La información de calidad o verdadera es la clave para construir poder y rentabilidad. El ejercicio del poder consiste en lograr que otros, por convicción o por la fuerza, realicen o se abstengan de determinadas conductas. Con la información adecuada se puede convencer o aplicar la fuerza de la forma más efectiva y que menos o más daño provoque, logrando los objetivos queridos. El poder que aplica fuerza desmedida para cada acción pierde legitimidad y se desvanece. La rentabilidad se logra identificando cuál es el producto que el consumidor desea adquirir y el precio que está dispuesto a pagar por él. Con esa información certera, más el capital adecuado, se construye rentabilidad. La información de calidad está en el centro de los dos fenómenos más importantes de nuestra sociedad: es la materia prima del juego político y económico.
Occidente desarrolla el juego político y económico en un modelo impuesto constitucionalmente denominado democracia republicana, que en el fondo es una elección de un modelo de flujo informativo, donde la libre circulación de la información se prioriza por sobre el orden. Por ello, existen el derecho a la libre expresión, a la libertad de prensa, la publicidad de los actos de gobierno, la obligación de que los actos administrativos o leyes sean fundados y razonables. Se da vía libre al poder judicial, legislativo y a la prensa para criticar presentando fallas o errores de quien está en el ejercicio del poder, lo que permite la corrección de errores en la planificación o ejecución de políticas públicas. La parte negativa de este sistema es que la intensidad del debate público y la acción de los lobbies empresariales muchas veces demoran la ejecución de actos de gobierno o logran imponer sus intereses eligiendo una opción que no beneficia a la sociedad sino a las corporaciones.
Oriente ha adoptado un modelo constitucional, que también llaman democrático, pero que difiere en cada país según su cultura, de circulación del flujo informativo donde se privilegia más el orden que la libre circulación de la información. Por lo cual el papel del poder legislativo, judicial, la prensa y la libertad de expresión de los ciudadanos está un poco más restringido. Ello provoca que estos modelos de gobernanza sean más proclives a mantener errores de planificación y ejecución por más tiempo, generando perjuicios a sus países. Pero, cuando las decisiones de políticas públicas son aciertas, la eficiencia de su ejecucion es muy veloz y productiva.
Se han escrito ríos de tinta o de bits sobre el tema, alabando las virtudes de uno u otro sistema. Algunos ponen el acento en las virtudes de la circulación más libre del flujo informativo; otros resaltan la importancia del orden y la toma de decisiones adecuadas. Pocos son los que ponen el ojo donde, desde mi punto de vista, está el problema: en la capacidad, formación y valores éticos de quienes dirigen los sistemas. Si no existen estas cualidades, ambos sistemas colapsan con el tiempo. Circulación libre de la información o restringida por el orden, en sistemas dirigidos por hombres incapaces, lleva al fracaso. Si se tienen conductores capaces, pero no éticos, el cambio de los objetivos o fines del sistema, sacando el bien público o comunitario para sustituirlo por fines personales, desemboca en la corrupción, lo que provoca el colapso del sistema.
En síntesis, un sistema de gobierno puede ser de libre flujo de la información o restringido, descentralizado o centralizado, pero no funcionará nunca en forma eficiente por largo tiempo si sus conductores no tienen la capacidad, la preparación intelectual y los valores éticos necesarios para beneficiar el bien público.
La clave está en la capacidad, preparación y ética de los hombres que conducen los destinos públicos. Hasta la llegada del tecnofeudalismo, esos hombres eran funcionarios de los diferentes Estados occidentales y orientales que controlaban el flujo informativo, que era manejado por organismos estatales. No había poder corporativo que concentrara más información que el Estado ni que, por lo tanto, tuviera más capacidad de poder para dirigir las políticas públicas.
El tecnofeudalismo se basa en la privatización de internet y de las infraestructuras digitales, en síntesis, del flujo informativo que han sustituido a los mercados tradicionales por plataformas que funcionan como feudos controlados por grandes corporaciones. Estas plataformas concentran el poder económico y social mediante la extracción de rentas (la denominada “renta de la nube”) y mediante el aprovechamiento del trabajo no remunerado de los usuarios, quienes contribuyen continuamente a la generación de valor sin participar en su apropiación. .¹
La pérdida de control público sobre los recursos estratégicos transforma el proceso de creación de valor, desplazándolo desde un enfoque orientado al bien común hacia uno centrado en la extracción de rentabilidad privada. Este desvío implica que los instrumentos que deberían contribuir a resolver problemas sociales pasan a ser utilizados bajo una lógica meramente mercantil, debilitando la capacidad del sistema económico para generar bienestar colectivo y sostener los recursos humanos y naturales en el largo plazo.²
La concentración del flujo informativo en grandes plataformas digitales ha dado lugar a un modelo económico orientado a la extracción de valor a partir de datos y recursos humanos, configurando estructuras de poder altamente centralizadas. ³ En este marco, la acumulación se sostiene mediante dinámicas de apropiación y control más que por la producción tradicional ⁴, mientras que los sistemas mediáticos operan como dispositivos que moldean percepciones y legitiman dicho orden ⁵.
Paralelamente, la política adopta formas crecientemente espectaculares, donde la visibilidad y la apelación emocional desplazan a la idoneidad y la ética como criterios de liderazgo ⁶. Este fenómeno se vincula con el auge de liderazgos populistas caracterizados por discursos simplificados y polarizantes ⁷, en un contexto donde el poder estructural tiende a operar con relativa autonomía respecto de los actores visibles. Trump y Milei son un excelente ejemplo de esta nueva dirigencia.
Vemos lo que han hecho Occidente y Oriente con las tecnofeudales. China se dio cuenta de que el excedente del consumidor que se estaban apropiando las tecnológicas mediante el comercio electrónico, finanzas, salud y educación era tan importante que las familias habían decidido no tener más hijos porque no podían afrontar los gastos. Esta decisión es una bomba de tiempo para su economía, cuyo crecimiento depende en un 30% del mercado inmobiliario. El gobierno comenzó una campaña para regular los monopolios tecnológicos, cuyo caso más conocido es Alibaba, que no tuvo aprobación para sacar a Bolsa su división financiera y se sometió a una reestructuración supervisada.⁸ A las empresas de salud y educación se les dictaron reglamentos que las obligaron a bajar el precio de sus prestaciones. El mercado financiero mundial castigó severamente al mercado de valores chino a pesar de que éste estaba haciendo lo correcto. Los financistas occidentales no entienden que para que existan ganancias genuninas debe haber consumo en las sociedades, pero están acostumbrados a inflar sus mercados con liquidez ficticia, provocar burbujas y hacerlas explotar dejando las pérdidas en manos de los pobres minoristas que creen poder lograr su salvación personal en el mercado. Es otro esquema de información asimétrica que trae más pobreza y concentra la riquiza. Ejemplo el caso Libra donde está involucrado el Presidente Milei.
En Occidente, Estados Unidos ha iniciado varios litigios por monopolio contra Microsoft, Meta y Amazon, y por apropiación de propiedad intelectual contra ChatGPT. En ninguno se ha dispuesto medida gubernamental o judicial alguna que beneficie a los consumidores, a pesar de que algunas acciones son acompañadas por varios estados de la unión.⁹
Pero, lo más llamativo que está ocurriendo es que han pasado a la siguiente fase de este proceso, no solo han privatizado el flujo informativo, con las consecuencias expuestas, sino directamente han dispuesto colocar para adoptar decisiones de gobierno a una tecnofeudal, la corporación Palantir, sin control judicial o administrativo previo.¹⁰ Esto es, sin dudas, un ensayo distópico de gobernanza algorítmica que parece el sueño húmedo de Stalin, conducido por dos hombres de dudosa capacidad, preparación y valores éticos. Peter Thiel, socio de Jeffrey Epstein en un fondo de inversión y que numerosas comunicaciones demuestran que debatían negocios cuestionables.¹¹ Alex Karp, un señor que, según declaraciones públicas polémicas, ha defendido el uso de la fuerza (IA para fines militares o de seguridad sin control humano) por parte de su empresa.¹² Han creado sistemas que eligieron mediante IA objetivos en Gaza sin control humano, lo que está prohibido en todas las legislaciones.¹³ Están a cargo de elegir los objetivos de deportación del ICE, cuyo trámite se lleva a cabo sin control judicial y ha provocado varios casos de víctimas inocentes.¹⁴ Están colaborando con el Pentágono, Grok y OpenAI en proyectos de defensa autónoma, los robots asesinos.¹⁵ Los directores de seguridad de algunas de estas empresas han manifestado públicamente su preocupación por los riesgos éticos.¹⁶
Aquí veo un punto muy interesante. Están abandonando en manada los principios éticos que decían sostener, para tratar de lograr contratos militares que les otorguen rentabilidad para intentar demostrar que el monstruoso sistema que armaron, y que es sostenido por inmensos gastos, tienen alguna utilidad antes de que el mercado los hunda en las pérdidas y el olvido. La aplicación del sistema a la guerra, por parte de Estados Unidos, a demostrado que sus decisiones de elección de objetivos privilegian la eficiencia por sobre la ética, típico razonamiento de IA, como atacar tres veces cuando se estaba negociando, matar a los negociadores, matar al líder religioso del país para que caiga el régimen, atacar su infraestructura civil, violando permanentemente el derecho internacional de guerra, sin un análisis serio del potencial bélico de Irán y las consecuencias de las represalias que tomaría por estos violaciones de derecho Internacional. Privilegiar la eficiencia sobre la ética puede dar en forma momentánea ventaja táctica, con el tiempo se torna estratégicamente desastroso.
La ética individual, siendo necesaria, resulta insuficiente sin una transformación estructural que modifique las reglas del juego. Por ello, junto a la exigencia de conductores capaces y rectos, deben impulsarse cambios institucionales que democraticen el poder informativo. Entre ellos: establecer un impuesto global a las grandes tecnológicas que grave los datos extraídos sin consentimiento y financie bienes públicos digitales;¹⁷ reconocer los datos personales como un bien común sujeto a gobernanza colectiva, no como un activo de apropiación privada;¹⁸ implementar en todos los países leyes de mercados digitales que obliguen a la interoperabilidad, la portabilidad de datos y la prohibición de prácticas de lock-in;¹⁹ crear agencias públicas de auditoría algorítmica con capacidad sancionatoria, acceso irrestricto a los modelos y potestad para exigir explicabilidad;²⁰ promover un fondo global para el desarrollo de infraestructuras tecnológicas abiertas y de código abierto que compitan con los monopolios;²¹ y reformar los tratados de inversión para que las cláusulas de protección al inversor no impidan la regulación nacional en materia de datos.²² Estas medidas estructurales, combinadas con la formación ética de quienes ocupan posiciones de poder, constituyen el verdadero antídoto contra el tecnofeudalismo.
Las transformaciones estructurales no emergen de manera espontánea ni pueden reducirse a la mera voluntad ética de quienes gobiernan. Los cambios transformacionales requieren una dirección colectiva y una acción pública deliberada². En este sentido, dichas transformaciones solo se consolidan cuando existe una ciudadanía organizada capaz de exigirlas y sostenerlas en el tiempo.
Diversas experiencias contemporáneas evidencian este proceso. La regulación de los mercados digitales en Europa (como el Digital Markets Act) se vincula directamente con debates impulsados por la sociedad civil sobre soberanía de datos y competencia. En línea con esto, el capitalismo de la vigilancia prospera en la ausencia de resistencia democrática¹, subrayando que la intervención ciudadana es condición necesaria para limitar el poder de las plataformas.
Asimismo, los movimientos por el software de código abierto, las luchas de trabajadores de plataformas por su reconocimiento laboral y las acciones judiciales contra tecnologías invasivas como el reconocimiento facial sin consentimiento, constituyen ejemplos concretos de resistencia organizada. Estas dinámicas confirman que el poder concentrado en las grandes corporaciones tecnológicas —lo que Yanis Varoufakis conceptualiza como “tecnofeudalismo”— no es inmutable, sino que puede ser disputado políticamente.
En esta línea, se advierte que confiar exclusivamente en soluciones tecnocráticas o en la buena voluntad de las élites conduce a la reproducción del problema: “la política no puede ser reemplazada por soluciones tecnológicas”²³. Por ello, si bien la ética de los liderazgos resulta relevante carece de eficacia estructural sin un entramado de presión social que la sostenga.
En definitiva, sin movimientos colectivos que impulsen, controlen y profundicen las reformas, éstas tienden a diluirse frente a la capacidad de adaptación de los monopolios digitales. La historia reciente demuestra que la disputa por el poder en el capitalismo contemporáneo, y particularmente en su fase tecnofeudal, se juega, fundamentalmente, en el terreno de la organización social.
Privatizar el control del flujo de información, poner como único objetivo mantener el poder y la rentabilidad de las corporaciones, va a sumergir a todas las sociedades en una crisis económica y política brutal. No quedarán recursos para las clases medias y bajas; éste es el motivo de la puesta en marcha de esta segunda fase: crear gobernanza algorítmica sin control judicial y contar con robots humanoides para la represión, que actúen sin control humano. Esa es la dirección actual que está tomando el sistema.
Gracias a Dios éste viene fallando, por ahora en grande. Pone siempre la eficiencia por sobre la ética, por lo cual se autodestruye reputacionalmente a la velocidad de la luz, lo que ha puesto a la mayoría de la humanidad en su contra, por lo que obligará a cambiar el sistema o cancelarlo.
Todos podemos ayudar en esta pelea. Todos vamos a ser perjudicados. No guardes silencio. Estudia mucho y preparate. Y por sobre todas las cosas, nunca olvides que privilegiar la eficiencia por sobre la ética no es una buena decisión ni personal ni social. Si nos sumamos todos, vamos a inclinar la balanza hacia la justicia.
Citas y referencias
1. Varoufakis, Y. (2023). Tecnofeudalismo: El sigiloso sucesor del capitalismo (M. Valdivieso, Trad.). Deusto.
2. Mazzucato, M. (2021). Misión economía: Una carrera espacial para cambiar el capitalismo (R. González Férriz & M. Valdivieso Rodríguez, Trads.). Taurus.
3. Zuboff, S. (2019). The Age of Surveillance Capitalism. PublicAffairs. y Varoufakis, Y. (2023). Technofeudalism: What Killed Capitalism.
4. Harvey, D. (2003). The New Imperialism. Oxford University Press.
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6. Mudde, C. (2017). Populism: A Very Short Introduction. Oxford University Press. Y Müller, J.-W. (2016). What Is Populism? University of Pennsylvania Press.
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