Durante décadas, el diagnóstico del autismo se apoyó principalmente en la observación del comportamiento infantil: cómo juega un niño, cómo se comunica, cómo responde a su entorno o cómo se relaciona socialmente. Ese enfoque permitió estructurar el campo del neurodesarrollo y ayudó a identificar a miles de niños que necesitaban apoyo. En los últimos años, sin embargo, la investigación científica comenzó a ampliar el marco de comprensión del autismo.
La Dra. Florencia Sanabria, médica especialista en Neuro Desarrollo para Niños y Adolescentes, sostiene que el futuro del diagnóstico podría incorporar herramientas biológicas que complementen las evaluaciones conductuales tradicionales. La propuesta no apunta a reemplazar la evaluación clínica, sino a sumar información de distintas disciplinas para construir una mirada más completa sobre el desarrollo.
Uno de los ejes de ese cambio es la genética. Los estudios genéticos identificaron cientos de variantes genéticas asociadas con el desarrollo neurológico. A partir de esos hallazgos, las investigaciones plantean que el autismo no constituye una condición única, sino “un conjunto muy amplio de trayectorias del desarrollo” con posibles orígenes biológicos diferentes.
Otra línea de trabajo se concentra en el metabolismo cerebral. Equipos científicos investigan cómo el funcionamiento energético de las células, los procesos metabólicos o ciertos desequilibrios bioquímicos pueden influir en el desarrollo del sistema nervioso. Este enfoque abre la posibilidad de sumar indicadores biológicos a la caracterización clínica, con el objetivo de entender mejor las diferencias entre perfiles.
La neuroimagen aparece como un tercer frente de avance. Tecnologías de resonancia magnética de alta resolución y otros métodos de análisis cerebral permiten estudiar la conectividad neuronal y el desarrollo de diferentes áreas del cerebro. En esa dirección, estas herramientas podrían contribuir a comprender por qué ciertos niños presentan dificultades en el lenguaje, la comunicación o la coordinación.
A la vez, los estudios del sueño ganan relevancia. Investigaciones recientes muestran que los patrones de sueño pueden ofrecer información sobre la maduración del cerebro infantil y sobre la actividad eléctrica cerebral durante el descanso, lo que suma otra dimensión posible para el análisis del neurodesarrollo.
Para muchos especialistas, el diagnóstico del autismo tenderá a ser más interdisciplinario, con integración de observación clínica, historia del desarrollo, análisis genéticos, estudios neurometabólicos y herramientas de neuroimagen. Ese enfoque podría habilitar diagnósticos más precisos y, en particular, intervenciones más personalizadas. “Las evaluaciones conductuales siguen siendo importantes”, dijo Sanabria.












