La corrupción, entendida como intercambio de decisiones públicas por beneficios privados, suele narrarse como desvío moral o falla de controles. Janine R. Wedel propone otra lectura: en el segundo gobierno de Donald Trump, ese intercambio operaría como herramienta política para debilitar “el sistema” que limita al Ejecutivo. En su columna “The Corruption Is the Point”, pubilcada en Project Syndicate, la autora sugiere que la novedad no reside solo en el volumen o en la impudicia, sino en la función: convertir el Estado en plataforma de transacciones y, a la vez, en un terreno hostil para la rendición de cuentas.
Wedel —antropóloga social y profesora en la Schar School of Policy and Government de George Mason University— enlaza esa lógica con dos antecedentes. Uno, el “modelo” de la Rusia de Vladimir Putin, donde redes de lealtad y negocios organizan la distribución de poder. Otro, prácticas soviéticas de mando informal: estructuras paralelas que se imponen sobre agencias formales, con la ley subordinada a la voluntad del líder.
La corrupción como arquitectura, no como escándalo
El argumento central es que el enriquecimiento personal y la agenda antiinstitucional se refuerzan mutuamente. Cuando se diseñan incentivos para pagar por acceso, el beneficio privado deja de ser un costo reputacional y pasa a ser un mecanismo de control: quien recibe favores queda atado por reciprocidad, por dependencia o por exposición.
En esa lógica, el “conflicto de interés” pierde sentido como categoría regulatoria: no se discute qué interés prevalece, sino quién tiene la potestad de definirlo. La frase, citada por Wedel como síntoma cultural de época —“No hay conflicto de interés, porque nosotros definimos el interés”— resume la inversión del principio clásico de gobierno imparcial.
La autora interpreta que el primer mandato de Trump ya había mostrado nepotismo, lobby transaccional y tolerancia al “pague para jugar”. Lo distintivo del segundo sería la convergencia entre prácticas y estructura: reordenar el Estado para que la corrupción sea más simple, más rentable y menos punible.
Meme coin y pago opaco: la monetización del acceso
Wedel utiliza como caso ilustrativo el universo cripto asociado a la familia Trump. Su hipótesis es directa: una meme coin vinculada al Presidente permite canalizar pagos de difícil trazabilidad desde cualquier lugar del mundo, bajo la forma de una operación financiera presentada como adhesión o “apoyo”. Esa opacidad, advierte, no es una consecuencia colateral: es parte del diseño.
El debate excede a la ética pública y entra en el terreno de la seguridad nacional: legisladores y especialistas en integridad gubernamental señalaron que instrumentos de ese tipo pueden facilitar esquemas de influencia, incluida la participación de actores extranjeros, sin el escrutinio que rige para donaciones políticas tradicionales.
Wedel vincula esta dinámica con un antecedente histórico de la transición rusa de los 90: privatizaciones aceleradas sin marco regulatorio robusto, donde activos públicos migraron a manos privadas mediante mecanismos de captura. El término “prikhvatizatsiya” —una forma popular de describir la apropiación— funciona en su texto como metáfora: cuando la frontera entre lo público y lo privado se vuelve porosa, el Estado deja de ser árbitro y pasa a ser botín.
DOGE y poder informal: el Estado como estructura paralela
En el plano organizacional, la columna señala el uso de estructuras informales para desplazar funciones del Estado formal. Wedel menciona el “Department of Government Efficiency” (DOGE) como ejemplo de un dispositivo con poder operativo que, en su relato, habría funcionado con baja supervisión y con la autoridad derivada de una relación directa con el líder. La analogía es soviética: organizaciones partidarias o paraestatales que “saltan” los canales administrativos.
Para matizar, introduce un precedente estadounidense: el caso Irán-Contra en los años 80, cuando un circuito de confianza en la Casa Blanca buscó eludir restricciones impuestas por el Congreso. La diferencia, sostiene, es institucional: entonces hubo investigación, condena política transversal y consecuencias penales para algunos involucrados; ahora, en su lectura, la reacción de contrapesos sería más débil o inexistente.
Justicia y anticorrupción: señales desde el Departamento de Justicia
El texto también pone el foco en decisiones administrativas que reducen capacidad estatal para perseguir corrupción transnacional, lavado de dinero y redes de influencia. Wedel afirma que la fiscal general Pam Bondi disolvió o reorientó equipos dedicados a recuperar activos de cleptócratas y a perseguir evasión de sanciones, incluida la estructura creada tras la invasión rusa a Ucrania.
Medios y análisis especializados registraron, en 2025, el cierre o desarme de iniciativas como Task Force KleptoCapture y la Kleptocracy Asset Recovery Initiative, con el argumento oficial de reasignar recursos hacia crimen organizado y narcotráfico. Críticos advirtieron sobre el efecto colateral: menor capacidad para rastrear redes financieras internacionales y facilitadores.
En paralelo, el propio historial del Departamento de Justicia muestra el tipo de resultados que esas unidades podían producir: por ejemplo, recuperos vinculados al caso 1MDB, con montos que se contaban en miles de millones de dólares en activos repatriados o restituidos, una escala que ilustra la relevancia material de la agenda anticorrupción.
El hilo conductor: desinstitucionalizar para gobernar
La idea que atraviesa el artículo de Wedel es menos moral que estructural. La corrupción no sería el “precio” de un gobierno, sino un instrumento para modificar reglas de juego: reemplazar procedimientos por lealtades, controles por excepciones, derecho por discrecionalidad. En ese esquema, la administración pública deja de ser un sistema de incentivos y límites y se convierte en una red de intermediación.
La tesis admite discusión —por su generalización y por la dificultad de probar intención—, pero aporta una clave: el modo en que ciertas tecnologías financieras y ciertas reformas administrativas pueden converger en un mismo resultado político. No hace falta que todos los actores compartan un plan; basta con que el sistema premie conductas que erosionan la vigilancia y encarecen el control.
Wedel cierra con una advertencia: si la corrupción se vuelve método, su impacto excede a una presidencia. Afecta la calidad de las instituciones, la credibilidad de las reglas y la capacidad del Estado para sostener un orden basado en normas. En su lectura, allí reside el núcleo del problema: cuando los negocios privados reclaman estatus de virtud pública, la política deja de administrar conflictos y empieza a administrarse a sí misma.











