Para muchos dueños y gerentes generales, las vacaciones no son sinónimo de
descanso. Aunque estén marcadas en el calendario, aparece un ruido de fondo difícil
de callar: ¿Qué va a pasar cuando no esté? ¿Se va a frenar todo? ¿Van a decidir mal?
¿Voy a volver y encontrarme apagando incendios? No es paranoia. Es información. Y
suele decir algo muy concreto: la empresa todavía depende demasiado del líder
para funcionar.
En nuestra consultora lo vemos todo el tiempo. Empresas que crecen, venden,
facturan… pero no descansan. Porque cuando el dueño se va, el sistema se cae o
queda en pausa. Y acá va una verdad incómoda: las vacaciones no generan el
problema, lo exponen.
Cuando el líder se va, el sistema habla. Patrick Lencioni plantea en Las 5
disfunciones de un equipo que los equipos de alto desempeño se sostienen sobre
tres pilares muy poco glamorosos pero fundamentales: confianza, claridad y
responsabilidad compartida. Las vacaciones funcionan como una radiografía brutal
de eso. Si no hay confianza, nadie decide. Si no hay claridad, cada uno hace “lo que
puede”. Si no hay responsabilidad compartida, todo vuelve al líder… incluso cuando
no está.
Ahí aparecen los mensajes, los llamados, los “perdón que te moleste en vacaciones”.
No porque el equipo sea malo, sino porque el sistema no está diseñado para operar
sin vos.
Dar espacio no es correrse: es construir capacidad. Delegar durante las vacaciones
no es desentenderse. Es poner a prueba el diseño organizacional real, no el que
figura en el PowerPoint. Es permitir que otros tomen decisiones, se equivoquen,
aprendan y ganen criterio. Controlar todo da una sensación momentánea de
seguridad. Pero construir autonomía es lo único que escala. Muchos líderes
confunden presencia con liderazgo, y no son lo mismo.
El verdadero riesgo no es irse: es no tener hábitos. Jim Collins lo explica muy bien
en Good to Great: las organizaciones que funcionan no son las llenas de reglas, sino
las disciplinadas. Disciplina no como rigidez, sino como hábito. En la práctica, eso
baja a tierra así de simple: prioridades claras y visibles, no en la cabeza del dueño;
ritmos de reuniones cortos y constantes; indicadores que el equipo entiende y sigue;
responsables definidos, sin zonas grises. Cuando estos hábitos existen, la empresa no
depende de una persona, depende de un sistema. Y eso cambia todo.
Descansar tranquilo no es suerte: es diseño. Los líderes que logran desconectarse
de verdad en vacaciones no lo hacen porque “todo esté perfecto”. Lo consiguen
porque confían en el equipo y en el sistema que construyeron. Y muchas veces
vuelven con una sorpresa positiva: decisiones tomadas a tiempo, gente más
empoderada, problemas resueltos sin escalar, aprendizajes que no habrían ocurrido
con el líder siempre presente.
Las vacaciones bien trabajadas no bajan el ritmo. Lo vuelven sostenible. Si hoy sentís
que no podés irte tranquilo, no es una falla personal. Es una invitación a revisar cómo
funciona tu empresa cuando vos no estás. Y eso —spoiler— se puede diseñar,
ordenar y entrenar. Como cualquier proceso crítico del negocio.












