viernes, 20 de febrero de 2026

Lindy AI, Flo Crivello y los empleados que nunca duermen

Fundada en San Francisco en 2023 por el francés Flo Crivello, la startup Lindy Ai promete rediseñar el trabajo tal como lo conocemos. No vende software. Vende tiempo.

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Hay startups que nacen de la convicción y hay startups que nacen del fracaso. Lindy AI nació de ambas cosas a la vez. Flo Crivello, su fundador y CEO, venía de construir Teamflow, una oficina virtual que prosperó en los días del encierro pandémico y se marchitó cuando el mundo recuperó sus pasillos y sus reuniones de pie junto a la cafetera. Era 2022 y Crivello tenía en sus manos una empresa que había levantado más de 50 millones de dólares pero que ya no tenía adónde ir.
En ese momento, OpenAI lanzaba silenciosamente su API de GPT-3. Crivello y su equipo construyeron un pequeño grabador de reuniones y un resumidor de notas dentro de Teamflow. Fue entonces cuando alguien del equipo de ventas hizo la pregunta que cambiaría todo: ¿podría la IA también actualizar Salesforce automáticamente después de cada llamada? La pregunta parece trivial. No lo era. Era, en realidad, el principio de una escalera.

“El product-market fit se siente como perseguir una roca que baja por la colina. Antes de encontrarlo, cada día es empujar la roca hacia arriba.” — Flo Crivello, fundador y CEO de Lindy AI

Crivello subió esa escalera de abstracción, como él mismo la llama, peldaño por peldaño. Primero fue actualizar Salesforce. Luego, cualquier CRM. Luego, cualquier herramienta. Luego, cualquier flujo de trabajo. Y cuando llegó a la cima y miró hacia abajo, lo que vio no era un asistente de inteligencia artificial. Era algo más parecido a un empleado. Un empleado sin sueldo fijo, sin vacaciones, sin días de enfermedad y sin la necesidad de que le expliquen dos veces las cosas.

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Una empresa de 37 personas que factura como una mediana

Los números de Lindy son, cuanto menos, desconcertantes para quien está acostumbrado a evaluar startups con la vara tradicional. En octubre de 2024, la compañía reportó ingresos de 5,1 millones de dólares anuales. Lo hizo con apenas 37 empleados. Una proporción que, en el mundo del software empresarial, resulta difícil de ignorar.
La financiación acumulada ronda los 50 millones de dólares, con Battery Ventures entre sus inversores institucionales más relevantes. No es una cifra que asombre en el ecosistema de Silicon Valley, donde cada semana alguna empresa recauda diez veces esa cantidad con apenas una presentación y un sueño. Lo que asombra es la eficiencia con la que Lindy convierte ese capital en ingresos reales.

No es un chatbot. Es, en todo caso, un colega

Conviene detenerse aquí para despejar un equívoco que el mercado arrastra desde que ChatGPT volvió la inteligencia artificial un tema de conversación cotidiana. Lindy no es un chatbot. No responde preguntas. No genera texto a pedido. Lo que hace Lindy es ejecutar tareas de forma autónoma, tareas que antes requerían la atención sostenida de un ser humano: responder correos electrónicos, agendar reuniones, actualizar bases de datos de clientes, transcribir y procesar conversaciones con pacientes, calificar prospectos de ventas, gestionar el soporte al cliente.
El modelo de funcionamiento es el del agente: el usuario define qué quiere que ocurra cuando se da cierta condición, y la plataforma lo ejecuta sin necesidad de intervención. No hace falta saber programar. La interfaz es visual, de arrastrar y soltar, y las instrucciones se dan en lenguaje natural. Crivello insistió desde el principio en que la tecnología debía ser accesible para el contador de una pyme cordobesa tanto como para el director de operaciones de una multinacional de San José.

“La visión es construir agentes que se comporten como miembros reales del equipo. Hoy pueden manejar procesos paso a paso. Mañana, serán verdaderamente autónomos.”— Flo Crivello

Esa democratización del acceso explica, en parte, lo que ocurrió cuando los médicos empezaron a aparecer entre los usuarios de Lindy. Crivello no los había buscado. Llegaron solos, atraídos por la posibilidad de que el sistema grabara conversaciones con pacientes y generara automáticamente las notas clínicas estructuradas —las llamadas notas SOAP— que los profesionales de la salud están obligados a producir después de cada consulta. Era trabajo administrativo puro, repetitivo, consumidor de horas. Lindy lo absorbió. Y con eso llegó la necesidad de cumplir con estándares de privacidad como HIPAA, que la empresa incorporó con rapidez notable.

El momento en que todo se aceleró

Crivello describe el período anterior a mayo de 2024 con la imagen de alguien empujando una roca colina arriba. El crecimiento existía pero era costoso, cada cliente requería esfuerzo, cada conversión era una batalla. Luego, algo cambió. No fue un solo evento. Fue una confluencia: los modelos de lenguaje mejoraron lo suficiente como para que Lindy pudiera cumplir las promesas que antes solo podía enunciar; el boca a boca en comunidades de automatización y productividad se aceleró; y un video en YouTube —publicado por un creador independiente de contenido tecnológico— trajo en pocas semanas más usuarios de los que la infraestructura podía manejar.
Desde entonces, según el propio Crivello, la empresa quintuplicó sus ingresos en seis meses y duplicó su equipo. Los servidores colapsaron. Los procesos de onboarding se saturaron. Era el problema que cualquier fundador desearía tener, aunque en el momento se sienta como una emergencia.
Para principios de 2025, Lindy había lanzado su aplicación móvil para iOS y Android —con transcripción de voz en tiempo real y notificaciones de tareas— y había alcanzado la que el CEO describe como supremacía de integraciones: más de 5.000 aplicaciones conectadas y más de 4.000 scrapers web, convirtiéndola, según sus propias palabras, en el agente con más integraciones del mundo.

La pregunta que nadie termina de responder

Existe una tensión que recorre, sin resolverse, el discurso de todas las startups de agentes de inteligencia artificial, y Lindy no es la excepción. Si los agentes se vuelven verdaderamente autónomos y capaces de ejecutar cualquier tarea de oficina, ¿qué ocurre con quienes hoy realizan esas tareas? Es la pregunta que el sector prefiere enmarcar en términos de productividad y liberación —la IA hace lo rutinario, los humanos se concentran en lo creativo— pero que en términos concretos sigue sin tener una respuesta satisfactoria.
Crivello, como la mayoría de sus pares, abraza el optimismo: la tecnología, históricamente, ha creado más empleo del que ha destruido. Pero también reconoce, implícitamente, que la velocidad de este cambio es diferente. Los modelos de lenguaje mejorarán. Las capacidades de Lindy, atadas al progreso de esos modelos, mejorarán con ellos. Y lo que hoy es un asistente que actualiza un CRM será mañana algo cuya descripción todavía no tenemos palabras para formular.

“Silicon Valley funciona sobre la base de la confianza. Si sobrecorregimos por culpa de un solo mal actor, corremos el riesgo de frenar todo.”— Flo Crivello, ante una controversia de contratación que sacudió a la empresa en 2024

En ese sentido, Lindy es menos una empresa que un experimento en curso. Un experimento sobre hasta dónde puede llegar la delegación del trabajo humano hacia la máquina y sobre qué nos queda cuando la máquina se queda con lo que antes nos ocupaba. Flo Crivello sube la escalera de abstracción. El resto del mundo mira desde abajo y se pregunta adónde lleva.

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