Reuniones de consorcio en retirada: conflictos crecientes y gestión sin actualización en edificios

En grandes ciudades, la baja asistencia a asambleas de propiedad horizontal deja decisiones en manos de pocos, mientras se multiplican tensiones por ruido, mascotas, amenities, seguridad y expensas, en un escenario que empuja a modernizar procesos, digitalizar tareas y profesionalizar la administración para evitar escaladas administrativas o judiciales

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En las grandes ciudades, las asambleas de consorcio pierden participación año tras año y esa retracción modifica el modo en que se toman decisiones en la vida en propiedad horizontal. Con menos vecinos presentes, las resoluciones quedan concentradas en pocos asistentes, mientras los reclamos aumentan y se profundiza la distancia entre quienes deciden y quienes cuestionan después.

Martín Eliçagaray, founder de Simple Solutions, atribuye el fenómeno a una combinación de gestión desactualizada y convivencia más sensible. Por un lado, persisten prácticas pensadas para otra época, con documentos impresos, intercambios verbales extensos y mecanismos de control que no se ajustan al ritmo urbano. Por otro, conflictos que antes se resolvían como desacuerdos puntuales ahora tienden a escalar y volverse estructurales.

El ruido aparece entre los focos de tensión más frecuentes. El problema excede la música fuerte y suma situaciones asociadas a cambios en los usos domésticos: gimnasios improvisados en pisos altos, clases virtuales con instrumentos y reformas prolongadas con herramientas eléctricas. La fricción crece cuando esas actividades se trasladan a horarios de descanso y la convivencia sonora queda fuera de control.

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Las mascotas también reconfiguran la dinámica interna. En muchos edificios hay más perros que chicos, y esa proporción impacta en la cotidianeidad: ladridos nocturnos, ascensores colapsados, pelos en espacios comunes o perros sueltos en áreas donde deberían circular con correa. La discusión, en ese marco, se desplaza de la autorización a la gestión de su presencia en estructuras que no fueron pensadas para una convivencia tan intensa.

Los espacios comunes, antes complementarios, pasaron a ser puntos críticos. SUMs, piletas, parrillas y gimnasio se usan más que nunca y concentran disputas por reservas, turnos y criterios de uso. “Válvulas de escape social”, dijo Eliçagaray, founder de Simple Solutions.

El capítulo más delicado es la seguridad. Muchos consorcios evalúan reemplazar porterías tradicionales por soluciones digitales o vigilancia tercerizada, con tensiones laborales y debates operativos. El eje, para Eliçagaray, es la gestión de accesos: sin controles sólidos, se habilitan ingresos indebidos y usos irregulares en áreas internas. A esto se suma la obsolescencia tecnológica, con sistemas sin mantenimiento, software desactualizado y dispositivos viejos que generan vulnerabilidades.

El factor económico agrava el malestar. Las expensas suben incluso en edificios sin amenities, presionadas por energía, limpieza, mantenimiento, seguros y contratistas. Los alquileres temporarios agregan rotación constante y obligan a ordenar ingresos y egresos de personas que cambian de manera permanente.

Con la mayoría de los vecinos ausente, delegando o protestando después, se toman decisiones poco representativas, la gestión se vuelve opaca y los conflictos escalan a ámbitos administrativos o judiciales. El desafío queda planteado en cuatro ejes: modernizar procesos, digitalizar tareas, profesionalizar la administración y recuperar la participación.

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