jueves, 2 de abril de 2026

    Good show

    Durante la primera semana de mayo, Nueva York volvió a convocar la atención
    de los grandes publicitarios de todo el mundo. Más precisamente, de los
    38 países que enviaron unos 13.000 entries a The One Show, uno
    de los certámenes más prestigiosos y rigurosos de la actividad.
    Sus grandes y pesados lápices de bronce, plata y oro suelen ser tan deseados
    como difíciles de ganar.


    En consonancia con uno de los principales objetivos de la entidad organizadora, The One Club (ver recuadro), la mayor parte de las actividades está dirigida a los estudiantes y recién graduados de las escuelas de publicidad, arte y diseño de todo el país.


    Todo empezó con la exhibición de los portfolios top de las instituciones educativas participantes. En un atardecer frío y lluvioso, las paredes de la sede del Club lucían tapizadas con piezas gráficas llegadas desde San Francisco, Pasadena, Atlanta, Miami, Austin, Richmond y Nueva York, mientras sus jóvenes autores se regodeaban con los comentarios elogiosos que escuchaban tanto de sus pares como de connotados creativos también presentes.

    Esta iniciativa del club funciona como un gran semillero. Como dijo Sally
    Hogshead ­titular de Robaire and Hogshead, una de las más destacadas
    agencias emergentes­, “en pocos años, estos son los creativos que
    ocuparán la mayoría de los libros de premios”. La oradora invitada
    es un buen ejemplo: hace dos años, recién graduada, ganó
    la beca más importante que otorga el Club (la Patrick Kelly); hoy, Dawn
    McCarthy trabaja en Fallon McElligott. En una extensa conversación, McCarthy
    se ocupó de confeccionar una lista de buenos consejos sobre qué
    hacer y qué no en una entrevista de trabajo, con divertidas ilustraciones
    de su autoría. Más allá de los trabajos que finalmente
    acapararon los premios ­todos producidos en la Virginia Commonwealth University,
    de Richmond­, llamaron la atención una pieza de la neoyorquina School
    of Visual Arts para Porsche, que bajo una sugerente imagen del auto decía
    simplemente: “una alternativa al Prozac”; y la de la Miami Ad School para Cliffs
    Notes (cuyo eslogan es “clásicos simplificados”) que, con una trabajada
    estética de cubiertas de libros antiguos, presentó esta serie
    de gráficas: Oedipus y debajo, “¿Mami?”; The Odissey,
    “¿Dónde has estado?”, y Hamlet, “Todos mueren”.

    The One
    Club

    Algo más
    que una vidriera

    “En una
    época había tres asociaciones: The Art Directors Club, el
    Copy Club y el Advertising Club de Nueva York, que durante varios años
    produjeron juntos el One Show, hasta que en 1976 un grupo importante formó
    el One Club for Art and Copy, y registró la marca The One Show”,
    cuenta Mary Warlick, directora ejecutiva de esta entidad desde hace 10
    años.

    En 1995
    crearon el Departamento de Educación, con el objetivo de contribuir
    al desarrollo de las próximas generaciones de profesionales de
    la publicidad. Los programas en curso abarcan becas que se otorgan a estudiantes
    sobresalientes de todo el país, y actividades internas de la institución.
    Entre ellas, las conferencias Gold on Gold ­en las que los
    más prominentes profesionales del sector explican y debaten el
    proceso creativo­, los Portfolio Reviews ­a través de
    los cuales los graduados tienen la oportunidad de mostrar su trabajo a
    los creativos y reclutadores de personal de las agencias y recibir su
    evaluación­, la One Show College Competition ­por la
    que participan de la gran vidriera de los premios más cotizados­
    y exhibiciones de los mejores materiales de todo el mundo.

    El Club
    también edita la revista One, en la que los profesionales
    más afamados describen sus experiencias, explican sus trabajos
    y analizan a fondo el proceso creativo.

    Las actividades
    de la entidad, que tiene su sede en un viejo edificio reciclado situado
    en la frontera del barrio de Chelsea, se solventan con una cuota anual
    que pagan sus más de mil miembros y con la recaudación derivada
    de los entries del certamen The One Show. Según afirmó
    ­e invitó­ Warlick, “las puertas del Club están
    abiertas para todos los creativos del mundo que compartan estos objetivos”.

    Charlas diversas

    La jornada siguiente ofrecía menú para variados gustos. Nuevamente
    en la sede del Club, dos charlas acaparaban el interés de los más
    jóvenes, que ocuparon todas las sillas, el piso y cualquier objeto donde
    pudieran depositarse, para escuchar a una dupla de la talla de Jamie Barrett
    y Neil Powell, de Fallon McElligott ­el redactor estrella Barrett
    acaba de desembarcar allí proveniente de Wieden & Kennedy, donde
    se cansó de ganar leones, clíos, one shows
    y D&AD por sus avisos para Nike.


    Los siguientes expositores, John Butler y Mike Shine, se formaron en otra grande de la costa oeste, Goodby, Siverstein & Partners, hasta que en 1993 fundaron su propia agencia, en un amarradero de Sausalito. Además de su alto nivel creativo, la agencia es reconocida por su variedad de trabajos en materia de diseño, packaging e identidad corporativa.


    Las dos sesiones transcurrieron con un público atento y en un ambiente relajado, donde nadie se privó de preguntar nada. Después, vendrían tres horas de revisión de los portfolios estudiantiles, y la consabida y alentada discusión mano a mano con los creativos top sobre la calificación de los trabajos. Como comentara jocosamente Mikal Reich, de Mad Dogs & Englishmen, quien el año pasado fue uno de los disertantes, “era una experiencia tan increíble hablarle a un grupo de estudiantes que parecían estar pendientes de cada una de mis palabras… Hasta que me di cuenta de que la mayoría sólo estaba esperando que terminara de una vez para mostrarme su book“.

    A las seis de la tarde, en uno de los auditorios del Museo de Radio y Televisión
    ­donde también se proyectaron durante dos días todas las
    piezas finalistas de fílmica­ la cita era con el director de cine
    publicitario Joe Pytca; como decía la invitación, “si usted no
    sabe quién es este sujeto, está en el negocio equivocado”. Sin
    embargo, la concurrencia no fue masiva y, sobre todo, no convocó a demasiados
    jóvenes. Pytca es conocido por sus trabajos (para Nike y Pepsi entre
    tantos otros), su enorme colección de premios internacionales (dimensión
    sólo superada, dicen, por el volumen de su ego) y por su eterna pose
    de divo.

    Desempeño
    argentino

    El diablo metió
    la cola

    En octubre
    del año pasado, merced a un emprendimiento conjunto de Ad Hoc y
    MERCADO, The One Show se presentó por primera vez en la Argentina.
    La exhibición de las piezas ganadoras de esa edición ­que
    se llevó a cabo durante dos días en el Palacio San Miguel­
    terminó de entusiasmar a los creativos locales, quienes ya conocían
    el nivel de excelencia del certamen.

    Este antecedente,
    sumado al hecho de contar con un representante local ­Jorge Martínez­,
    contribuyó a que, para esta ocasión, 22 agencias de primera
    línea inscribieran 228 piezas. Aunque con fe en la calidad de su
    producción, todos eran conscientes de que la magnitud de su deseo
    de alzarse con un galardón era inversamente proporcional a la concreta
    posibilidad de que ello ocurriera.

    La primera
    buena nueva llegó con la confirmación de que seis comerciales
    ­presentados por Agulla & Baccetti, Grey Argentina, Rainuzzo
    DDB, VegaOlmosPonce y Young & Rubicam­ habían logrado
    constituirse en finalistas, algo de por sí importante, habida cuenta
    de las características de la competencia y el conocido rigor del
    jurado.

    Finalmente,
    la gran alegría se concretó cuando el aviso de Agulla &
    Baccetti para el Renault Clío ­conocido como “Pacto” o “Diablo”­
    ganó el Plata en el rubro “comerciales televisivos en lengua extranjera”,
    que abarca la producción de todos los países no angloparlantes.
    El valor del premio es aún mayor si se tiene en cuenta que en ese
    rubro no hubo ni Oro ni Bronce. Por otra parte, los méritos de
    la pieza ­que ya ganó en el Círculo de Creativos, el
    Clío, el Fiap y el Lápiz de Platino­ son, a esta altura,
    indiscutibles: una buena idea, impecable realización, el desempeño
    de un actor de los quilates de Eusebio Poncela, configuran un cóctel
    que cautivó los paladares de jurados de máximo nivel. Y,
    en este caso, insospechables de estar involucrados en ninguna minúscula
    rencilla doméstica.

    Arriba el telón

    Por fin, cuando caía la tarde del 6 de mayo, el Alice Tully Hall, en
    el Lincoln Center, comenzó a albergar a la flor y nata del mundillo
    publicitario; prácticamente todos los popes locales y muchos nombres
    fulgurantes de Europa y del sudeste asiático se codeaban ­literalmente­
    en el enorme y abarrotado auditorio. A las ocho en punto se abrieron las puertas,
    y comenzó el show.


    Una excelente escenografía reproducía los clásicos autocines de los ´50 y ´60, frente a una enorme pantalla en la que se exhibieron escenas de películas como Rebelde sin causa, El satánico Dr. No, y El salvaje, entre otros hits de esas épocas. El leit motif era, precisamente, la vigencia de los clásicos. “The One Show quiere retrotraerlos a un nostálgico tiempo en que el automóvil era rey, Elvis era el Rey, y los autocines eran… bueno, lo que ustedes ya saben”, dijo el anfitrión de la noche, Nick Clooney, un veterano hombre de la radio y la televisión estadounidense quien, con jocosa resignación, se presentó a sí mismo como “el padre de George Clooney”, uno de los actores de moda.


    Por fin, la gran pantalla empezó a mostrar los avisos premiados, que eran los protagonistas excluyentes de la ceremonia, ya que la entrega de los lápices se hacía rápida y discretamente en un rincón del escenario.


    Y aquí cabe aclarar por qué estos galardones resultan tan difíciles de obtener: los rubros no se dividen por categoría de producto, sino por la extensión de los comerciales, tanto en gráfica como en televisión. De ahí que se trate de una feroz batalla de todos contra todos, y haya muy pocos bronces, oros y platas para repartir. Asimismo, hay un solo grand prix ­el Best of Show­, que puede ir a cualquiera de los medios. Esto, sin contar que el jurado ­compuesto por 19 miembros, entre los que había este año figuras de la talla de John Hegarty (Bartle Bogle Hegarty), Kara Goodrich (Fallon McElligott) y Arthur Bijur (Cliff Freeman & Partners)­ no suele caracterizarse por su prodigalidad a la hora de evaluar, como lo demostraron los varios premios vacantes.


    En gráfica, el nivel medio no fue sobresaliente. La excepción fue, sin duda, la excelente campaña de Mullen/ Wenham para Swiss Army. La vía pública brilló con el inagotable talento de David Abbot y uno de sus clásicos avisos para The Economist, y la campaña de BMP DDB/Londres para Volkswagen. Por cierto, cuando Abbot subió al escenario, el termómetro de los aplausos estuvo a punto de estallar, y muchos de los presentes debieron refrenar el evidente impulso de ponerse de pie para ovacionarlo.


    Los premios para los comerciales televisivos fueron prácticamente acaparados por Wieden & Kennedy por sus trabajos para Nike ­esta vez protagonizados por gente común y corriente, marcados por un humor lanzado y con nuevo eslogan: ¿Para qué te estás preparando?­ y por la cerveza Miller, y Cliff Freeman & Parners, con su extraordinaria campaña para FoxSports.com que, además de los oros, se alzó con el Best of Show. Los tres avisos que la integran comienzan induciendo al público a creer que está frente a un típico mensaje de bien público, para pegar una sorpresiva vuelta de tuerca, desbordante de un impiadoso humor negro, que hace pensar que el corset del mandato ­algunas veces hipócrita­ de lo políticamente correcto ha sido finalmente archivado en aras de la inimputabilidad de la risa.

    La gala concluyó llena de rostros satisfechos y ­mientras los
    más entusiastas enfilaban hacia la fiesta que haría rebasar un
    local de moda en Chelsea hasta la madrugada­ los organizadores, exhaustos
    pero con la satisfacción del deber cumplido, acordaban una cita para
    el día siguiente en la sede del club. La máquina volvía
    a ponerse en marcha.