José Antonio Kast eligió que su arranque presidencial tuviera una imagen simple y potente: maquinaria abriendo zanjas en la frontera norte. A pocos días de asumir, el presidente chileno viajó a Arica para supervisar el inicio del Plan Escudo Fronterizo, una de sus principales promesas de campaña. La medida apunta a frenar la migración irregular, el narcotráfico y el crimen organizado, y forma parte de lo que el propio mandatario definió como un “gobierno de emergencia”.
La base conceptual del programa ya estaba en el documento partidario que Kast difundió antes de llegar a La Moneda. Allí se propone el cierre de pasos no habilitados, la instalación de vallas de hasta cinco metros, zanjas de tres metros, cercos electrificados, torres de vigilancia, radares térmicos y drones, con prioridad inicial en Colchane y Chacalluta. También se prevé una Fuerza de Tarea Conjunta de 3.000 efectivos, una franja de exclusión de 10 kilómetros y centros de internación y expulsión cerca de la frontera.
Más que una política migratoria
La novedad del plan no reside solo en la infraestructura. Su lógica es más amplia. Kast busca convertir la frontera en el escenario de una demostración de autoridad estatal. El mensaje no se limita a impedir cruces irregulares: también busca mostrar que el nuevo ciclo político chileno pondrá la seguridad por encima de otros criterios de gestión. Reuters informó que el Gobierno presentó la iniciativa como una respuesta a más de 180.000 ingresos irregulares registrados en los últimos años.
Ese enfoque se extiende hacia adentro del país. El documento del plan incluye sanciones a empleadores, transportistas y arrendadores que faciliten la permanencia de migrantes en situación irregular, bloqueo de remesas para extranjeros sin residencia acreditada y exclusión de beneficios estatales, vivienda social y regularizaciones masivas. No es solo un programa de control territorial. Es también un sistema de desincentivos económicos y administrativos.
La comparación con Trump
El parentesco más claro aparece con Donald Trump. En Estados Unidos, Trump relanzó desde 2025 una ofensiva migratoria basada en el refuerzo militar de la frontera, restricciones al asilo, nuevas rutas de deportación y una política de expulsiones a terceros países. En marzo de 2026, además, un tribunal federal de apelaciones habilitó temporalmente un esquema de deportaciones aceleradas a terceros países, parte de esa estrategia más amplia.
Kast replica varios de esos elementos. Toma de Trump la centralidad simbólica de la frontera, la apelación a la soberanía, la construcción de barreras físicas y la idea de que la política migratoria debe operar como demostración de autoridad. La diferencia es de escala. Chile no enfrenta una presión migratoria comparable a la frontera entre Estados Unidos y México, pero sí un deterioro de la percepción de seguridad que volvió políticamente rentable ese lenguaje. Reuters describió la llegada de Kast al poder como el mayor giro a la derecha en Chile en décadas, impulsado por preocupaciones sobre crimen e inestabilidad económica.
Qué lo diferencia de Milei
La comparación con Javier Milei muestra otro matiz. Argentina también endureció su normativa migratoria. En mayo de 2025, el Gobierno argentino dispuso mayores exigencias de ingreso para extranjeros, endureció el criterio frente a antecedentes penales y exigió seguro de salud para viajeros. Más tarde, Reuters informó que Buenos Aires incluso mantuvo conversaciones con Washington sobre un eventual acuerdo para recibir deportados de terceros países desde Estados Unidos.
Sin embargo, el enfoque de Milei fue, al menos hasta ahora, principalmente regulatorio y diplomático. Kast va más lejos en el plano territorial y visual. Su apuesta incluye zanjas, despliegue militar y una frontera convertida en escena fundacional de gobierno. En ese sentido, la diferencia no es solo de contenido sino también de dramaturgia política: Milei endurece reglas; Kast busca exhibir control físico.
Y en qué se parece a Bukele
Con Nayib Bukele la similitud aparece en otro plano: la prioridad absoluta de la seguridad como principio ordenador. El presidente salvadoreño profundizó en 2026 su modelo de excepción permanente con nuevas reformas penales y constitucionales; Reuters recordó que, bajo el régimen de emergencia vigente desde 2022, más de 90.000 personas fueron detenidas y alrededor de 500 murieron bajo custodia estatal, según organizaciones de derechos humanos.
Kast no construye su legitimidad sobre la guerra contra las pandillas, como Bukele, sino sobre el control del límite estatal. Pero ambos comparten una misma gramática de poder: rapidez, concentración de decisiones, baja tolerancia a objeciones institucionales y la idea de que el orden debe restablecerse antes de cualquier otra discusión. En el caso chileno, esa lógica ya abrió cuestionamientos de grupos de derechos humanos y de organizaciones pro migrantes, que advirtieron sobre riesgos para el debido proceso, la unidad familiar y las obligaciones internacionales del país.
El cálculo político y el riesgo
Para Kast, el Plan Escudo Fronterizo cumple varias funciones a la vez. Refuerza su identidad política, responde a una demanda social por seguridad y le permite marcar una ruptura nítida con la administración anterior. También ordena la agenda pública: la frontera se convierte en el primer gran escenario desde el cual el nuevo gobierno define prioridades.
El problema empieza después de la foto inicial. Una frontera más dura puede producir rédito político rápido, pero sostenerla exige recursos, coordinación operativa, respaldo judicial y acuerdos diplomáticos. El propio texto del plan prevé reformas legales, nuevas facultades para militares y represalias económicas o diplomáticas contra países que no acepten devoluciones. Esa parte es más compleja que la excavación de zanjas.
En ese punto se verá si Chile está ante una política pública durable o ante una escenificación de alto impacto inicial. Por ahora, la señal ya quedó dada: Kast quiere que el comienzo de su gobierno sea leído en clave de frontera, orden y autoridad. Trump aporta el libreto, Bukele ofrece la lógica de excepcionalidad y Milei ayuda a entender el clima regional. Pero el experimento chileno tiene una especificidad propia: convertir el borde territorial en el centro del poder político.












