Si hubiera que establecer un rasgo que caracterice el accionar
del gobierno y de algunos de sus aliados durante las últimas
semanas, muy probablemente existiría un virtual consenso en el
esfuerzo invertido para tratar de mejorar las alicaídas
expectativas de la mayoría de la población sobre el futuro
económico. El mecanismo utilizado, que se apoya en los indicios
que señalan la finalización de la fase recesiva, consiste en
crear la ilusión de que están dadas todas las condiciones para
repetir un ciclo de expansión de la producción como el que se
registró entre 1991 y 1994.
Y más aún, que ese boom podría prolongarse hasta las
elecciones presidenciales de 1999. Dos razones complementarias
explicarían esta necesidad de alentar ilusiones. Por un lado, la
proximidad de las campañas electorales con vistas a la
renovación parlamentaria del año próximo exige ofrecer en el
mercado político posibilidades que seduzcan a un electorado que,
según la mayoría de las encuestas realizadas hasta ahora, se
muestra crecientemente esquivo a la propuesta oficialista. Por el
otro, el clima político enrarecido por la prolongación del
conflicto que mantiene el ex ministro Cavallo con algunos
antiguos colegas del gabinete, con el Presidente, con su sucesor
en la cartera de Economía y con miembros del Poder Judicial, la
dureza de las acusaciones que se intercambian y los alcances y
derivaciones que podrían presentarse en términos de personas e
instituciones constituyen factores que afectan negativamente las
expectativas del común de la gente y siembran dudas entre
empresarios y operadores financieros locales y extranjeros.
Sueños pasajeros
Claro que este empeño en construir la ilusión podría terminar
siendo un intento de alcance efímero. Porque, en cuanto al
conflicto político, todo hace suponer que en lo inmediato
tenderá a exacerbarse y, además, algunas cuestiones que se
están dilucidando en la Justicia podrían rozar de cerca a
personajes situados en lo alto de la pirámide del poder. Pero la
fugacidad estaría especialmente determinada porque la mayoría
de la gente no percibe -ni nada permite augurar que percibirá en
lo inmediato- mejoras de significación en su situación
económica u ocupacional. Datos provenientes de fuentes oficiales
muestran que la reactivación de la producción fue acompañada
por un muy tenue aumento en el número de puestos laborales. Los
informes del Ministerio de Trabajo revelan que a septiembre
pasado, en relación con diciembre de 1995, actividades como la
industria, la provisión de electricidad, gas y agua, la
construcción y el transporte vieron mermar los puestos de
trabajo ofrecidos. En cambio, sectores como el financiero, el
comercio, los restaurantes y hoteles y los servicios comunales,
sociales y personales crearon empleo. El saldo neto arroja, para
los nueve primeros meses del año, un módico 0,2% de incremento
en los niveles de ocupación. Según la información difundida
por el Indec sobre una encuesta a casi 1.300 establecimientos
manufactureros, el resultado para la industria es aún más
dramático. Así, mientras la producción fabril del primer
semestre de este año habría crecido 1,4% con respecto a los
niveles de la primera mitad de 1995, el número de obreros
ocupados disminuyó durante ese lapso 6,1%, y las horas
trabajadas se redujeron en 6%. Se reitera, pues, la modalidad
prevaleciente desde la puesta en marcha de la Convertibilidad: la
productividad del trabajo crece mucho más rápido que la
producción, lo que implica que el empleo industrial disminuye.
Los límites de la realidad
Al amparo de un incipiente cambio de actitud de la banca en el
sentido de reactivar los préstamos para consumo -todavía sigue
siendo mejor negocio prestarle al gobierno- y de la existencia de
algunos fondos ociosos, hay quienes han aventurado pronósticos
de importantes bajas en las tasas de interés que pagan las
Pymes. Más aún, el presidente Menem volvió a insistir con que
"nada justifica las tasas que se cobran en la
Argentina". Declaración por lo menos llamativa, si se tiene
en cuenta que pocos días antes el titular del Banco Central
había puesto de relieve cuáles eran los principales factores
que determinan el nivel de tasas que se abonan aquí con respecto
a las vigentes en Estados Unidos: riesgo-país, previsionamiento
por incobrabilidad y altos costos operativos. Pero donde más
énfasis se ha puesto para destacar el cambio de tendencia en el
ciclo económico es en los indicadores de producción, ventas y
consumo. Así, en los últimos días del mes pasado hubo una
avalancha informativa orientada a mostrar que la actividad fabril
exhibe síntomas cada vez más robustos de reactivación. En el
índice de Fiel, por ejemplo, octubre presenta un aumento de
11,3% con respecto al mismo mes de 1995, y de 4,2% en relación
con septiembre. Un punto interesante es que, ahora que las
autoridades han difundido las cifras oficiales sobre la
evolución del PBI y sus componentes -con datos trimestrales-
para el período 1980-1995, es posible considerar el grado de
representatividad que, como predictores, tienen diversos
indicadores de la actividad industrial. Así puede observarse que
el elaborado por Fiel acusa una caída de 8,6% durante 1995; el
EMI -construido por el Indec- estima una contracción de 5,5%; la
encuesta a 1.300 establecimientos industriales que también
encara el Indec, una disminución de 6,9% y, por fin, las Cuentas
Nacionales una reducción de 7%. De donde surge que la regla de
que, a mayor cobertura, mejor estimación, se cumple con la
encuesta a establecimientos del Indec. Otro de los aspectos donde
se ha hecho especial hincapié es el que plantea que el boom que
se avecina diferirá del anterior en el sentido de que será
"más genuino". Esto se originaría en que el
crecimiento del producto se apoyaría en la expansión de las
exportaciones y de la inversión, a diferencia de lo ocurrido
entre 1991/1994 cuando el motor principal lo proveía el aumento
del consumo. Resulta difícil el análisis riguroso de este
planteo; no en cuanto a su validez teórica, que es indiscutible,
sino por su posibilidad práctica en el actual contexto de la
economía argentina. A modo de ejemplo, debe tenerse en cuenta el
diferente peso relativo que tiene el consumo frente a la
inversión y las exportaciones. Así, para que el aumento de
aquél aporte 1% de incremento del PBI es necesario que crezca
1,2%; en cambio, para alcanzar una contribución equivalente al
crecimiento del PBI, la inversión debe aumentar 4,8% y las
exportaciones 7,5%.
