Autogestión vs. agencias: qué cambios trajo la era digital en la forma de viajar. Alberto Crupnicoff analiza cómo la era digital redefinió el rol de las agencias

Por Alberto Crupnicoff, presidente de VIETUR

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Durante las últimas dos décadas, la industria del turismo atravesó una transformación profunda. La popularización de internet, el desarrollo de plataformas de reservas y la aparición de aplicaciones especializadas hicieron que muchas de las tareas que antes realizaban exclusivamente las agencias de viajes quedaran, al menos en teoría, al alcance de cualquier usuario.

Desde un punto de vista estrictamente tecnológico, es cierto. Hoy cualquier persona con acceso a internet puede buscar vuelos, comparar hoteles o contratar actividades. De hecho, existen múltiples plataformas relativamente sencillas de gestionar que permiten en pocos minutos reservar algunas de estas alternativas.

Pero esa posibilidad técnica no siempre equivale a tener las capacidades o el conocimiento necesario para hacerlo de forma eficiente. En el pasado, ante la posibilidad de un viaje (trabajo, vacaciones o motivos de salud) los pasajeros acudían a un agente de viajes que se encargaba de planificar y organizar el itinerario.

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Con el tiempo, fueron los propios prestadores del sector, como aerolíneas, cadenas hoteleras o empresas de excursiones, quienes desarrollaron herramientas que invitaron a los viajeros a autogestionar parte de ese proceso. La digitalización, en ese sentido, no fue un fenómeno externo que irrumpió en la industria, sino que surgió desde la propia actividad.

Sin embargo, reducir el análisis a esa dimensión tecnológica sería simplificar demasiado el fenómeno. Si bien es relativamente sencillo contratar un pasaje aéreo aislado, un hotel puntual o una actividad específica, la complejidad aumenta cuando se trata de coordinar múltiples servicios que deben interactuar entre sí: vuelos, alojamientos, traslados, actividades, seguros, regulaciones migratorias o sanitarias, entre muchos otros aspectos.

Lo que no siempre se ve

Planificar un viaje implica mucho más que elegir fechas y destinos. En cada itinerario intervienen variables vinculadas con tarifas dinámicas, acuerdos entre prestadores, condiciones legales, documentación, clima o situaciones imprevistas que pueden alterar los planes. A eso se suma la capacidad de reacción frente a cancelaciones, cambios de horarios o conflictos operativos.

En ese contexto, el trabajo del agente de viajes se parece más al de un profesional que combina formación, experiencia y conocimiento del sector. No se trata solamente de gestionar reservas de forma ordenada, sino de entender cómo se articula toda la cadena de servicios y anticipar posibles problemas.

Una comparación habitual ilustra bien la situación. En internet abundan los tutoriales que prometen enseñar a reparar cualquier cosa por cuenta propia. Muchas veces resultan útiles, pero no necesariamente reemplazan el trabajo de un especialista. Con los viajes ocurre algo similar: las herramientas digitales pueden facilitar el acceso a la información, pero utilizarlas de forma adecuada requiere cierto grado de experiencia.

En ese sentido, existen viajeros que, con tiempo, investigación y práctica, logran organizar sus itinerarios por cuenta propia. Pero en términos generales siguen siendo una minoría dentro del volumen total del mercado. Las agencias, por su parte, suelen contar con acuerdos comerciales, tarifas negociadas o paquetes integrados que no siempre están disponibles para el público general. Sumado a eso, la experiencia y el conocimiento de miles de casos puede hacer una diferencia sustancial a la hora de tomar una decisión.

Es por eso que, frente a los agoreros que anticiparon el final de las agencias de viajes como efecto de la digitalización, se puede contrastar una realidad que el propio mercado parece confirmar: en la era digital, los agentes no desaparecieron. Simplemente cambiaron su rol.

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