Por Rafael De Ambrosi (*)
Durante años, gran parte de la conversación pública sobre el ecosistema cripto estuvo dominada por la volatilidad de los precios, estafas y lavado de dinero. Sin embargo, mientras la atención se concentraba en ese frente, que representa la minoría de las transacciones cripto, algo mucho más estructural avanzaba en paralelo: la transformación de la infraestructura financiera global.
Hoy, ya no se trata de una hipótesis ni de una promesa tecnológica. Los principales actores del sistema financiero internacional están migrando activamente hacia modelos basados en blockchain. No están “probando” el mundo onchain. Lo están construyendo.
En las últimas semanas, esa tendencia se volvió imposible de ignorar: la empresa que opera la Bolsa de Nueva York, Intercontinental Exchange (ICE), invirtió estratégicamente en OKX e integró acceso a mercados tradicionales con acciones tokenizadas; Nasdaq anunció una alianza con Kraken para conectar mercados de capitales regulados con redes blockchain y habilitar acciones tokenizadas con los mismos derechos que una acción tradicional, pero con operación 24/7 y liquidación instantánea; Mastercard adquirió BVNK, una firma de infraestructura stablecoin con presencia en más de 130 países, confirmando que las redes globales de pagos también están incorporando esta tecnología como parte de su infraestructura base; y, en paralelo, la SEC de Estados Unidos trazó una definición regulatoria clave al establecer que ciertas stablecoins de pago no constituyen valores negociables, enviando una señal que probablemente funcione como referencia para reguladores de todo el mundo. En conjunto, estos movimientos muestran que ya no se trata de experimentos aislados, sino de una convergencia concreta entre mercados de capitales, pagos globales y regulación alrededor de infraestructura financiera onchain.
Nada de esto es independiente ni casual. Responden a una misma evidencia: la infraestructura financiera onchain, programable, transparente y con liquidación prácticamente instantánea, es objetivamente más eficiente que los sistemas heredados del siglo XX.
No estamos frente a un reemplazo del sistema financiero, sino ante su actualización.
Y esa actualización ya está en marcha.
Para Argentina, este proceso tiene implicancias especialmente relevantes. El país presenta una de las tasas más altas de adopción de dólares digitales a nivel global. La demanda de stablecoins no surge de la especulación, sino de una necesidad concreta: acceso a resguardo de valor, interoperabilidad y eficiencia en un contexto macroeconómico desafiante.
En ese sentido, la infraestructura onchain no es un fenómeno importado. Es una respuesta que el propio mercado local ya empezó a construir, muchas veces por fuera de marcos regulatorios definidos.
La pregunta real es si Argentina va a participar activamente en la construcción de las reglas que van a ordenar esta nueva infraestructura, o si va a adoptarla más adelante como un actor pasivo de estándares definidos en otros mercados.
En ese mapa, Brasil ya decidió moverse con una lógica más decidida e incluso, en varios frentes, más agresiva y abierta que Estados Unidos. Estados Unidos sigue marcando el ritmo global, pero lo hace de forma más gradual, ordenando intereses, actores incumbentes y nuevas capas de innovación dentro de su propia arquitectura financiera. En América Latina, en cambio, la mayoría de los países todavía se posicionan como seguidores de esa conversación: Argentina aparece hoy como un país que sigue de cerca el estándar estadounidense, mientras que mercados como México o Colombia observan esa evolución desde una distancia mayor.
Pero hay una diferencia importante entre seguir de cerca y copiar. Los marcos regulatorios de Estados Unidos están diseñados para resolver los problemas de Estados Unidos: un sistema financiero profundo, con acceso bancario generalizado, moneda de reserva global y mercados de capitales líquidos. Las stablecoins, en ese contexto, son una mejora de eficiencia. En América Latina, son otra cosa: son infraestructura de acceso.
Un trabajador migrante que envía remesas a su familia en Venezuela o en Bolivia no necesita un marco regulatorio pensado para custodios institucionales en Nueva York. Una empresa que opera en tres países de la región y necesita liquidar pagos cross-border en tiempo real no tiene los mismos problemas que un banco corresponsal en Londres. Y un régimen impositivo calcado del esquema estadounidense aplicado sobre activos digitales puede resultar, en economías con alta informalidad y baja bancarización, directamente inaplicable.
No se trata de ignorar lo que hacen los mercados desarrollados. Se trata de entender que sus respuestas fueron construidas para sus preguntas. América Latina tiene preguntas propias, y la región que empiece a construir respuestas propias va a marcar el estándar para todos los demás. Argentina, con la tasa de adopción de dólares digitales más alta de la región y una historia larga de innovación financiera por necesidad, tiene todo para liderar esa conversación. La pregunta es si va a elegir hacerlo.












