miércoles, 21 de enero de 2026

“Con principios y pragmatismo: el camino de Canadá”

Transcripción del discurso del primer ministro de Canadá Mark Carney a la Reunión Anual del Foro Económico Mundial, el 20 de enero de 2026.

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Gracias, Larry. 

Es un placer —y un deber— estar con ustedes en este punto de inflexión para Canadá y para el mundo. 

Hoy hablaré de la ruptura del orden mundial, del final de una historia amable y del comienzo de una realidad brutal en la que la geopolítica entre las grandes potencias no está sujeta a ninguna restricción. 

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Pero también sostengo que otros países, en particular las potencias medias como Canadá, no están indefensos. Tienen la capacidad de construir un nuevo orden que encarne nuestros valores, como el respeto por los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los Estados. 

El poder de los menos poderosos empieza por la honestidad. 

Cada día se nos recuerda que vivimos en una era de rivalidad entre grandes potencias. Que el orden basado en reglas se está desvaneciendo. Que los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben. 

Este aforismo de Tucídides se presenta como inevitable: la lógica natural de las relaciones internacionales reafirmándose. Y frente a esa lógica, existe una fuerte tendencia de los países a seguir la corriente para “encajar”. A acomodarse. A evitar problemas. A esperar que el acatamiento compre seguridad. 

No lo hará. 

Entonces, ¿cuáles son nuestras opciones? 

En 1978, el disidente checo Václav Havel escribió un ensayo titulado El poder de los sin poder. En él, formuló una pregunta sencilla: ¿cómo se sostenía el sistema comunista? 

Su respuesta comenzaba con un verdulero. Cada mañana, ese comerciante coloca un cartel en su vidriera: “¡Trabajadores del mundo, uníos!”. No lo cree. Nadie lo cree. Pero igual coloca el cartel: para evitar problemas, para señalar conformidad, para llevarse bien. Y porque cada comerciante de cada calle hace lo mismo, el sistema persiste. 

No solo por la violencia, sino por la participación de la gente común en rituales que, en privado, sabe que son falsos. 

Havel llamó a esto “vivir dentro de una mentira”. El poder del sistema no proviene de su verdad, sino de la disposición de todos a actuar como si fuera verdad. Y su fragilidad proviene de la misma fuente: cuando aunque sea una persona deja de actuar —cuando el verdulero retira su cartel— la ilusión empieza a resquebrajarse. 

Ha llegado el momento de que empresas y países retiren sus carteles. 

Durante décadas, países como Canadá prosperaron bajo lo que llamábamos el orden internacional basado en reglas. Nos sumamos a sus instituciones, elogiamos sus principios y nos beneficiamos de su previsibilidad. Pudimos impulsar políticas exteriores guiadas por valores bajo su amparo. 

Sabíamos que la historia del orden internacional basado en reglas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximían cuando les convenía. Que las reglas comerciales se aplicaban de manera asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con distinto rigor según la identidad del acusado o de la víctima. 

Esa ficción era útil y, en particular, la hegemonía estadounidense ayudó a proveer bienes públicos: rutas marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a marcos para resolver disputas. 

Así, colocamos el cartel en la vidriera. Participamos de los rituales. Y, en gran medida, evitamos señalar las brechas entre la retórica y la realidad. 

Ese acuerdo ya no funciona. 

Permítanme ser directo: estamos en medio de una ruptura, no de una transición. 

En las últimas dos décadas, una serie de crisis en las finanzas, la salud, la energía y la geopolítica dejó al descubierto los riesgos de una integración global extrema. 

Más recientemente, las grandes potencias comenzaron a usar la integración económica como arma. Aranceles como palanca. Infraestructura financiera como coerción. Cadenas de suministro como vulnerabilidades para explotar. 

No se puede “vivir dentro de la mentira” del beneficio mutuo mediante la integración cuando la integración se convierte en la fuente de la subordinación. 

Las instituciones multilaterales en las que las potencias medias se apoyaban —la OMC, la ONU, la COP: la arquitectura de la solución colectiva de problemas— están muy debilitadas. 

Como resultado, muchos países llegan a las mismas conclusiones. Deben desarrollar una mayor autonomía estratégica: en energía, alimentos, minerales críticos, finanzas y cadenas de suministro. 

Ese impulso es comprensible. Un país que no puede alimentarse, abastecerse de energía o defenderse tiene pocas opciones. Cuando las reglas ya no lo protegen, debe protegerse a sí mismo. 

Pero conviene mirar con claridad hacia dónde conduce esto. Un mundo de fortalezas será más pobre, más frágil y menos sostenible. 

Y hay otra verdad: si las grandes potencias abandonan incluso la apariencia de reglas y valores para perseguir sin trabas su poder e intereses, las ganancias del “transaccionalismo” se vuelven más difíciles de replicar. Los hegemones no pueden monetizar continuamente sus relaciones. 

Los aliados diversificarán para cubrirse frente a la incertidumbre. Comprarán seguro. Aumentarán opciones. Eso reconstruye soberanía: una soberanía que antes se asentaba en reglas, pero que cada vez más se anclará en la capacidad de resistir presión. 

Como dije, esa gestión clásica del riesgo tiene un costo, pero ese costo de la autonomía estratégica, de la soberanía, también puede compartirse. Las inversiones colectivas en resiliencia son más baratas que construir cada uno su propia fortaleza. Los estándares compartidos reducen la fragmentación. Las complementariedades son de suma positiva. 

La pregunta para las potencias medias, como Canadá, no es si deben adaptarse a esta nueva realidad. Debemos hacerlo. La pregunta es si nos adaptamos simplemente levantando muros más altos, o si podemos hacer algo más ambicioso. 

Canadá fue de los primeros en recibir el llamado de atención, lo que nos llevó a cambiar de manera fundamental nuestra postura estratégica. 

Los canadienses saben que la antigua y cómoda suposición de que nuestra geografía y nuestras membresías en alianzas conferían automáticamente prosperidad y seguridad ya no es válida. 

Nuestro nuevo enfoque se apoya en lo que Alexander Stubb ha denominado “realismo basado en valores”; dicho de otro modo, aspiramos a ser principistas y pragmáticos. 

Con principios en nuestro compromiso con valores fundamentales: soberanía e integridad territorial, la prohibición del uso de la fuerza salvo cuando sea conforme a la Carta de la ONU, respeto por los derechos humanos. 

Pragmáticos al reconocer que el progreso suele ser incremental, que los intereses divergen, que no todos los socios comparten nuestros valores. Nos vinculamos de manera amplia y estratégica, con los ojos abiertos. Enfrentamos activamente al mundo tal como es, no esperamos un mundo como quisiéramos que fuera. 

Canadá está calibrando sus relaciones para que su profundidad refleje nuestros valores. Priorizamos una participación amplia para maximizar nuestra influencia, dada la fluidez del orden mundial, los riesgos que ello implica y lo que está en juego para lo que viene. 

Ya no nos apoyamos solo en la fuerza de nuestros valores, sino también en el valor de nuestra fortaleza. 

Estamos construyendo esa fortaleza en el país. 

Desde que mi gobierno asumió, hemos reducido impuestos sobre ingresos, ganancias de capital e inversión empresarial; hemos eliminado todas las barreras federales al comercio interprovincial; y estamos acelerando un billón de dólares de inversión en energía, IA, minerales críticos, nuevos corredores comerciales y más. 

Estamos duplicando el gasto en defensa para 2030, y lo hacemos de manera que fortalezca nuestras industrias nacionales. 

Estamos diversificándonos rápidamente en el exterior. Hemos acordado una asociación estratégica integral con la Unión Europea, que incluye la adhesión a SAFE, los acuerdos europeos de adquisición de defensa. 

Hemos firmado otros doce acuerdos comerciales y de seguridad en cuatro continentes en los últimos seis meses. 

En los últimos días, hemos concluido nuevas asociaciones estratégicas con China y Qatar. 

Estamos negociando pactos de libre comercio con India, ASEAN, Tailandia, Filipinas y Mercosur. 

Para ayudar a resolver problemas globales, impulsamos una geometría variable: distintas coaliciones para distintos temas, basadas en valores e intereses. 

En Ucrania, somos un miembro central de la Coalición de los Dispuestos y uno de los mayores aportantes per cápita a su defensa y seguridad. 

En soberanía del Ártico, nos mantenemos firmes junto a Groenlandia y Dinamarca y apoyamos plenamente su derecho único a determinar el futuro de Groenlandia. Nuestro compromiso con el Artículo 5 es inquebrantable. 

Trabajamos con nuestros aliados de la OTAN (incluidos los Nórdicos y Bálticos 8) para reforzar los flancos norte y oeste de la alianza, entre otras medidas, mediante inversiones sin precedentes de Canadá en radares de alcance más allá del horizonte, submarinos, aeronaves y presencia terrestre. Canadá se opone firmemente a los aranceles vinculados a Groenlandia y pide conversaciones focalizadas para alcanzar objetivos compartidos de seguridad y prosperidad para el Ártico. 

En comercio plurilateral, impulsamos esfuerzos para tender un puente entre el Acuerdo de Asociación Transpacífico y la Unión Europea, creando un nuevo bloque comercial de 1.500 millones de personas. 

En minerales críticos, estamos formando clubes de compradores anclados en el G7 para que el mundo pueda diversificarse frente a una oferta concentrada. 

En IA, cooperamos con democracias afines para garantizar que, en última instancia, no se nos obligue a elegir entre hegemones e hyperscalers (hiperescaladores). 

Esto no es multilateralismo ingenuo. Tampoco es depender de instituciones debilitadas. Es construir las coaliciones que funcionan, tema por tema, con socios que comparten suficiente terreno común para actuar juntos. En algunos casos, eso abarcará a la gran mayoría de las naciones. 

Y es crear una densa red de vínculos en comercio, inversión y cultura, de la que podamos valernos ante desafíos y oportunidades futuras. 

Las potencias medias deben actuar juntas porque, si no se está en la mesa, se está en el menú. 

Las grandes potencias pueden permitirse actuar solas. Tienen tamaño de mercado, capacidad militar y palancas para imponer condiciones. Las potencias medias no. Pero cuando solo negociamos bilateralmente con un hegemón, negociamos desde la debilidad. Aceptamos lo que se nos ofrece. Competimos entre nosotros por ser los más complacientes. 

Eso no es soberanía. Es representar soberanía mientras se acepta la subordinación. 

En un mundo de rivalidad entre grandes potencias, los países intermedios tienen una opción: competir entre sí por el favor o unirse para crear una tercera vía con impacto. 

No deberíamos permitir que el ascenso del poder duro nos ciegue ante el hecho de que el poder de la legitimidad, la integridad y las reglas seguirá siendo fuerte, si elegimos ejercerlo juntos. 

Lo que me devuelve a Havel. 

¿Qué significaría para las potencias medias “vivir en la verdad”? 

Significa nombrar la realidad. Dejar de invocar el “orden internacional basado en reglas” como si aún funcionara como se anunciaba. Llamar al sistema por lo que es: un período de intensificación de la rivalidad entre grandes potencias, en el que los más poderosos persiguen sus intereses usando la integración económica como arma de coerción. 

Significa actuar con coherencia. Aplicar los mismos estándares a aliados y rivales. Cuando las potencias medias critican la intimidación económica desde una dirección pero guardan silencio cuando proviene de otra, seguimos dejando el cartel en la vidriera. 

Significa construir aquello en lo que decimos creer. En lugar de esperar el restablecimiento del viejo orden, crear instituciones y acuerdos que funcionen tal como se describen. 

Y significa reducir la palanca que habilita la coerción. Construir una economía doméstica sólida siempre debería ser la prioridad de todo gobierno. Diversificar internacionalmente no es solo prudencia económica; es el fundamento material de una política exterior honesta. Los países se ganan el derecho a posiciones de principios al reducir su vulnerabilidad a represalias. 

Canadá tiene lo que el mundo quiere. Somos una potencia energética. Poseemos vastas reservas de minerales críticos. Tenemos la población más educada del mundo. Nuestros fondos de pensión están entre los mayores y más sofisticados inversores del planeta. Contamos con capital, talento y un gobierno con una enorme capacidad fiscal para actuar con decisión. 

Y tenemos valores a los que muchos otros aspiran. 

Canadá es una sociedad pluralista que funciona. Nuestro espacio público es ruidoso, diverso y libre. Los canadienses siguen comprometidos con la sostenibilidad. 

Somos un socio estable y confiable —en un mundo que no lo es—, un socio que construye y valora relaciones de largo plazo. 

Canadá tiene algo más: el reconocimiento de lo que está ocurriendo y la determinación de actuar en consecuencia. 

Entendemos que esta ruptura exige algo más que adaptación. Exige honestidad sobre el mundo tal como es. 

Estamos retirando el cartel de la vidriera. 

El viejo orden no volverá. No deberíamos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia. 

Pero, a partir de la fractura, podemos construir algo mejor, más fuerte y más justo. 

Esta es la tarea de las potencias medias, que tienen más que perder en un mundo de fortalezas y más que ganar en un mundo de cooperación genuina. 

Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, nombrar la realidad, construir fortaleza en casa y actuar juntos. 

Ese es el camino de Canadá. Lo elegimos abiertamente y con confianza. 

Y es un camino amplio, abierto a cualquier país dispuesto a recorrerlo con nosotros. 

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