El mundo ingresa a 2026 “en un precipicio”, con guerras activas y un giro hacia herramientas económicas para obtener ventaja estratégica. En ese marco, el WEF define un “age of competition”: la cooperación se vuelve más difícil, y la confianza pierde valor como insumo para acuerdos.
La base empírica es la Global Risks Perception Survey (GRPS) 2025-2026, con más de 1.300 expertos a nivel global, y un recorte temporal que separa tres horizontes: 2026, 2028 y 2036.
En ese diagnóstico, el corto plazo se organiza alrededor de dos fuerzas: rivalidad geopolítica y disputa geoeconómica. A diferencia de informes previos donde el clima dominaba la conversación inmediata, en 2026 la agenda de seguridad y de restricciones económicas toma el centro del escenario.
Geoeconomía como arma
La “confrontación geoeconómica” aparece como el principal riesgo de crisis material global en 2026 (18% de las respuestas), seguida por el conflicto armado entre Estados (14%). En términos operativos, el concepto remite a sanciones, controles de exportación, restricciones de inversión, subsidios selectivos, uso de monedas y sistemas de pagos como palanca, y reconfiguración de cadenas de abastecimiento bajo lógica de bloques.
El top 10 de riesgos para 2026 completa un retrato de tensión sistémica: eventos climáticos extremos (8%), polarización social (7%), desinformación (7%), recesión (5%), erosión de derechos y libertades cívicas (4%), resultados adversos de tecnologías de IA (4%), inseguridad cibernética (3%) y desigualdad (3%).
El informe también registra un cambio de clima en el ánimo de los decisores: 50% prevé un escenario “turbulento” o “tormentoso” a dos años, proporción que sube a 57% en el horizonte de diez años; apenas 1% anticipa un contexto “calmo”.
Tecnología y desinformación
El WEF marca un “repunte” de preocupaciones tecnológicas al entrar a 2026. La desinformación figura dentro del top 5 y se incorporan dos entradas nuevas al top 10: resultados adversos de tecnologías de IA y riesgos cibernéticos. El punto no es solo reputacional: en un entorno de polarización, la manipulación informativa puede acelerar reacciones sociales, decisiones regulatorias y shocks de mercado.
En paralelo, el reporte describe instituciones “bloqueadas o ineficaces” para procesar turbulencias, con lo cual la gobernanza tecnológica se vuelve más fragmentada. En el tramo final del documento, se plantea la necesidad de coordinar estándares mínimos de seguridad, transparencia y despliegue ético, especialmente en usos militares, biometría y sistemas de decisión a gran escala.
La otra cara de este proceso es el costo corporativo: más cumplimiento normativo, más auditoría de datos y proveedores, y más exigencia de trazabilidad en software, chips, nube y telecomunicaciones. En un mundo donde “tecnología” también es política industrial, el riesgo de interrupciones por licencias, listas de entidades o vetos se incorpora al tablero de planificación.
2028: riesgos que se acumulan
Al proyectar el horizonte a 2028, el informe sostiene que los riesgos se “componen”: la confrontación geoeconómica no queda circunscripta a 2026, sino que se mantiene como principal riesgo a dos años.
En ese escenario, el top 10 para 2028 se completa con desinformación, polarización social, contaminación, eventos climáticos extremos, conflicto armado entre Estados, inseguridad cibernética, erosión de derechos y libertades cívicas, migración o desplazamiento involuntario y desigualdad.
El orden del listado sugiere un mecanismo recurrente: un shock geopolítico o de comercio exterior tiende a amplificarse en el frente doméstico (polarización, derechos) y en el tecnológico (desinformación, ciberataques), con derivaciones sobre flujos migratorios. Para empresas con exposición internacional, el riesgo ya no es un evento único, sino un encadenamiento de decisiones y reacciones.
2036: el clima vuelve al centro
La mirada a 2036 cambia el eje. El WEF ubica a los eventos climáticos extremos como el riesgo más severo a 10 años, seguido por pérdida de biodiversidad y colapso de ecosistemas, y por cambios críticos en los sistemas terrestres. El top 10 incluye, además, escasez de recursos naturales, contaminación, inseguridad cibernética, desigualdad, polarización social, desinformación y resultados adversos de tecnologías de IA.
En otras palabras: la geoeconomía domina el corto plazo, pero el informe sostiene que el “peso” del clima y de los sistemas naturales se vuelve determinante en el largo plazo. De hecho, la confrontación geoeconómica mejora su posición relativa a diez años y cae a lugares secundarios del ranking de severidad.
Un matiz relevante aparece en la comparación con el año anterior: en 2026 los riesgos ambientales pierden participación en las nominaciones de corto plazo. Los eventos climáticos extremos bajan del puesto 2 al 3, con una caída de seis puntos porcentuales en menciones, y el “cambio crítico de sistemas terrestres” desciende del 7 al 13. El informe no plantea una mejora objetiva del clima, sino un desplazamiento de prioridades hacia la urgencia geopolítica y económica.
Lo que cambia para empresas e inversores
El mapa del WEF funciona como una guía de stress test. En 2026, la variable clave es la geoeconomía: costos de financiamiento, acceso a insumos, licencias, mercados y rutas logísticas pueden cambiar por decisiones políticas. El documento menciona, además, preocupaciones por recesión, inflación y burbujas de activos, en un contexto de alta deuda y mercados volátiles.
La recomendación implícita es abandonar la idea de un “escenario base” único. En una economía internacional fragmentada, el planeamiento tiende a organizarse por contingencias: dobles abastecimientos, coberturas financieras, auditoría de terceros, y capacidades de respuesta cibernética y comunicacional. En ese marco, la desinformación deja de ser un tema de redes sociales y pasa a ser un riesgo operativo.
El reporte, además, dedica un capítulo completo a seis análisis de profundidad que funcionan como agenda de 2026: cambio estructural, multipolaridad sin multilateralismo, conflicto de valores, ajuste económico, infraestructura en riesgo y saltos cuánticos, además del bloque sobre IA. El foco es menos el “cisne negro” y más la persistencia de fricciones que erosionan la coordinación global.
Para América Latina, la lectura práctica es doble. Por un lado, sube el costo de transaccionar con el mundo: compliance, financiamiento y logística. Por el otro, la región queda más expuesta a volatilidad externa (términos de intercambio, flujos de capital) y a shocks climáticos, que el propio informe vuelve a ubicar como dominantes en el horizonte de diez años.
En suma, el WEF describe una década que se parte en dos: el corto plazo, marcado por competencia estratégica y herramientas económicas; y el largo plazo, dominado por límites ambientales y riesgos tecnológicos que se vuelven estructurales. La incógnita ya no es si habrá turbulencia, sino qué combinación de riesgos se activará primero y qué tan rápido se propagará.












