.
Para el lanzamiento publicitario de este nuevo vehículo la empresa contaba ya con el talento de Claude Johnson, verdadera eminencia gris de la sociedad, quien convirtió a los RR, fabricados por unidades, en los mejores del mundo, por la sencilla razón de que eran, sin duda, los más caros.
Así lo precisó el mismo Johnson, sin complejos, en el catálogo de Rolls Royce de 1910, cubierto de reproducciones en color de cuadros pintados por Charles Sykes, el artista que diseñaría, años después, la célebre figura alada que se convirtió en emblema de la marca.
Esa personita que despliega sus alas al frente del capot de los RR esconde una historia romántica, la de la bella secretaria de Johnson, Eleanor Tornton. Lord John Scott Montagu, amigo de Charles Rolls, la conoció durante una visita a la fábrica mientras preparaban una nota para su revista The Car Illustrated. Fue una simpatía a primera vista y dos meses después miss Tornton pasó a ser colaboradora cercana del joven millonario, tan cercana que tuvieron una hija.
Otra clase de chispa se encendió cuando lord Montagu le propuso a Johnson crear una “mascota que simbolice la pasión que sentimos por el Silver Ghost”. Recomendó para la tarea al ilustrador de su revista, Charles Sykes, que en realidad era un talentoso escultor. Sykes hizo posar a la encantadora miss Tornton y así creó la pequeña diosa, “The spirit of ecstasy”.
La historia romántica terminó, en cambio, trágicamente. Durante la guerra del 14, Montagu y Eleanor viajaban en un barco que fue torpedeado. Solamente él se salvó. Ella continúa viva en cada figura de cobre, plata o níquel que corta el viento de cualquier ruta.
Naturalmente, la lista de los propietarios de un Rols Royce se confunde con la historia de los protagonistas de este siglo. Churchill, el último rey de Rumania, el emperador de Japón, el kaiser y el zar de Rusia y su vencedor, Lenin. Por algo Lawrence de Arabia apuntó en una de sus famosas cartas: “Un Rolls Royce no es solamente un auto; es una manera de ser”.
HISTORIA TORMENTOSA.
Durante la Segunda Guerra, Rolls Royce interrumpió su producción para construir motores de aviones, pero terminadas las hostilidades volvió a retomar su producción. La sociedad tiene, además de la fábrica de Londres, su sede social en Manchester, donde trabajan 4.000 obreros. Tras la desaparición de los tres socios fundadores, Rolls Royce Limited se convirtió en una sociedad anónima que cotiza en la Bolsa. En 1976, Rolls Royce Motors Limited fue nuevamente privatizada, después de padecer graves problemas financieros. Uno de los mayores accionistas es el grupo Vickers.
DEL TRANVIA AL FUTBOL 5.
Buenos Aires depara sorpresas todos los meses. Y de todas las clases. Entre las buenas están los nuevos hoteles cinco estrellas, el shopping Alcorta, alguna plaza revitalizada. Y ahora el complejo polideportivo Buenos Aires Good Games, ubicado al borde mismo de la ciudad, en Barracas. De una antigua estación de tranvías -de allí salía, por ejemplo, el 10, que iba hasta el zoológico- quedan los enormes espacios con techos de chapa y abundante luz, totalmente, reciclados y un tramo de vía que es parte de la entrada del refinado restaurante-pórtico que da sobre la avenida Montes de Oca, una de las dos entradas. (La otra es por la calle Río Cuarto).
El complejo ocupa 22.500 metros cuadrados y es, en su tipo, el mayor de América latina, según afirma su gerente comercial, Edgardo Latorre, entusiasmado con la descripción de las características de la obra, donde se viven los nerviosos trámites previos a cualquier inauguración.
La oferta deportiva es singularmente amplia: ocho canchas de fútbol 5, de césped sintético, y un miniestadio de fútbol 7 con capacidad para 5.000 personas. Diego Latorre, Esteban Pogany y un equipo de conocidas figuras tendrán a su cargo la escuela de fútbol para chicos desde 5 hasta 15 años. Para la práctica del paddle hay 19 canchas y un miniestadio con paredes de acrílico para 2.000 personas. Por su parte, los hermanos Ricardo y Jorge Cano se encargan de las clases de tenis, y el voley dispone de una cancha especial.
Los 1.000 metros cuadrados del gimnasio se reparten entre aerobics, pesas con complementos, gimnasia artística y modeladora, low y high impact, yoga, tercera edad y artes marciales. Además, una escuela de hockey sobre césped sintético y tres jaulas de golf atendidas por profesionales.
