Roscosmos anunció que en 2026 construirá una tercera plataforma de lanzamiento en el cosmódromo de Vostochny, esta vez destinada a cohetes de clase ligera. La definición fue atribuida al director general de la agencia, Dmitry Bakanov. Hoy Vostochny opera con dos complejos: uno para los Soyuz-2 y otro para el Angara-A5. El primer lanzamiento desde ese cosmódromo se realizó el 28 de abril de 2016 con un Soyuz-2 y el primer vuelo de un Angara desde esa base ocurrió el 11 de abril de 2024.
La novedad tiene una lectura que excede la infraestructura. En el negocio de lanzadores, una nueva plataforma no sólo agrega capacidad física: también permite separar campañas, reducir cuellos de botella y aumentar la cadencia, una variable que hoy pesa tanto como la potencia del cohete. Roscosmos busca precisamente eso en un contexto en el que otras compañías ordenaron su oferta alrededor de familias más simples, con más vuelos por año y procesos más estandarizados.
Una flota amplia, pero fragmentada
La flota rusa combina varias generaciones. El caballo de batalla sigue siendo el Soyuz-2, un lanzador de clase media que continúa activo y sostiene buena parte de las misiones orbitales rusas. En el extremo superior aparece el Angara-A5, la apuesta pesada para reemplazar gradualmente parte de la capacidad histórica de Proton y trasladar más actividad a territorio ruso. En el segmento liviano, el Angara-1.2 está operativo, mientras que el Soyuz-2.1v —otra variante ligera— realizó en febrero de 2025 su última misión, según reportes especializados y medios que citaron a Roscosmos.
Ese dato ayuda a entender el proyecto de Vostochny. Si la versión liviana del Soyuz salió de escena y el Angara-1.2 queda como principal vehículo de ese segmento, una plataforma específica en Vostochny le permitiría a Rusia completar en un solo cosmódromo una oferta escalonada: liviano, medio y pesado. En términos industriales, sería un paso hacia una arquitectura más coherente que la actual, repartida entre Vostochny, Plesetsk y Baikonur. Reuters informó además que Rusia acaba de recuperar en Baikonur la capacidad de lanzar nuevamente Soyuz hacia la Estación Espacial Internacional tras la reparación de una rampa dañada, otro indicio de que la infraestructura sigue siendo un factor crítico para su programa.
Cómo se ordena frente al mercado
La comparación con los principales jugadores del mercado muestra una diferencia clara. SpaceX opera una familia más compacta y con una escala muy superior: Falcon 9, con capacidad de 22.800 kilos a órbita baja, y Falcon Heavy para cargas mayores. La lógica de la compañía no fue multiplicar variantes, sino repetir muchas veces una plataforma reutilizable y construir cadencia sobre esa base.
Rocket Lab ocupa el extremo opuesto. Electron transporta hasta 300 kilos a órbita baja y está diseñado para el segmento pequeño, mientras Neutron —todavía en desarrollo— apunta a 13.000 kilos a órbita baja. Allí también aparece una estrategia de mercado nítida: un vehículo para cargas chicas y otro para el escalón medio, con foco en clientes comerciales y despliegue de constelaciones.
Europa, por su parte, organiza su oferta con dos familias. Vega C cubre el rango liviano, con 2.300 kilos a órbita sincrónica al Sol y 3,3 toneladas a órbita baja. Ariane 6 cubre el tramo medio-pesado: la versión Ariane 62 puede colocar unas 10,3 toneladas a órbita baja y la Ariane 64 llega a 21,6 toneladas. En otras palabras, Arianespace también separa el mercado por segmentos, pero con menos superposición entre modelos.
Blue Origin ofrece otro contraste. New Glenn fue concebido como un lanzador pesado con más de 45 toneladas a órbita baja. No compite en el nicho liviano, sino en la parte alta del mercado, donde la escala y el costo por kilo dependen de reutilización, contratos institucionales y grandes despliegues comerciales.
El lugar de Rusia
En ese mapa, Rusia conserva una fortaleza histórica: sigue teniendo una gama amplia de lanzadores y experiencia industrial acumulada. Pero esa amplitud también revela una desventaja. Mientras SpaceX, Rocket Lab o Arianespace tienden a simplificar familias y a especializar plataformas, Roscosmos todavía administra una transición entre sistemas heredados y nuevos desarrollos.
Esa transición incluye proyectos todavía no maduros. El Soyuz-5 aparece como un futuro escalón intermedio, con el objetivo de ampliar capacidad frente al Soyuz clásico, mientras el Amur-SPG es la apuesta a un lanzador a metano y parcialmente reutilizable, pensado como reemplazo de largo plazo para parte de la familia Soyuz. Ambos programas muestran que Rusia no quiere quedar fuera de la nueva economía del lanzamiento, aunque su hoja de ruta todavía está más asociada a la reorganización estatal que a la velocidad comercial que impusieron las empresas privadas de Estados Unidos.
La tercera plataforma en Vostochny debe leerse en ese marco. No cambia por sí sola la posición competitiva rusa, pero sí sugiere una decisión concreta: consolidar en un mismo polo la operación de cohetes livianos, medianos y pesados. Para el mercado, eso implica una señal de continuidad industrial. Para Roscosmos, implica algo más básico: recuperar ritmo en un negocio donde ya no alcanza con tener un cohete; hace falta poder lanzarlo muchas veces, con regularidad y sin fricciones.












