Índice de democracia Freedom House: Uruguay y Chile encabezan la región dejando atrás a la Argentina

Hay instrumentos que miden con precisión y otros que miden con comodidad. El termómetro es el ejemplo clásico del primer tipo: da un número, ese número habla, y la conversación termina. Freedom House opera, en el debate público global sobre democracia, con esa misma lógica del termómetro: entrega una cifra —85 sobre 100 para la Argentina en su edición 2024— la clasifica como “Free”, y el lector promedio cierra el informe satisfecho. El país está bien. O al menos, no está mal.

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Pero los termómetros tienen un límite conocido: miden temperatura, no etiología. Pueden decirte que no tenés fiebre sin poder decirte que algo, adentro, ya empezó a moverse en la dirección equivocada.

El método y sus supuestos

Freedom in the World nació en 1972 como herramienta de la Guerra Fría. Su arquitectura original respondía a una pregunta urgente de aquella época: ¿este país tiene elecciones libres y deja a su gente hablar? La pregunta era pertinente entonces. Lo sigue siendo hoy, pero no alcanza.

El índice evalúa dos grandes dimensiones —derechos políticos y libertades civiles— a través de un cuestionario de 25 indicadores. El resultado final es un puntaje de 0 a 100 y una clasificación en tres categorías: “Free”, “Partly Free” y “Not Free”. La Argentina acumula 85 puntos en 2024 y mantiene esa clasificación sin alteraciones visibles desde hace varios años.

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La tabla regional y la distancia que incomoda

Puesta en contexto latinoamericano, la cifra argentina revela algo que el número solo no dice. Uruguay lidera la región con 96 puntos; Chile lo sigue con 94. Son las dos economías más prósperas de la región por habitante, y también sus democracias más sólidas según este índice. La correlación no es casual: los países que mejor preservan sus instituciones democráticas tienden a sostener el bienestar material de sus poblaciones en el tiempo.

Argentina aparece en tercer lugar con 85 puntos, a una distancia de 9 unidades de Chile y 11 de Uruguay, que no son menores en la escala de Freedom House. Pero el dato que merece una lectura más detenida aparece más abajo en la tabla: Brasil, la mayor economía de la región, acumula apenas 72 puntos, y México —la segunda economía latinoamericana— no figura siquiera en la categoría “Free” sino en “Partly Free”, producto de reformas institucionales que el informe describe como un debilitamiento sistemático de los contrapesos democráticos bajo el gobierno de López Obrador. Freedom House describe específicamente los ataques a medios independientes, el avance del Ejecutivo sobre el Poder Judicial y el rol creciente de las Fuerzas Armadas en funciones civiles.

Ese contraste plantea una observación que el debate político argentino raramente procesa con la seriedad que merece: Argentina es más democrática que Brasil y significativamente más que México, las dos economías que la superan en tamaño absoluto. Pero es menos democrática que Chile y Uruguay, las dos economías que la superan en bienestar por habitante. La dirección de esa brecha —hacia arriba o hacia abajo— no es irrelevante para entender la trayectoria institucional del país.

Lo que el 85 incluye y lo que deja afuera

El puntaje argentino descansa, en buena medida, sobre la robustez del proceso electoral. Las elecciones en Argentina son competitivas, los resultados son respetados, los partidos de oposición funcionan. Freedom House registra eso, y lo registra bien. Pero su arquitectura de medición no está diseñada para capturar el desgaste silencioso de las instituciones de control: la erosión de la independencia judicial, los cambios en la composición de organismos regulatorios, la tensión entre el Ejecutivo y los contrapesos constitucionales.

Esos procesos —que los politólogos llaman “retroceso democrático gradual” o democratic backsliding— son precisamente los que más preocupan a los analistas institucionales en la Argentina reciente. Y son, al mismo tiempo, los que con mayor frecuencia quedan subrepresentados en un índice que, por diseño, agrega dimensiones diversas en un único número.

El problema no es que Freedom House mienta. El problema es que, como cualquier termómetro, puede no detectar la infección hasta que la temperatura ya subió.

La trampa del número tranquilizador

En el debate público argentino, los índices internacionales suelen usarse de dos maneras igualmente insatisfactorias: como munición política o como blanco de descalificación ideológica. Ninguna de las dos actitudes se pregunta lo más interesante: ¿qué mide exactamente este número, qué omite, y qué nos dice sobre la dirección en que se mueve el país?

Un 85 sobre 100 colocado entre un Uruguay de 96 y un Brasil de 72 no es ni un elogio ni una condena. Es una coordenada. Y las coordenadas solo tienen sentido cuando se las lee en movimiento: ¿hacia dónde se desplaza la Argentina en esa tabla? ¿Se acerca a los países que mejor combinan prosperidad e instituciones, o se aleja de ellos?

Samuel Huntington observó en The Third Wave que las democracias no colapsan de golpe: se desgastan. Que el desgaste ocurra despacio no lo hace menos real, sino más difícil de detectar a tiempo. La comodidad del termómetro que marca temperatura normal puede ser, en ese contexto, el peor de los consuelos.

¿Cuánto vale un 85 cuando lo que importa no es el número de hoy, sino la trayectoria de mañana?

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