viernes, 16 de enero de 2026

El orden de posguerra se erosiona y abre una década de incertidumbre

Un paquete de opinión de The New York Times reunió a cinco autores para proyectar el mundo que se perfila cuando las reglas pierden eficacia. Los diagnósticos difieren; el punto en común es la erosión del marco que organizó la política global desde 1945.

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El ejercicio parte de un supuesto de ruptura: hechos “impensables” para la diplomacia tradicional se vuelven, de pronto, plausibles. Desde allí, los cinco textos funcionan como un mapa de riesgos. No pronostican un destino único; describen fuerzas que empujan en direcciones distintas y, a la vez, compatibles entre sí: más competencia por energía e infraestructura, retorno de lógicas de esfera, mayor margen de maniobra para potencias intermedias y un ascenso tecnológico de China que reordena prioridades.

Energía como infraestructura de poder

La primera tesis coloca a la energía en el centro. Adam Tooze propone una lectura histórica: cuando cambian las fuentes y los sistemas de abastecimiento, cambia el poder. El siglo XX se organizó alrededor del petróleo; el siglo XXI, sugiere, gira hacia la electricidad, las redes y la capacidad de “producir” energía a escala (solar, baterías, transmisión). En esa transición, la disputa no es solo climática: es industrial, militar y tecnológica.

Esa idea conecta con un punto que la revista ya trabajó: el peso de la red eléctrica como ventaja competitiva. En un análisis reciente, Mercado describió cómo China combina despliegue masivo de renovables con una infraestructura de transmisión y abastecimiento que reduce cuellos de botella y abarata costos para industrias intensivas en datos, automatización e inteligencia artificial.

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La consecuencia es incómoda para Occidente: la “transición energética” deja de ser un debate de valores y se convierte en una discusión sobre capacidad de construcción, financiamiento y escala. Si el vector del nuevo orden es la electricidad barata y abundante, la pregunta estratégica pasa por quién fabrica, conecta y controla esa infraestructura.

Soberanía y esferas sin límites

Monica Duffy Toft advierte sobre un retorno de la política de esferas de influencia, pero con una diferencia decisiva: sin límites acordados ni disciplina compartida. En la Guerra Fría, la división del mundo se sostuvo —con costos— sobre líneas relativamente estables. En el escenario actual, en cambio, la búsqueda de predominio convive con redes económicas globales que ninguna potencia puede abandonar sin pagarlo caro. El resultado no es estabilidad: es fricción permanente.

En esa fricción, las amenazas transnacionales quedan sin respuesta eficaz. Pandemias, cambio climático, ciberataques o inteligencia artificial “weaponizada” requieren cooperación, pero la lógica de suma cero la debilita. La paradoja se vuelve estructural: cuanto más se invoca la soberanía para justificar acciones unilaterales, más se deterioran los mecanismos que podrían reducir riesgos compartidos.

Margaret MacMillan empuja la conclusión un paso más: aun si no hay una gran guerra, el mundo ingresa en una etapa de volatilidad prolongada. En contextos sin reglas aceptadas, los conflictos tienden a multiplicarse por accidentes, errores de cálculo y compromisos cruzados. La historia ofrece un aviso: los sistemas en transición no se ordenan rápido; suelen volverse más peligrosos antes de estabilizarse.

La era del regateo: Sur global y China

Matias Spektor desplaza el foco hacia los países que padecieron jerarquías en el siglo pasado y ahora ganan margen en el nuevo. No forman un bloque homogéneo, pero comparten una gramática: la soberanía como activo frágil y la negociación como método. En lugar de alineamientos rígidos, aparece el “hedging”: diversificar vínculos, elegir foros, demorar compromisos, construir salidas alternativas en finanzas, tecnología y seguridad. En ese mundo, la interdependencia no desaparece; cambia de función: se usa como palanca.

Rush Doshi propone otra pieza del mismo rompecabezas: la competencia central, sostiene, no está en el control territorial sino en la supremacía tecnológica. Si Estados Unidos se concentra en su hemisferio y descuida alianzas y capacidades, se amplía el espacio para que China consolide ventajas en sectores críticos y defina estándares. La potencia que domine tecnologías de frontera y cadenas de suministro tendrá influencia incluso sin “ocupar” territorios.

En términos narrativos, el cuadro se completa con un elemento menos cuantificable, pero decisivo: el sentido. Mercado también observó, en otra nota, cómo China y Rusia usan la historia como herramienta política para legitimar un orden multipolar y disputar la autoridad simbólica de Occidente. En un tiempo de transición, los relatos funcionan como infraestructura: ordenan decisiones, justifican costos y fijan enemigos.

Una transición sin árbitro

Leído en conjunto, el paquete no describe un “mundo nuevo” ya formado. Describe un vacío de arbitraje. Si el orden de posguerra pierde capacidad de imponer límites, el reemplazo no llega como sistema: llega como suma de fuerzas en pugna.

En ese contexto, la economía vuelve al centro de la geopolítica, pero no por el comercio en sí, sino por su reverso: sanciones, controles, subsidios, restricciones tecnológicas, seguridad energética. La pregunta que queda abierta no es qué potencia “gana”, sino qué combinación de energía, tecnología, alianzas y legitimidad consigue reducir incertidumbre sin empujar al sistema a una secuencia de crisis encadenadas.

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