A principios de agosto se realizó en la Universidad
Torcuato Di Tella un seminario internacional sobre “América
latina y la crisis asiática”. Economistas de la Reserva
Federal de Estados Unidos, de universidades de ese país, de
Brasil, Chile y Uruguay, y funcionarios del FMI debatieron, con
catedráticos y funcionarios locales, acerca de los temas
más relevantes de la actualidad.
Una de las conclusiones más trascendentes de los debates
fue que un régimen de tipo de cambio fijo cumple una
función inestimable en países que, como la Argentina,
atravesaron episodios de naturaleza hiperinflacionaria. Esa
función es la de comprar credibilidad.
La elección de este régimen tiene, sin embargo, dos
costos evidentes. Por una parte se pierde, en principio, la
posibilidad de utilizar la herramienta cambiaria para corregir los
desequilibrios que se presenten en los mercados financieros y de
bienes. Además, con un tipo de cambio fijo, el Banco Central
renuncia, en el caso extremo, o dispone de un estrecho margen para
recurrir (como en el caso argentino) a la política monetaria
como instrumento de política económica.
No obstante, parecería estar gestándose un consenso
alrededor de que estos aspectos no darían origen a
consecuencias graves si no fuera porque la naturaleza de las crisis
actuales parece haber cambiado. A diferencia de lo sucedido en
anteriores situaciones, cuando los desequilibrios se
producían, inicialmente, en los flujos reales de bienes y
servicios, en la actualidad esos desequilibrios se manifiestan, al
principio, en los stocks financieros.
En estas condiciones, lo que primero se pone a prueba es la
solidez del sistema bancario y financiero. Esto, a su vez, significa
que en la resolución de la crisis los recursos que quedan
comprometidos tienden a ser más elevados. Y se hace necesaria
una actuación más activa de los organismos financieros
internacionales y de los bancos centrales de los principales
países del mundo. Otra conclusión es que, en el
ámbito de las economías individuales, se requiere la
existencia de un Banco Central con capacidad de actuar como
prestamista de última instancia.
Tras la crisis en los países del sudeste asiático
que habían establecido regímenes de tipo de cambio
fijo, buena parte de la corriente de recomendaciones apunta a la
conveniencia de contar con un sistema de tipo de cambio flexible.
Sin embargo, en el seminario se observó una curiosa
coincidencia entre los economistas del gobierno, los vinculados a la
oposición y los expositores extranjeros invitados: tal
recomendación no resulta apropiada para la Argentina.
Más aún, se supone que cualquier intento orientado a
modificar el régimen cambiario tendría imprevisibles
consecuencias. En particular si ese intento se realizara en un
contexto de crisis externa como el actual y de debilidad en algunos
aspectos de la política económica; como la
situación de las cuentas públicas y externas.
Controles de capitales
Todo tiende a señalar que, por detrás de las
turbulencias en los mercados de divisas, de acciones, de bonos, y en
los agregados monetarios y financieros, se encuentran los cambios de
orientación, muchas veces inesperados, de los flujos de
capitales privados. De ahí a plantear la necesidad de
establecer controles a estos movimientos hay un solo paso.
Apoyados por las experiencias de menor volatilidad y fragilidad
financiera que han exhibido la economía chilena y la
colombiana, se inscriben en esta tendencia muchos economistas.
En la Argentina, sin embargo, los funcionarios del equipo
económico son totalmente renuentes a establecer controles a
los movimientos de capital privado. Sostienen que los elevados
requisitos de liquidez que se imponen en el sistema bancario
constituyen, en sí mismos, una suerte de control. Pero este
mecanismo sólo se aplica a la fracción de capitales que
ingresa por ese canal. Además, la política del control
está acompañada generalmente por una
penalización cuando los flujos de capital entran por plazos
menores que los que esos controles establecen.
Existe un aspecto en el cual el consenso es total: si se quiere
poner controles a los movimientos de capital privado, ello debe
hecerse en una situación normal; esto es, cuando pugnan por
ingresar a un determinado país. Intentar colocarlos cuando la
tendencia es a la salida, sólo aceleraría la fuga.
El déficit en la cuenta corriente
El equipo económico ha sostenido, reiteradamente, que no es
importante que una economía exhiba un déficit en la
cuenta corriente del balance de pagos. Desde un punto de vista
estrictamente teórico, ello debería ser así,
siempre y cuando exista el financiamiento que cubra el saldo
negativo.
El problema se plantea cuando, por alguna razón, se produce
una brusca contracción en la entrada de capitales. Ahora bien,
¿qué podría producir un fenómeno de esas
características? Por lo pronto, una devaluación fuerte
e inesperada; una posibilidad que está excluida por
hipótesis en el caso argentino. No así, en cambio, lo
que se suele llamar el contagio internacional; esto es, el efecto
generado por países que comparten con la Argentina el
carácter de emergentes, o un régimen cambiario
semejante, y que no pudieron salir airosos de un ataque especulativo
hacia sus monedas. Tal podría ser el caso de Hong-Kong, China,
Rusia y Brasil.
En un escenario de crisis, los inversores externos no sólo
se fijarán en la existencia de un déficit en la cuenta
corriente sino, principalmente, en su nivel. Cuanto mayor sea,
probablemente menor será su disposición a financiar la
brecha externa. Y, con ello, mayores serán las pérdidas
en términos de producción y empleo para aquel
país que tenga que ajustarse a una menor disponibilidad de
financiamiento.
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Indicadores reales – Países emergentes
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(en miles de millones de dólares)
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Sudáfrica
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Rusia
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Fuente: The Economist, 15 de agosto de 1998.
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Países emergentes
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Variación en % de los índices bursátiles respecto del 12/8/98(*)
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Sudáfrica
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Rusia
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(*) En términos de dólares
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Fuente: The Economist, 15 de agosto de 1998.
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