En los años sesenta, Charles de Gaulle convirtió una intuición política en doctrina: Francia no podía delegar su supervivencia en decisiones tomadas en Washington. La disuasión nuclear —la force de dissuasion, conocida en sus inicios como force de frappe— no era, para París, un complemento de la OTAN, sino el núcleo de una estrategia nacional. Esa arquitectura tenía un propósito directo: garantizar que cualquier agresor supiera que el costo sería inaceptable, aun si el aliado norteamericano dudara en escalar hacia una guerra nuclear.
Esa premisa explica el gesto que marcó época: en 1966, Francia se retiró de la estructura militar integrada de la OTAN para preservar su independencia, en particular en materia de disuasión nuclear. La propia OTAN sintetiza la razón: mayor autonomía frente a Estados Unidos y rechazo a integrar el arsenal francés en mecanismos de control aliados. 
La idea de un paraguas europeo antes de que Europa lo pidiera
De Gaulle no hablaba de “Unión Europea” en sentido actual. Pero sí concebía una Europa que debía tener capacidad de decisión propia en seguridad. En su esquema, la disuasión francesa tenía un alcance político que excedía las fronteras nacionales: si Francia podía asegurar su libertad de acción, también podía contribuir —por presencia, por cálculo del adversario— a la seguridad del continente.
Esa dimensión europea, que aparecía y reaparecía en el discurso gaullista “con distintos grados de intensidad”, chocó con un obstáculo central: Alemania Occidental. Para Bonn, el problema no era solo de conveniencia estratégica. Era, ante todo, una ecuación histórica y jurídica: la reconstrucción de su legitimidad internacional descansaba en renunciar a la vía nuclear propia, integrarse al sistema atlántico y sostener una relación estrecha con Estados Unidos.
La Guerra Fría reforzó esa elección. La disuasión extendida norteamericana —la idea de que Washington respondería incluso con armas nucleares si Europa era atacada— se convirtió en el pilar de la seguridad alemana. Y, dentro de la OTAN, la “compartición nuclear” (nuclear sharing) permitió que países no nucleares participaran en arreglos operativos con armas estadounidenses bajo custodia y control de Estados Unidos, de acuerdo con un documento oficial de la Alianza. 
La posición alemana: memoria, reglas y dependencia calculada
La negativa alemana a una opción nuclear propia tuvo también una dimensión normativa. El Tratado de No Proliferación (TNP) consolidó el régimen global que distingue a los Estados con armas nucleares (los que probaron un dispositivo antes de 1967) de los que se comprometen a no adquirirlas. Francia figura entre los cinco reconocidos por ese criterio. 
En esa arquitectura, Alemania se instaló como potencia económica sin arsenal nuclear, protegida por la OTAN. La lógica era clara: el vínculo transatlántico ofrecía previsibilidad, y la disuasión nuclear estadounidense evitaba que Europa quedara a merced de decisiones tomadas en Moscú. En términos políticos internos, además, era una salida que evitaba reabrir debates imposibles en la sociedad alemana de posguerra: rearmarse sí, nuclearizarse no.
Esa combinación explica por qué las insinuaciones francesas de proyectar su “escudo” sobre Europa no prosperaron. Para Alemania, aceptar un paraguas francés podía interpretarse como un reemplazo —o una relativización— del paraguas norteamericano. Y eso equivalía a tocar el nervio de su estrategia: la pertenencia a la OTAN no era un accesorio; era el marco.
De la autonomía gaullista al “diálogo estratégico” de Macron
La historia dio una vuelta larga. La Francia que en 1966 marcaba distancia de la estructura militar integrada regresó plenamente al comando integrado en 2009, sin renunciar por eso a la autonomía de su disuasión. Pero el dato estructural no cambió: el arma nuclear francesa se concibe como política, nacional y no compartida.
En 2020, Emmanuel Macron formuló una versión contemporánea del argumento: la fuerza nuclear francesa “tiene una dimensión verdaderamente europea” y, por su sola existencia, contribuye a la seguridad del continente. En ese mismo discurso propuso un “diálogo estratégico” con socios europeos sobre el papel de la disuasión. 
El planteo tenía un límite explícito: no se trataba de transferir control, ni de crear una “bomba europea” bajo mando conjunto. Se trataba de discutir doctrina, escenarios, y el modo en que Europa piensa su seguridad en un contexto donde la guerra en Ucrania reinstaló la amenaza de alta intensidad y elevó el valor de la disuasión como herramienta política.
Brexit y un dato duro: Francia quedó sola en la UE
El factor que reordenó el tablero institucional fue el Brexit. Con el Reino Unido fuera de la Unión Europea, la única potencia nuclear dentro del bloque es Francia. El Reino Unido sigue siendo nuclear, pero ya no forma parte del entramado político de la UE: no participa de sus decisiones, ni de su presupuesto, ni de su arquitectura de defensa en gestación.
Ese dato —más que un eslogan— tiene consecuencias. Si la UE busca construir un “pilar europeo” de defensa, la disuasión nuclear queda, por definición, fuera de su caja de herramientas salvo por París. El resto puede discutir gasto militar, industria, munición, misiles, ciberdefensa y comando; pero, en disuasión nuclear, depende de la OTAN y, en última instancia, de Estados Unidos.
La discusión reaparece: cooperación, sin reemplazar a Estados Unidos
En febrero de 2026, el tema volvió al centro por un motivo que combina geopolítica y política doméstica europea: la inquietud sobre la consistencia del compromiso estadounidense y la presión para que Europa aumente su responsabilidad en defensa. En ese clima, Alemania confirmó que las conversaciones con Francia sobre cooperación en disuasión están en una etapa preliminar, con una condición política: no “socavar” el rol de Estados Unidos en el marco de la OTAN. 
En paralelo, medios europeos registraron el debate interno alemán: explorar el paraguas francés como complemento, sin que eso se lea como sustitución de la garantía norteamericana.  También circulan en ámbitos de seguridad propuestas y opciones de política para cerrar lo que algunos informes describen como una “brecha de disuasión” en Europa, desde sostener la dependencia actual hasta construir mecanismos europeos más explícitos. 
La continuidad histórica está a la vista. Francia vuelve a ofrecer discusión y, en el límite, cobertura política. Alemania vuelve a mirar a Washington, por convicción estratégica y por cálculo: cualquier señal de “desacople” transatlántico puede ser interpretada por un adversario como una ventana de oportunidad.
En ese cruce, la herencia de de Gaulle reaparece sin nostalgia. Su tesis central —que la disuasión es política antes que técnica— se adapta a un continente que busca autonomía sin romper la alianza que lo protegió durante ocho décadas. Y, en la Unión Europea, el dato estructural persiste: el único arsenal nuclear propio es francés. 












