domingo, 12 de abril de 2026

    Razones y efectos de un éxodo fatal

    El ambiente climatizado del recinto ayudaba a disimular el pegajoso calor húmedo del verano porteño cuando, en la tarde de un viernes de febrero, el socio de una conocida sociedad de Bolsa se acomodó en un costado de la sala para presenciar con desánimo una escena repetida.


    El Mercado de Valores (Merval) había llamado otra vez a plaza tratando de dar con posibles interesados en adquirir dos de sus 250 acciones. Cada una de ellas implica una habilitación para que hasta dos operadores por firma hagan negocios desde el piso de la Bolsa porteña. Se trata de la misma licencia por la que siete años atrás el Banco Provincia desembolsó la friolera de US$ 2,1 millones.


    Era la tercera vez en la semana, con resultado previsible. El traspaso se completó en cuestión de minutos, cuando las autoridades del Merval, ante la ausencia de interesados, salieron al rescate de ambas acciones, por las que pagaron US$ 297.000, un valor 40% inferior a los más de US$ 400.000 que figuran en libros e igual al que esos papeles costaban en febrero de 1991.


    Esa tarde, como había ocurrido sólo 48 horas antes, cuando se habían subastado otras tres acciones, tampoco hubo siquiera un atisbo de puja. Y nadie se sorprendió por eso. No era para menos: el mismo trámite se repite desde hace 18 meses, cuando, en medio de una crisis de precios y volúmenes a raíz de los episodios de turbulencia financiera internacional, el Merval decidió crear un fondo para recomprar sus acciones, en un intento por dar garantía a los agentes de que tendrían una puerta de salida si la creían necesaria. El problema es que, desde entonces, 18 operadores echaron mano a ese recurso y se asegura que otros tantos lo habrían hecho si no hubiera caído tanto el valor de la acción.


    Algunos vendieron porque creen que el mercado no tiene futuro y estiman que no tiene sentido seguir operando aquí “cuando los negocios emigran a Wall Street”, como explica un broker de la sociedad de bolsa Raymond James. Otros, simplemente, lo hicieron porque están achicando sus posiciones, siguiendo la contracción del mercado. “Son bancos o agentes que tenían más de una acción y, frente a la progresiva baja de los volúmenes operados y a la presunción de que se achatarán más por el éxodo de cotizantes, deciden ajustar su estructura a esta realidad del mercado”, indica Luis Corsiglia, un experimentado agente, titular de la casa de bolsa homónima.


    Después del boom


    En el medio quedaron nueve años de empate forzado con el dólar, traspaso masivo de empresas públicas a manos privadas y privatización del sistema jubilatorio (con el objetivo explícito de fortalecer el ahorro privado y crear un mercado local de capitales). También algunos años de promocionado boom bursátil, presentado entonces como parte de un capitalismo popular de mercado, lo que a esta altura puede sonar irónico.


    Lo cierto es que las empresas que necesitan capitales ya ni siquiera analizan recurrir a la bolsa local para obtenerlo. En todo caso, algunas se mantienen operando marginalmente aquí por razones políticas. El resto ya eligió una nueva meca: Nueva York.


    Ejemplos sobran: basta repasar lo que han hecho recientemente la tecnológica Impsat o el portal de Internet El Sitio, que optaron por recalar directamente en el Nasdaq. A juzgar por lo ocurrido en febrero pasado, no se equivocaron: allí negociaron por US$ 1.200 millones, 25% más que los US$ 892 millones que se transaron durante todo el mes de enero en el recinto porteño.


    Con esos antecedentes se entiende por qué Coto estudia desembarcar en Wall Street, como lo hizo el 26 de enero pasado PC Holdings, el grupo que surgió de la reestructuración de Perez Companc, en busca de los US$ 2.000 millones que necesita para reconvertise y que le sería imposible captar en Buenos Aires, como reconoció su CEO, Oscar Vicente.


    ¿Qué sucedió en el medio? Las respuestas son muchas y variadas. En parte tienen que ver con una historia de enfrentamientos y mezquindades. También con una sorprendente incapacidad de los actores para interpretar los cambios de la economía y adaptarse a ellos, así como con la despreocupación que mostraron las autoridades sobre la suerte del mercado.


    Las desconfianzas cruzadas


    Algunas de esas respuestas pueden rastrearse en aquella penúltima semana de febrero. De las cinco licencias vendidas, tres correspondieron a bancos (el Francés, el Mariva y otra entidad extranjera cuyo nombre no trascendió). La movida fue la demostración de que algo estaba ocurriendo: los bancos que operan en el recinto y controlan el Mercado Abierto Electrónico (MAE) ­el escenario en el que, tras un acuerdo en 1994, se transan títulos públicos­ habían aprobado un plan de choque contra las autoridades de la Bolsa, encabezadas por Juan Bautista Peña.


    Al presidente de la Bolsa ­que no atendió a MERCADO para esta nota­ lo culpan de bloquear la puesta en marcha de Argenclear, una cámara de clearing creada entonces por los banqueros, pero que jamás logró ponerse en funcionamiento “porque la Bolsa teme perder el control de la otra cámara compensadora, la Caja de Valores, que hasta aquí mantiene el monopolio del registro y la liquidación de las operaciones”, explica un banquero.


    El plan consistía en comprarle al Merval su 40% de participación en Argenclear (el otro 60% es de los bancos) para dar un portazo, dejar la esquina de 25 de Mayo y Sarmiento, y armar una bolsa paralela. La opción B ya había sido negociada con las autoridades monetarias: en la presunción de que el Merval no aceptaría, los bancos se habían asegurado un guiño del Banco Central para usar a Cryll, la cámara compensadora que funciona en el interior de esa entidad. Pero el conflicto se hizo público y el gobierno inició una mediación entre todos los involucrados.


    La historia de las peleas de los bancos con Peña se remontan al momento en que el veterano dirigente ganó las elecciones en la Bolsa porteña y decidió remover a los representantes de esa institución en la Caja de Valores. Con esa jugada truncó el acuerdo de complementación que la Caja estaba por suscribir con Argenclear y activó el enojo de los banqueros.


    En enero ese enojo se transformó en ira, cuando una carta fijando la posición de la Bolsa sobre el proyecto de ley para combatir el lavado de dinero, suscripta por Peña y José Cirillo ­secretario de la Bolsa y dirigente de confianza de Mauricio Macri en Boca­, llegó a manos del vicepresidente Carlos Chacho Alvarez. En ella daban su apoyo a la iniciativa en discusión y cargaban contra los bancos, sembrando sospechas sobre los crecientes negocios y los menores controles con que se negocia en el MAE.


    Desde entonces, los bancos juraron vendetta. “No podemos seguir invirtiendo en la Bolsa sin garantías”, dicen que se quejó Luis Ribaya, representante de los bancos, en la primera reunión con el gobierno. Se refería al sistema electoral de la Bolsa, que todos los años renueva parte de sus autoridades, lo que dificulta negociar con ellas. Ribaya fue más allá y pidió que el gobierno ayude a transformar la estructura societaria de la Bolsa de una sociedad sin fines de lucro a otra de carácter anónima.


    Esta historia está abierta y su resolución tomará tiempo. Un capítulo podría empezar a resolverse este mes, cuando la Bolsa vaya otra vez a elecciones. Peña deberá soportar la oposición electoral de los bancos que, de todas formas, necesitarían contar con otros aliados para dezplazarlo. Lo que sí podía anticiparse al cierre de esta edición es que habrá lucha.


    La ausencia de cambios


    Mientras en todo el mundo los mercados aggiornan su funcionamiento para captar nuevos negocios, Buenos Aires mantuvo una inexplicable actitud pasiva. La lista de ejemplos es larguísima. Madrid creó en diciembre el Latibex, una Bolsa específica para empresas de América latina, apostando a la influencia que sobre muchas de éstas tienen las propias firmas españolas. El mercado se ofrece como puerta de entrada para las compañías que busquen financiación en el mercado unificado del euro.


    Arrancó con sólo cinco papeles (bancos de por aquí controlados por los de allá, como el BBV-Francés o el Santander de Puerto Rico), pero ganó su primera batalla al captar recientemente al gigante siderúrgico brasileño, Vale do Río Doce.


    Un mes después, Londres relanzó el Easdaq, una plaza para las tecnológicas que sigue el ejemplo del Nasdaq estadounidense y en la que se puede operar a través de Internet.


    A comienzos de febrero, México sentó las bases para un mercado similar, aunque más segmentado: no se aceptarán allí empresas que no hagan negocios on line. Una semana después, en Brasil se anunció la fusión de las operaciones de las bolsas de San Pablo y Río de Janeiro, con el objetivo explícito de ampliar volúmenes y bajar costos.


    Y más recientemente, Chile puso en marcha una bolsa off shore que operó US$ 12,5 millones en su primer día de negocios, pese a que, por ahora, sólo cotiza un grupo de fondos suecos. La iniciativa apunta a atraer fondos de inversión que puedan ser adquiridos por los fondos de pensión chilenos. Mientras tanto, Buenos Aires sólo discute y pierde negocios.

    La inacción gubernamental

    En 1994 se privatizó el sistema jubilatorio. Uno de los objetivos era
    fomentar la aparición de un mercado de capitales interno. De allí
    que se reglamentaran casi en detalle las formas de inversión, favoreciendo
    ampliamente las colocaciones en el mercado local y el Mercosur. Pero más
    allá del festival de bonos, nadie hizo mucho para que aparecieran
    nuevas opciones de inversión.


    Si se cumple la convertibilidad fiscal, en 2003, cuando las AFJP acumulen fondos por más de US$ 40.000 millones, la Argentina tendría que tener equilibrio fiscal. En consecuencia, se reduciría la oferta de títulos públicos, que ocupan hoy casi 50% de las carteras de las AFJP.


    Además, si la tendencia actual se mantuviera, en la Bolsa habrá menos acciones. No sólo no estarán las que ya se fueron (Terrabusi, Minetti, Cía. Química, Odol, Saint, Bieckert, Ipako, Termas Villavicencio, Fric-Rot, Papelera del Plata, Galimberti, Disco y Bagley, por citar algunas); tampoco las que ya están en trámite de irse (Canale, CEI Citicorp, Sevel), las que quedarán reducidas a nada por los canjes (Telefónica y Banco Río) y las que todos apuestan a que seguirán igual ruta en poco tiempo (Astra, rescatada por Repsol, y el Francés, por el BBV).


    ¿Qué harán entonces las AFJP, con tanta plata y sin alternativas para colocarla? “Lo peor ­expuso en un artículo reciente el economista Mario Brodersohn­ sería autorizarlas a exportar el ahorro local. Sería una ironía que la Argentina, que necesita del flujo externo de capitales para vivir, termine además llevando afuera sus ahorros”.


    Los juristas admiten que es una especie de fraude legal la norma que da derecho a las compañías a rescatar sus títulos a valor de libros, aunque la cotización de mercado sea muy superior.


    “Hay fallas en la calidad de la información, en la reglamentación de los rescates, en no ampliar la legislación para diferentes clases de acciones”, señala un informe de Santander Investment que colocó a la Argentina entre los mercados que ofrecen menos protección legal a los inversionistas en toda la región.


    ¿Las soluciones? De la comisión negociadora, que coordinan el secretario de Finanzas, Daniel Marx, y el subsecretario de Servicios Financieros, César Deymonnaz, debieran aparecer algunas salidas. “No estamos en condiciones de dar desgravaciones para que más empresas vayan a la Bolsa”, advierte Marx. Y explica: “No nos lo permite la situación fiscal. Pero, además, no creemos que sea aconsejable. Lo que debemos hacer es pulir los mecanismos de transacciones, mejorar la transparencia y la competitividad del mercado, revisar el sistema legal, saber que vamos a tener un rol más activo en algunas transacciones y menos activo en otras, mejorar el sistema de pagos y crear instrumentos para que se puedan financiar desde allí proyectos y obras de infraestructura”.


    La traducción es la siguiente: la Bolsa se encargará de negociar cada vez más papeles de deuda, pero abrirá ruedas para títulos específicos (como fideicomisos y la próximamente relanzada factura de crédito, a imagen de la duplicata brasileña), deberá crear índices y opciones para operar a futuro, concentrar y coordinar toda la negociación bursátil del país (interconectándose con las plazas del interior; ver recuadro en pág. 112) y reformar sus normas operativas para facilitar la creación de un nuevo panel (una especie de nasdaquito) donde se permitirá cotizar a las empresas tecnológicas y de Internet sin que tengan que presentar, como el resto, tres años de balances con niveles de ganancia o rentabilidad determinada, ni deban presentar el caudal de información que se les exige a las que operan en la rueda común.

    Paralelamente, se revisarán las leyes y se gestionará financiamiento
    internacional para llevar a cabo la reforma.

    Montos
    operados por mercado

    Cifras expresadas en $ millones entre enero
    y noviembre de cada año
    Año Bolsa
    MAE
    1995 100.200 147.300
    1996 158.300 308.400
    1997 105.100 337.100
    1998 61.600 171.400
    1999 46.900 146.200

    Las AFJP, en una
    encrucijada

    En la Bolsa
    cotizan activamente unas 130 empresas, pero sólo 15 absorben 85%
    de los negocios. Por lo tanto, el resto de los papeles ofrece un riesgo
    adicional al que representa naturalmente cada acción: el de no
    poder aprovechar una oportunidad de venta por la ausencia de compradores.

    La falta
    de opciones se agravó con el éxodo de empresas y el reemplazo
    de compañías locales por sus controlantes extranjeras. No
    sólo se achicó el mercado, sino que se comprimieron dramáticamente
    las opciones de inversión, tornando mucho más difícil
    la tarea de los portfolio managers, que a menudo se ven ahora en
    figurillas para aplicar criterios básicos para la adecuada diversificación
    de los riesgos.

    El problema
    se agudiza para los inversores institucionales ­como las AFJP­,
    que reciben de los aportes de los afiliados un flujo de entre US$ 60 millones
    y US$ 80 millones para volcar mensualmente a la compra de papeles privados
    y deben respetar estrictos parámetros de inversión para
    el diseño de sus carteras. En la actualidad, estos fondos mantienen
    casi 21% de sus inversiones en acciones (US$ 3.600 millones), pero dudan
    del camino a seguir.

    Ricardo
    Torresi, de la Gerencia de Inversiones de Previnter, apunta: “La salida
    de empresas dificulta el accionar de los fondos de mediano y gran tamaño,
    ya que cualquier posibilidad de arbitraje no puede ser aprovechada”.

    Un colega
    de Consolidar agrega: “Todo se hace más grave cuando la acción
    retirada es parte del panel líder y opera con alta liquidez. Inmediatamente
    el mercado aumenta su riesgo y se desplaza hacia abajo la curva riesgo-rendimiento,
    lo que implica que para obtener el mismo resultado de portafolio se hace
    necesario tomar más riesgo. Y esto no es muy aconsejable cuando
    lo que se maneja es el dinero de los aportantes y la prioridad es asegurarle
    un ingreso jubilatorio satisfactorio”.

    Las operaciones
    de rescate o canje de acciones a menudo obligan a las AFJP a desarmar
    sus carteras y reorientarlas en corto tiempo. Los casos de YPF (adquirida
    por Repsol), Telefónica y Banco Río (en vías de rescate
    por sus controlantes españolas) sirven para graficar el impacto
    negativo de estas operaciones, más allá del beneficio inicial
    del impulso que dieron a la cotización de sus propios papeles y
    de otros.

    “En el
    caso de YPF-Repsol, el reemplazo no fue positivo”, afirma Torresi. Y explica:
    “Al momento de la operación, las AFJP teníamos la máxima
    posición permitida en YPF, 2,5%, por lo que nos beneficiamos con
    el premio que pagó Repsol por los papeles. Pero pasado el efecto
    riqueza
    inicial vino el problema de dónde poner la plata. Y
    la llegada de Repsol a cotizar a Buenos Aires no fue solución,
    como muestra el 0,025% (100 veces menos) que hoy tenemos en cartera de
    esa petrolera.”

    Una explicación
    pasa por la depreciación que un cambio mano a mano implica en las
    expectativas de retorno. Los papeles líderes de la Argentina pagan
    en dividendos el doble de lo que pueden pagar las compañías
    de mercados desarrollados, no por la bondad de los empresarios locales
    sino por la tasa de riesgo que supone operar y captar financiamiento en
    una y otra economía.

    Para Mariano
    Aberastury, de Consolidar, cuando se va una compañía local
    y viene otra, “el tratamiento de los accionistas es diferente y las estrategias
    de las compañías son más globales, por lo que la
    importancia de las AFJP como accionistas minoritarios cae”.

    También
    influye un diferente tratamiento impositivo, del que muchos operadores
    se pusieron al tanto el último año, cuando Repsol pagó
    dividendos: a Buenos Aires llegó sólo 82% de los dividendos,
    porque el fisco español retuvo en origen 18% en concepto de ganancia,
    un impuesto que aquí no se aplica.

    Otro problema
    es el grado de indefensión que las AFJP sienten frente a las propuestas
    de canje, especialmente cuando éstas no vienen acompañadas
    de una prima satisfactoria. El caso emblemático es el canje ofrecido
    por el Banco Santander Central Hispano (BSCH) para intentar acceder a
    100% del capital del Banco Río. La fórmula de intercambio
    propuesta por los españoles (seis acciones del Río por una
    del BSCH) supone un precio final de rescate en torno de $ 7,50 por papel,
    ni más ni menos que el mismo valor al que las AFJP compraron el
    papel del Río dos años y medio atrás, cuando abrió
    su capital al mercado.

    El dilema
    que enfrentan los portfolio managers para definir esta operación
    ­que se cerrará este mes­ es claro: pueden optar por
    quedarse con el papel del Río, pero si el resto del mercado va
    al canje estarán reteniendo un papel ilíquido que les será
    complicado negociar.

    Globalización
    interna y regional

    Con respecto
    a la interconexión entre Buenos Aires y las principales plazas
    del interior, la idea es armar una suerte de bolsa nacional. De
    hecho, ya hoy las bolsas provinciales computan casi todos sus negocios
    en el volumen del mercado porteño.

    La interconexión
    alcanzaría a las bolsas de Rosario ­la de mayor volumen luego
    de Buenos Aires­, Córdoba, Mar del Plata, Bahía Blanca,
    Santa Fe, Mendoza y Tucumán. De éstas, la única que
    hoy opera directamente en Buenos Aires es la de Rosario, que tiene una
    acción del Merval. Las demás estarían obligadas a
    comprar la licencia.

    La centralización
    de los negocios será apenas una formalidad operativa, debido a
    que ninguna de las bolsas del interior consiguió atraer cotizantes
    regionales y operan los mismos papeles que se transan en 25 de Mayo y
    Sarmiento. Sólo después de la interconexión nacional
    se analizará una alianza estratégica con Chile o Brasil.
    En este caso, el acuerdo apuntaría a que cada plaza conserve su
    predominio local; es decir, empresas argentinas en Buenos Aires, chilenas
    en Santiago y brasileñas en San Pablo.

    Mientras
    tanto, la Caja de Valores está negociando la firma de un preacuerdo
    de clearing con la Cámara de Compensaciones y Liquidaciones
    de San Pablo. La mayor dificultad para instrumentar este tipo de operatoria
    está constituida por las asimetrías tributarias entre ambos
    países.

    Por ejemplo,
    San Pablo opera con tasas de derechos distintas de las que se cobran en
    Buenos Aires y el fisco brasileño grava con una tasa de 10% la
    ganancia de capital, que en la Argentina está exenta. “Si eso no
    se nivela, podrían producirse cambios bruscos y enojosos en los
    flujos entre los mercados”, advierte el titular del Merval, Norberto Gysin.

    Norberto
    Gysin, titular del Merval

    “El mercado
    necesita incentivos fiscales”

    -¿A
    qué adjudica la crisis del mercado?

    -La Argentina
    recibió en los últimos cinco años un flujo interesante
    de inversores internacionales que fueron tomando empresas locales. Paralelamente,
    la economía mundial ingresó en una etapa de fusiones de
    empresas complementarias. Lo que vemos ahora es la segunda etapa de este
    proceso: las multinacionales, en vez de tener diversificada la empresa,
    tratan de fomentar la absorción vertical para asegurarse el dominio
    de una compañía consolidada. Esto hizo que se hayan ido
    acciones de la Bolsa local. Pero creo que es natural: la internacionalización
    de la economía regional trae consigo la crisis de los mercados
    bursátiles locales.

    -¿La
    Argentina debe renunciar, entonces, a tener un mercado de capitales?

    -No estoy
    diciendo eso. Digo que es entendible que emigren, como reflejo de la tendencia
    que domina hoy la economía. Pero nuestro problema no es que se
    vayan sino que no tengamos reemplazos.

    -¿Hay
    formas de detener el éxodo?

    -Sí,
    pero sólo en parte. Por ejemplo, creo que es posible detener el
    éxodo de las empresas locales que están en manos de argentinos
    y van a cotizar en el exterior. Lo que no tenemos es la posibilidad de
    detener las megafusiones o la salida de las firmas que se van porque son
    absorbidas por su casa matriz. YPF no se fue porque tiene en sus estatutos
    una cláusula que le impide cambiar su domicilio; de lo contrario,
    Repsol ya la habría radicado en Madrid o disuelto.

    -¿Cuáles
    son los mecanismos para retener a las nacionales?

    -Para eso
    necesitamos un aporte del gobierno. La experiencia internacional muestra
    que la mayoría de los mercados que revirtieron esta clase de situaciones
    contó con incentivos fiscales que ayudaron a atraer nuevas cotizantes.

    -¿No
    es ingenuo pensar en arrancarle incentivos al gobierno que gravó
    con el IVA las comisiones?

    -No me
    parece. Creo que es necesaria una discusión al respecto. El IVA
    a los comisionistas fue político: el gobierno quiso dar una señal
    que indicara que ningún sector quedaría exento del esfuerzo
    fiscal. Pero fue una torpeza. Lo único que hicieron fue perjudicar
    al mercado aumentándole sus costos, porque en términos de
    recaudación lo que logran es insignificante. Lo bueno es que ahora
    en Economía se dieron cuenta de eso y están buscando subsanarlo.
    Además, el incentivo fiscal que pedimos no tiene por qué
    redundar en una menor recaudación, porque proponemos que sea complementado
    con otras medidas.

    -¿Qué
    medidas?

    -Por ejemplo,
    a la empresa que abra su capital a la Bolsa, bajarle la tasa de ganancias
    de 35% a 30%; pero para recuperar ese dinero, crear un gravamen a los
    dividendos de aquellos que compraron papeles argentinos desde el exterior.
    Sería una cobertura reteniendo en origen. Y el gobierno tendría
    a muchos inversores haciendo de auditores de las empresas, lo que podría
    ayudarle a bajar la evasión.

    -Una
    medida de ese tipo, ¿no provocaría desinversión?

    -Para nada.
    Un estadounidense que compra ADR argentinos en Estados Unidos paga allí
    una tasa por los dividendos que percibe, porque tiene que incorporar ese
    ingreso a su ganancia imponible. O sea que paga al fisco de su país
    un impuesto sobre bienes que fomentaron su ganancia en otro país.
    Lo que decimos es que hay que darle un incentivo para que compre acciones
    en la Argentina y que no se maneje por certificados. Si compra acá
    no tendría ese gravamen. Tal vez esto haga que las empresas que
    colocaron ADR vuelvan al mercado local.

    -¿Cree
    que esto podría impulsar una migración hacia los mercados
    de origen?

    -Podría
    haber un flujo positivo hacia el mercado local y me arriesgo a decir que
    recuperaríamos al menos la mitad de lo que hoy se opera afuera.
    Esto no sería posible si la Caja de Valores no fuera investment
    grade
    y el inversor extranjero tuviera problemas para dejar acá
    sus títulos depositados. Pero este problema no existe.