viernes, 23 de enero de 2026

La era de las reglas globales terminó, empieza la era de la coerción

El primer ministro de Canadá eligió el Foro de Davos para plantear un diagnóstico sin eufemismos: el orden internacional que organizó el comercio y la seguridad desde la posguerra pierde eficacia. En su lugar, se expande un tablero de rivalidades, sanciones y aranceles, donde las potencias medias buscan margen de maniobra sin romper con sus valores.

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El discurso de Mark Carney en Davos 2026 no fue una pieza protocolar. Fue una definición estratégica: la política internacional volvió a condicionar la economía, y la economía pasó a funcionar como instrumento de presión. En su intervención en el World Economic Forum, el primer ministro sostuvo que el “orden basado en reglas” dejó de operar como seguro colectivo y que el mundo atraviesa una ruptura que obliga a revisar supuestos de las últimas décadas. 

El contexto explica el tono. La edición 2026 del foro se desarrolla bajo el lema “A Spirit of Dialogue”, pero la agenda real se mueve entre tensiones comerciales, disputas de soberanía y reconfiguración de alianzas.  En paralelo, el propio World Economic Forum advierte que la incertidumbre domina el horizonte de riesgos y expectativas para los próximos años, con deterioro de la percepción global en el corto y el largo plazo. 

Un discurso para un mundo que volvió a “fragmentarse”

Carney organizó su mensaje alrededor de una idea central: la estabilidad no se deriva automáticamente de la geografía ni de pertenecer a alianzas históricas. En su lectura, la seguridad y la prosperidad dependen cada vez más de la capacidad de construir coaliciones flexibles, sostener autonomía estratégica y proteger reglas mínimas frente a la política de hechos consumados. 

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El telón de fondo inmediato fue la escalada de tensiones entre Washington y varios aliados, con amenazas arancelarias y controversias vinculadas a Groenlandia. En Davos, Carney expresó el rechazo de Canadá a ese tipo de medidas y respaldó la soberanía danesa, en un momento en que el comercio y la seguridad del Ártico aparecen crecientemente entrelazados. 

El punto no es solo diplomático. En un mundo donde la potencia dominante usa tarifas, controles tecnológicos y sanciones con lógica de negociación, las cadenas de valor se reordenan con criterios de seguridad. La economía deja de optimizar eficiencia y vuelve a priorizar redundancia, cercanía, “amigos” y capacidades domésticas.

Economía como arma: aranceles, finanzas y tecnología

El énfasis de Carney sobre la coerción económica se conecta con una transformación visible: las herramientas que antes se trataban como excepcionales —sanciones financieras, restricciones de exportación, vetos tecnológicos, listas negras— pasan a ocupar el centro del tablero. El resultado no es un desacople total, sino un sistema de fricciones permanentes.

En ese marco, la discusión de Davos se desplaza de la “globalización” a la “resiliencia”: qué sectores se consideran críticos, qué insumos se aseguran, qué mercados se diversifican y qué riesgos se aceptan. Canadá aparece como un caso de manual por su exposición a comercio y energía, y por su lugar en la geopolítica del Ártico.

El propio Carney presentó una fórmula: ser “principled and pragmatic” (principios y pragmatismo), con compromiso explícito con soberanía, integridad territorial y derechos, pero con realismo sobre intereses divergentes y acuerdos parciales.  En ese equilibrio se juega la nueva diplomacia económica: acuerdos por tema, por región y por ventana temporal.

Las potencias medias y la “geometría variable”

Uno de los aportes más nítidos del discurso fue el lugar asignado a las potencias medias. No se trata de competir por hegemonía, sino de reducir vulnerabilidades y aumentar poder de negociación mediante cooperación selectiva. En términos prácticos, eso supone coordinar posiciones sobre estándares tecnológicos, reglas de inversión, infraestructura crítica y defensa comercial.

El concepto de “geometría variable” —coaliciones que cambian según el objetivo— tiene implicancias para empresas y mercados. Las multinacionales enfrentan más requisitos de origen, más auditoría de proveedores y más incertidumbre regulatoria. Los países, por su parte, vuelven a pensar en política industrial, minerales críticos, energía y soberanía digital.

En Davos, el diagnóstico se mezcló con decisiones concretas. Carney aludió a la necesidad de sostener alianzas con “países afines”, mientras reconoce que la interdependencia obliga a administrar vínculos complejos, incluida la relación con China en áreas acotadas y con parámetros definidos. 

Davos 2026: diálogo como eslogan, rivalidad como realidad

La escena de Davos subraya la tensión entre el discurso de cooperación y la dinámica de fragmentación. El foro reúne líderes políticos, empresariales y sociales en un intento de recomponer consensos, pero lo hace en un ciclo donde la previsibilidad cae y el margen de error se reduce. 

La referencia de Carney a una “ruptura” apunta a algo más profundo que una crisis coyuntural. Es un cambio de régimen: menos confianza en instituciones multilaterales, más negociación bilateral; menos reglas estables, más excepciones; menos comercio como integración, más comercio como palanca. 

Este giro tiene un impacto económico directo. Aumenta la volatilidad de costos, reabre la discusión sobre inflación importada en determinados sectores, eleva el “premio” por riesgo político y encarece el financiamiento de proyectos que dependen de cadenas globales largas. Para las economías abiertas, el desafío es doble: mantener acceso a mercados y, al mismo tiempo, reducir dependencia estratégica.

Qué deja el discurso: un manual de supervivencia para 2026

El mensaje de Carney funciona como un marco para leer la economía internacional que viene. Primero, el mundo no regresa a una normalidad anterior: la incertidumbre pasa a ser una condición estructural, no un episodio. 

Segundo, la frontera entre política exterior y política económica se desdibuja: comercio, energía, datos y defensa se articulan en una misma matriz. Tercero, las potencias medias intentan evitar quedar atrapadas entre bloques, pero el margen se obtiene con coordinación, no con aislamiento.

Finalmente, el discurso sugiere un cambio de mentalidad: ya no alcanza con “cumplir” para estar a salvo. En un tablero de presiones, la estabilidad se construye con capacidades propias, diversificación de vínculos y reglas claras sobre qué se negocia y qué no.

 

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