La Conferencia de Seguridad de Múnich (MSC, por sus siglas en inglés) se consolidó, desde la Guerra Fría, como el foro más visible —y a menudo más franco— para que Europa tome la medida del compromiso estadounidense y del clima estratégico global. No es una cumbre con decisiones vinculantes; su valor reside en otra lógica: concentrar, en pocos días, a jefes de Estado, ministros, mandos militares y líderes empresariales, y convertir sus discursos y reuniones bilaterales en señales que reordenan expectativas sobre defensa, sanciones, asistencia militar y coordinación política.
En 2026, ese “termómetro” volvió a marcar fiebre. El secretario de Estado de EE.UU., Marco Rubio, declaró ante el auditorio que Washington no busca abandonar la alianza transatlántica, en un contexto de dudas europeas sobre la confiabilidad estadounidense. Pero el mensaje, aun en clave conciliadora, evitó definiciones operativas sobre Rusia y sobre la arquitectura formal de seguridad, y enfatizó que Europa debe corregir “errores” de política.
Un foro que Europa usa para medir a Washington
Para las capitales europeas, Múnich es el lugar donde se traduce la retórica en jerarquías: qué amenazas ocupan el centro, qué prioridades quedan relegadas, qué costos se trasladan al aliado. También es el escenario donde se anticipan movimientos internos: debates sobre gasto militar, autonomía estratégica, industria de defensa, seguridad energética y resiliencia tecnológica.
Por eso, cuando en el MSC se instala la idea de “brecha atlántica”, el impacto excede lo diplomático. Se filtra en decisiones presupuestarias, cronogramas de compras de armamento, estrategias regulatorias y en el cálculo político doméstico, en particular en países con coaliciones frágiles o con electorados sensibles al costo fiscal de la defensa.
2026: una mano extendida, con condiciones
Rubio buscó diferenciarse de la confrontación verbal que había caracterizado intervenciones estadounidenses previas en el mismo ámbito. Reuters sintetizó la línea central: mensaje de unidad y continuidad del vínculo, aunque “corto en especificidades”, con omisiones notorias (sin mención explícita a Rusia y sin referencias directas a la OTAN).
Esa combinación —reaseguro político sin hoja de ruta— fue leída en Europa como alivio táctico y, a la vez, como confirmación de que el vínculo dependerá de sintonías más estrechas con la agenda de Washington. Un análisis de Chatham House describió el clima de “incomodidad inmediata” por los límites señalados al apoyo estadounidense a Europa y Ucrania, y destacó que el discurso incluyó críticas a Naciones Unidas y un énfasis en la migración como factor de presión interna sobre las sociedades occidentales.
En paralelo, la cobertura de Axios subrayó el núcleo doctrinario del mensaje: soberanía nacional, interés mutuo y valores civilizatorios, con un foco explícito en la migración como cuestión de seguridad y cohesión social.
Qué ocurrió en 2025: el año en que se rompió la confianza
La referencia a “lo que pasó el año pasado” no es retórica: MSC 2025 quedó instalado como un punto de inflexión psicológico para Europa. En una lectura académica del Belfer Center (Harvard), el encuentro fue vivido como una secuencia de “tres golpes”: primero, declaraciones del secretario de Defensa de EE.UU. que descartaron la membresía de Ucrania en la OTAN como resultado “realista” de una negociación; segundo, señales de que Washington avanzaba en contactos con Moscú sin integrar a los aliados europeos y a Kiev; y tercero, el discurso del vicepresidente JD Vance, que desplazó el foco desde Rusia hacia supuestos problemas internos de Europa, en particular sobre libertad de expresión y política doméstica.
Ese clima derivó en un diagnóstico más profundo: si la discordia transatlántica antes se gestionaba bajo la premisa de valores compartidos, tras Múnich 2025 se instaló la duda sobre si esa base sigue vigente. Esa duda fue, para Europa, el dato estratégico: no se trató solo de Ucrania, sino de la agencia europea para influir en la seguridad del continente.
El significado para Europa: autonomía, gasto y capacidad industrial
Leído en secuencia, Múnich 2025 y 2026 compusieron un mismo mensaje en dos tonos. En 2025, la brusquedad; en 2026, la diplomacia. En ambos casos, el resultado práctico para Europa es similar: acelerar discusiones sobre autonomía estratégica, aumentar capacidades propias y reducir vulnerabilidades —militares, industriales y tecnológicas— frente a un aliado que puede condicionar su apoyo a prioridades políticas internas.
Chatham House resumió el eje del MSC 2026 como “West vs West”: la fisura no se centra solo en amenazas externas, sino en la relación entre EE.UU. y sus socios tradicionales, con incentivos crecientes para que los gobiernos europeos busquen márgenes propios en comercio, defensa y alineamientos.
Un foro sin decisiones, pero con consecuencias
Múnich no firma tratados, pero ordena el tablero. Para Europa, su importancia radica en que condensa —en discursos, gestos y reuniones— la dirección del vínculo con Estados Unidos y la manera en que se define el reparto de responsabilidades: quién paga, quién decide y quién asume el riesgo.
En 2026, Rubio intentó bajar la temperatura sin disipar el trasfondo: la alianza continúa, pero el precio político de sostenerla es más explícito. Y ese dato, para Europa, se traduce en una agenda concreta: capacidades defensivas propias, cohesión interna y un margen mayor para negociar su lugar en un orden internacional cada vez más competitivo.











