Hay varios elementos destacables en la economía de 1996 y que
hoy vale la pena recordar. En primer lugar, después de agosto,
los argentinos descubrieron que el programa de convertibilidad no
dependía -como muchos creían- de la continuidad en su cargo del
ministro Domingo Cavallo. En consecuencia, el futuro del programa
se debatirá ahora en términos de sus debilidades y fortalezas
propiamente económicas. Con el tiempo, se podrá develar si la
convertibilidad ha sido un instrumento monetario-cambiario
circunstancial, adaptado a una coyuntura en la que la prioridad
fue el combate creíble contra la hiperinflación, o si se trata
de una institución que acompañará a los argentinos por una
larga época y cuya rígida regla presidirá la dinámica
económica nacional hasta, por lo menos, el fin del milenio. Este
será un debate saludable en el que, afortunadamente, los nombres
propios de los protagonistas serán una mera anécdota. No
obstante, el relevo del ministro Cavallo sirvió, por el momento,
como un test de la fortaleza financiera del programa económico:
no hubo en agosto-septiembre una especulación masiva contra el
peso ni una fuga de depósitos del sistema bancario. Hubo, sí,
un cambio en la estructura de depósitos que reflejó la cautela
de los ahorristas, quienes dolarizaron aún más sus carteras.
Este proceso se revirtió parcialmente en los últimos dos meses
del año, pero la actitud inicial del público mostró la
dificultad que tendría cualquier iniciativa de abandonar la
convertibilidad y el uno a uno.
En segundo lugar, durante 1996 los argentinos comenzaron a
abandonar lentamente la recesión en que la economía había
ingresado durante el segundo semestre de 1994 y que se había
intensificado en 1995, después de la devaluación mexicana. La
reactivación es a todas luces muy lenta, pero existe. Cuando se
tengan los números definitivos de las cuentas nacionales de
1996, éstos dirán aproximadamente lo siguiente: el PBI habrá
crecido algo así como 3,5%, con una expansión simultánea de la
demanda local de inversión y de consumo y de la demanda externa
por las exportaciones nacionales. En cuanto a la demanda interna,
ésta tuvo a su favor dos factores: por un lado, los despidos se
desaceleraron y aquellos que conservaron el empleo comenzaron a
perder lentamente el miedo. Por otro lado, el déficit fiscal
-financiado predominantemente con fondos externos- fue el más
alto desde el inicio de la convertibilidad y jugó, por lo tanto,
un papel expansivo. Pese a toda la retórica, no hubo ajuste
ortodoxo significativo durante el año y lo más probable es que
tampoco lo haya durante 1997.
La deuda social
En tercer lugar, los indicadores sociales han empeorado durante
1996. La tasa de desempleo no baja y no se crean empleos. Con la
economía creciendo a 4% anual, no habrá una mejora en este
aspecto, lo que es grave, ya que, bajo las actuales
circunstancias, es difícil aspirar a un crecimiento mayor.
Además, se registra un crecimiento generalizado en el número de
familias que viven por debajo de la línea de pobreza. Esto no
tendría que sorprender, ya que todos los estudios serios están
mostrando una relación muy alta entre desempleo y pobreza. Pero
lo delicado de la situación reside en que las cuentas fiscales
son demasiado frágiles como para que el Estado pueda desarrollar
políticas de asistencia social. Con $ 6.000 millones de déficit
durante 1996 y unos $ 5.000 millones durante 1997, es casi
imposible que el sector público pueda expandir el gasto con
fines asistenciales. En cuarto lugar, la oferta de capitales
internacionales a las economías emergentes siguió siendo alta
durante 1996, y por lo tanto las tasas de interés bajas, sobre
todo durante el último trimestre del año. La Argentina pudo
entonces financiar sus desequilibrios macroeconómicos, tal como
lo ha venido haciendo desde 1991. La consolidación de estas
condiciones del mercado internacional ha tenido causas
estructurales y coyunturales. Entre las estructurales se destaca
el fin de la inflación con recesión en las economías
desarrolladas, que en el pasado obligaba a los gobiernos a
aplicar políticas monetarias duras. También influyó, en este
sentido, el cambio en los actores institucionales en los mercados
financieros, con la aparición de fondos que se han lanzado a la
búsqueda de mayores rendimientos que los que ofrecen los bancos
de los países centrales. Las causas coyunturales tienen que ver
con factores políticos y económicos en Estados Unidos. La
victoria de Bill Clinton, controlado por una mayoría republicana
en ambas cámaras, supone que continuará la reducción de los
desequilibrios fiscales. La mayor debilidad en el crecimiento de
Estados Unidos implica, por su parte, menores presiones
inflacionarias y, por lo tanto, expectativas de menores tasas de
interés.
Más preguntas que respuestas
¿Cuáles serán los temas económicos dominantes en 1997? Antes
que nada, hay que subrayar que el futuro de corto plazo
dependerá crucialmente de que se consolide la reactivación. En
ese aspecto, los últimos meses de 1996 no han sido muy
halagüeños: entre agosto y octubre la economía ha ingresado en
una meseta, después del fuerte repunte de los meses previos. Sin
embargo, la reanimación de la construcción y el excepcional
volumen de las cosechas esperado para 1997 determinan que las
previsiones gubernamentales (5% de crecimiento) no resulten
descabelladas. Aun así, el ingreso por persona de 1997 recién
igualará al de 1994, lo que explica en buena medida el
descontento social. Un interrogante importante que habrá que
contestar en 1997 es acerca del comportamiento del sector externo
en la fase ascendente del ciclo. Las importaciones están
creciendo aceleradamente, lo cual era previsible. Pero la
incógnita es qué sucederá con las exportaciones. Entre 1990 y
1996 las ventas al exterior se han expandido a un promedio de 10%
anual, un comportamiento impensado al instalarse la
convertibilidad. Como consecuencia de ello, la participación de
las exportaciones en el PBI está alcanzando, en términos
reales, un récord de 15%. Sin embargo, no es en absoluto seguro
que esa tendencia se mantendrá durante 1997. Si bien la
productividad de las empresas privadas sigue aumentando y nuevos
sectores comenzarán a exportar, algunos rubros -como el de los
productos industriales estandarizados- están mostrando signos de
declinación. La pregunta del millón para 1997, entonces, es a
qué valores ascenderá el déficit comercial. Si sólo sobrepasa
moderadamente los US$ 2.000 millones, ello no afectará la
credibilidad del programa económico. Pero si crece a más de US$
3.000 millones, ello tendrá repercusiones negativas y le pondrá
un límite al crecimiento. Habrá que estar atentos.
Mirar a Brasil
En lo que se refiere al sector externo, hay dos temas que
estarán en el centro de la mira. Uno de ellos es el futuro del
Plan Real en Brasil. El endeudamiento público de corto plazo
creciente y el déficit comercial han puesto en cuestión la
política cambiaría y muchos analistas están reclamando una
maxidevaluación para aliviar las cuentas públicas y para
incrementar la competitividad .Si la maxidevaluación se produce
y si -como consecuencia de ella- Brasil ingresa en una etapa de
descontrol macroeconómico, los resultados para la Argentina son
imprevisibles y eventualmente se puede activar una fuga de
capitales. Si, en cambio, Brasil acelera la tasa de devaluación
manteniendo las variables económicas en orden, los costos para
la Argentina serán notablemente menores. Es probable que durante
1997 quede claro el camino que Brasil va a seguir. El segundo
tema vinculado al sector externo es el de los humores del mercado
internacional de capitales. El Estado argentino tiene que pagar
intereses por US$ 5.720 millones y renovar capital por US$ 12.000
millones. Para que esta operación se haga en calma es necesario
que la oferta de fondos para el país sea tan generosa como lo es
hoy, de modo que no se presenten restricciones de liquidez. Lo
más probable es que, en efecto, la tasa de interés siga siendo
baja, aunque no tanto como los últimos meses de 1996. Sin
embargo, el futuro de Brasil no es independiente de esta
cuestión. Si el principal socio del Mercosur entra en crisis, la
liquidez internacional quizá siga siendo alta, pero no para la
Argentina. En ese sentido, se presentará una situación parecida
a la del efecto tequila: nadie sufrirá como los argentinos. Por
último, cabe una mención a las relaciones entre economía y
política durante 1997. A fines del año habrá elecciones y su
resultado será una señal que los mercados tomarán en cuenta
para revisar la credibilidad del programa económico. Si el
gobierno gana, habrá un shock de confianza en los mercados
financieros. Si pierde, aumentará la tasa de interés y se
ingresará en una nueva etapa de ajuste de larga duración, cuya
tolerabilidad social es difícil de evaluar. Pero puede ocurrir
que los resultados electorales no sean sencillos de interpretar,
sobre todo tratándose de elecciones legislativas. En tal caso,
entre 1997 y 1999 habrá inestabilidad y fragilidad financiera.
Los inversores de largo plazo se sentarán a esperar y los
inversores de corto plazo continuarán con sus negocios
especulativos, a veces al alza de los bonos argentinos, a veces a
la baja. Es imposible predecir en qué puede terminar ese
escenario, pero lo que es seguro es que no serán épocas
fáciles.
