El segundo mandato de Donald Trump atraviesa un punto de tensión: el presidente acumula desaprobación amplia en áreas sensibles, pero la oposición no aparece como alternativa creíble para administrar “los principales problemas” del país. En ese vacío, crece la probabilidad de una dinámica conocida en Washington: un Ejecutivo con iniciativa formal, pero con capacidad política menguante, sometido a costos crecientes por cada decisión.
Según el sondeo de ABC News/Washington Post/Ipsos realizado entre el 12 y el 17 de febrero de 2026, 60% desaprueba el desempeño general de Trump. Es el registro más alto de desaprobación numérica de su segundo mandato y coincide con el nivel con el que dejó la Casa Blanca en enero de 2021.
El detalle es aún más elocuente: 65% desaprueba su manejo de la inflación; 64% desaprueba la política de aranceles; 62% cuestiona las relaciones con otros países; 58% desaprueba su gestión migratoria y 57% desaprueba su conducción de la economía. El único rubro relativamente competitivo es la situación en la frontera con México, con 47% de aprobación y 50% de desaprobación.
La economía como desgaste persistente
El diagnóstico social sobre la economía no se mueve con rapidez. Casi la mitad de los consultados (48%) afirma que la economía empeoró desde que Trump asumió en 2025; solo 29% dice que mejoró. Hay un matiz: la percepción negativa se “templa” levemente frente a mediciones previas, sin revertirse.
En el plano personal, 22% declara estar mejor financieramente que al inicio del mandato, frente a 44% que se siente “igual” y 33% que se siente “peor”. En política estadounidense, ese número funciona como un termómetro de humor social: cuando el bolsillo no acompaña, la retórica se encarece.
La inflación, en particular, vuelve a ocupar el centro. Con 65% de desaprobación, se consolida como el talón de Aquiles del presidente. Y el dato dialoga con un rasgo estructural: el votante medio puede tolerar giros discursivos; tolera menos la persistencia del costo de vida.
La oposición no capitaliza
El elemento disruptivo del estudio es que el desgaste presidencial no se traduce mecánicamente en un beneficio para los demócratas. Ante la pregunta sobre quién se confía más para manejar “los principales problemas del país”, 33% elige a Trump y 31% a los demócratas en el Congreso; otro 31% responde “ninguno”. En términos políticos, la cifra es un triple empate con un tercer actor que crece: la desconfianza.
El patrón se repite en el costo de vida: 32% confía más en Trump, 31% en los demócratas y 33% en ninguno. En inmigración, Trump aventaja por cuatro puntos (38% a 34%), con 24% que no confía en ninguno.
Hay un indicador adicional de simetría negativa: 64% considera que Trump está “fuera de sintonía” con las preocupaciones de la mayoría; el mismo 64% opina lo mismo del Partido Demócrata. El problema, entonces, no es únicamente el rechazo a un liderazgo, sino una erosión más amplia de representación.
El Partido Republicano, partido en dos
En la interna republicana aparece una fractura que ayuda a explicar por qué la desaprobación general convive con lealtades intensas. Entre republicanos y afines, 54% se declara seguidor del movimiento MAGA y 42% no. Las mayorías de MAGA aprueban a Trump en los seis temas medidos; entre los no MAGA, las mayorías desaprueban su gestión de inflación, aranceles y relaciones internacionales.
Esa división importa menos como sociología partidaria que como aritmética legislativa y electoral. Un presidente que depende del entusiasmo de un subgrupo puede ganar primarias y dominar la agenda mediática, pero suele pagar un precio en el electorado independiente: el lugar donde se definen las elecciones de medio término.
En esa lógica, la frontera aparece como terreno de equilibrio —y, por eso, de disputa—: el borde entre aprobación y desaprobación (47% a 50%) indica un tema donde Trump aún no perdió del todo la capacidad de ordenar el relato.
Honestidad, salud y autoridad: el costo institucional
El sondeo incorpora variables de “calidad presidencial” que, en Estados Unidos, suelen anticipar el clima de gobernabilidad. Siete de cada diez consultados (70%) dice que Trump no es honesto ni confiable. Además, 62% cree que utiliza la presidencia para enriquecerse, cifra que sube desde 56% en septiembre.
En un país donde la política se litiga, esos juicios tienen efectos prácticos: incentivan investigaciones, empujan controles y elevan la predisposición a judicializar decisiones. También abren la puerta a un tipo de oposición que no necesita ganar la discusión económica: le basta con erosionar legitimidad.
Hay, además, un capítulo físico y cognitivo que vuelve por primera vez con fuerza contra Trump. Un 56% afirma que no tiene la agudeza mental necesaria para ejercer eficazmente, y 51% sostiene que no está en condiciones físicas adecuadas para el cargo. En una democracia mediatizada, esa discusión suele ser menos médica que política: funciona como atajo para expresar desconfianza.
El dato más delicado es institucional: 65% considera que Trump fue “más allá” de su autoridad presidencial, el nivel más alto desde que la pregunta se incorporó. Y 56% cree que su administración no está comprometida con la protección de derechos y libertades. En el agregado, se dibuja un presidente cuya base lo sostiene, pero cuya licencia social para expandir poder se achica.
Medio término y condición de “pato rengo”
En la política estadounidense, la etiqueta de lame duck no depende de un calendario: depende de la expectativa. Un presidente entra en esa condición cuando el sistema —legisladores, donantes, burócratas, aliados externos— comienza a actuar como si el futuro estuviera en otra parte. La encuesta ofrece los ingredientes típicos: desaprobación elevada, cuestionamientos sobre legitimidad personal, y una economía que no provee un “piso” de bienestar percibido.
Sin embargo, la singularidad del momento es que la oposición no aparece como reemplazo ordenado. En ese escenario, el Congreso puede endurecerse sin construir alternativa, y el Ejecutivo puede insistir con medidas de alto costo político para sostener cohesión interna. La consecuencia probable es una gobernabilidad más ruidosa, con mayor peso de la disputa institucional —Cortes, agencias, estados— y menor margen para acuerdos bipartidarios.
Por último, el sondeo ofrece una advertencia metodológica que conviene no perder: fue realizado con 2.589 adultos y margen de error de ±2 puntos, con submuestras partidarias de error mayor. En política, ese margen no es un detalle técnico: es el espacio donde se define si un presidente conserva, o pierde, el control del relato.












