Es cierto que la interdependencia económica es creciente entre los países industrializados, y aun entre las distintas zonas del planeta. Pero la trasnacionalización de los negocios no ha llegado todavía al punto en que se pueda hablar propiamente de una economía global, de una cultura empresarial a escala planetaria.
Hay megaempresas que están operando exitosamente en todas las latitudes, con gran descentralización de la producción, de la investigación, de la comercialización y aun de las decisiones críticas para cada unidad. Pero el peso de las identidades nacionales, de la cultura local, de las especificidades de cada mercado, sigue imponiendo límites concretos a la visión global.
La desregulación de los mercados financieros, la apertura generalizada de las economías, el fácil desplazamiento de capitales y flujos financieros, la revolución en las comunicaciones y el transporte, han coincidido para que una verdadera revolución se ponga en marcha. Pero no hasta el punto de borrar diferencias acentuadas por la identidad nacional, los intereses de cada nación, herencia cultural, distintos idiomas y actitudes de los individuos frente a la sociedad y el Estado.
El debate entre los partidarios del GATT y del libre comercio como principio rector, encuentra feroz resistencia en los distintos matices proteccionistas. Las relaciones entre el Estado y la empresa siguen siendo fuente de discusión y discrepancia. Entre quienes creen que el Estado debe guiar y ordenar el marco en que se desenvuelven las empresas, y los que piensan que debe terminarse con todo tipo de regulaciones e intromisión estatal en el libre juego del mercado.
La polémica presenta matices ambiguos: los mismos que condenan como negativa la intervención estatal, buscan su protección cuando la competencia externa amenaza a su propia supervivencia.
Donde hay mayores coincidencias es en la inquietud compartida por los bajos niveles de calidad en la educación (tanto en las economías de vanguardia como en las más rezagadas) y en la necesidad de participar activamente para mejorar los niveles de enseñanza. También en la protección familiar de los empleados, en la preservación del ambiente -aunque en menor medida- y, en suma, en los aspectos que definen las responsabilidades de las empresas frente a la sociedad en la que les toca actuar.
Del mismo modo, son obsesiones comunes la calidad del producto, el servicio al consumidor y la innovación tecnológica. En cambio, aunque parezca sorprendente, no demandan la misma atención los asuntos macroeconómicos y políticos. Es como si las políticas de los gobiernos, sus reglamentaciones, riesgos cambiarios, inestabilidad institucional, e incluso la disponibilidad de capital, no se consideraran ya factores decisivos o problemas acuciantes.
La gigantesca encuesta y la excelente interpretación que de ella hace Rosabeth Moss Kanter, son importantes tanto por lo que revelan explícitamente como por las omisiones que comprueban. En todo caso, son una rica cantera para quien quiera profundizar en la realidad empresarial de hoy y en las tendencias que modelarán la futura economía global en esta década. En resumen, un verdadero
curso del nivel y la calidad de Harvard, que ponemos a disposición de nuestros lectores.
