viernes, 3 de abril de 2026

    Una relación más conflictiva, asimétrica y ya no sólo atlántica

    La guerra iraquí, sin duda, ha forzado cambios geopolíticos, aunque
    no sea el “nuevo orden internacional” que proclaman Washington, Londres,
    Roma o Madrid. En esencia, Estados Unidos –remanente del “viejo orden”,
    o sea la Guerra Fría– ha tirado por la borda los equilibrios multilaterales
    que encarnan el Consejo de Seguridad (Naciones Unidas) o la Organización
    del Tratado Noratlántico (Otan), apoyándose en su supremacía
    militar. Ésta ha puesto en segundo plano el liderazgo sociopolítico
    y, en tercero, el económico. En una etapa histórica que la “nueva
    ultraderecha” norteamericana suele recordar, Roma tuvo hegemonía
    en todos esos aspectos durante al menos dos siglos.
    En este momento, la mayor víctima de la guerra es la Otan. Por vez primera
    desde Vietnam, fuerzas estadounidenses pelearon en una guerra, remota pero relevante,
    sin coaliciones como las de 1942-44 o 1950-3. Es más, desde 1945, Estados
    Unidos nunca había iniciado una guerra con oposición de Francia,
    Alemania, China, Rusia, India, Pakistán, Turquía y Latinoamérica,
    todas juntas. Ahora bien, ¿pudo haberse evitado la invasión?,
    ¿podrá reconstruirse la Otan?
    Semanas atrás, el periódico londinense Financial Times (FT) les
    planteó ambas preguntas a docenas de protagonistas y, en general, casi
    todos admitieron errores… ajenos. Algunos deploraron que –en el pico
    de la crisis prebélica– Jacques Chirac no volase a Washington para
    limar asperezas. Otros reprocharon a Colin Powell no haber agotado las vías
    diplomáticas con Francia y Alemania. Uno y otro bando reconocen que el
    choque entre personalidades (Chirac, Gerhard Schröder, George W. Bush,
    Donald Rumsfeld) llevó las cosas a un punto de no retorno. “A veces
    –señala el FT–, Tony Blair o Ariel Sharon parecían árbitros,
    no partícipes en el conflicto”. El ataque de Rumsfeld contra la
    “vieja Europa que no mira al este” reflejó el autismo de Washington:
    Rusia y China, claves de ese mismo punto geográfico, se oponían
    a la guerra.
    Por su parte, Blair, José María Aznar y Silvio Berlusconi no soportaban
    la pedantería de Chirac, en talento político muy lejos de su modelo,
    Charles de Gaulle. En tanto, su pésimo manejo de la economía francesa
    –plagada de huelgas, sindicalismo irresponsable y precios escandalosos–
    lo separa de Schröder, pero lo acerca a Bush (enormes déficit en
    pagos, comercio y presupuesto). De paso, París se alienaba buena parte
    del ex bloque soviético, cuyo “síndrome de satélite”
    lo arrojó a los brazos de Washington.

    Adiós al consenso

    Tantas contradicciones dejan en claro que Irak no fue una guerra por el petróleo
    ni las armas de destrucción masiva (ADM), sino por la idea de seguridad
    que caracteriza a Bush, el futuro de Levante, la hegemonía mundial y
    una abstracción, la democracia. Era como si, licuado el Consenso de Washington
    (1989), los ideólogos alrededor del presidente imperial no quisieran
    reactivarlo, sino redefinir el orden mundial al estilo de Yalta y Bretton Woods
    (1944). Pero sin un verdadero plan Marshall de por medio.
    La oposición europea, por su parte, no se limitaba a la puja por jugosos
    contratos ni concesiones. Como sostenían los franceses, se trataba de
    “ideas y principios”, cuya clave es el temor a la unilateralidad hegemónica
    de Estados Unidos. El concepto de democracia, por ende, desempeñó
    un papel que no había tenido en el escenario mundial desde Vietnam o
    el apoyo de Washington a las peores dictaduras periféricas (con la excepción
    de Cuba, Norcorea o Birmania). Esta vez, la democracia europea –o sea,
    la opinión pública– se oponía a la guerra pero, en
    la norteamericana, dos tercios de la gente apoyaba a Bush.
    Por consiguiente, ambos lados creían –creen– estar en lo “bello,
    justo y decoroso” (dixit el estoico Séneca, quien debió suicidarse
    porque al emperador no le gustaban esas ideas). Bush veía en Saddam al
    diablo, postura religiosa que arrastró al laico Blair. Chirac y sus aliados
    luchaban por el sistema multilateral, cuyas normas, que exigían agotar
    todas las instancias asequibles antes de marchar a la guerra (como hizo Washington
    en Quemoy-Matsu o en las crisis de Berlín, 1948-9 y Cuba, 1962).
    A esa diferencia de criterios se agregaba una errónea lectura de las
    señales que emitía Estados Unidos. Durante las trabajosas negociaciones
    sobre la resolución 1.441 de Naciones Unidas, Washington sabía
    que habría guerra, sin importar los resultados. Pero la oposición
    europea no se había dado cuenta de que las ADM eran un simple pretexto.
    Kieran Prendergast, jefe de asuntos políticos en la ONU, acaba de decirlo:
    “Obligado a optar entre la viruela y el cólera, el Consejo de Seguridad
    eligió el cólera. La diplomacia fracasó en ambas partes
    y así lo muestra la abismal diferencia entre 1990-1 y hoy”.
    Si la Otan agoniza es porque el eje europeo y Estados Unidos ya no comparten
    los mismos criterios de seguridad. Hilando fino, la decadencia de la alianza
    quizá date de cuando empezó a incorporar países al este
    y sudeste de Alemania. Ahora, la Unión Europea corre un riesgo similar.
    “Estados Unidos cree que el statu quo mundial es una amenaza pero, para
    gran parte de Europa, es una garantía de estabilidad”, explica James
    Steinberg, ex asesor de William J. Clinton. “El mensaje de Bush, en enero
    de 2002, lo dice claramente al identificar un eje del mal cuyos integrantes
    deben ser eliminados. Eso nunca fue un objetivo europeo”.
    Robert Kagan, uno de los “nuevos halcones” de ultraderecha en torno
    de Bush, ha reiterado que Estados Unidos “debe emplear la fuerza para hacer
    frente a lo que perciba como riesgo global. La Unión Europea, en cambio,
    prefiere negociar, apelando a un sistema multilateral donde las acciones militares
    han de ser primero legitimadas”. Paul Wolfowitz, subsecretario de Defensa,
    advertía ya a fines de 2001: “Recurriremos a la Otan o al Consejo
    de Seguridad cuándo y cómo nos convenga”.

    Más allá del poder militar

    El proceso desatado tras los ataques terroristas del 11 de septiembre le ha
    hecho a Washington perder demasiados aliados reales y potenciales. También
    le impedirá acudir a los mecanismos multilaterales el día que
    los precise. El problema es que ese día está muy cerca: la posguerra
    en Irak demuestra que Estados Unidos ni siquiera logra consolidar un gobierno
    de emergencia que afronte la reorganización de los servicios públicos,
    el sistema jurídico, la seguridad y la moneda.
    En ese tipo de tareas, la ONU y sus agencias son imprescindibles, como puentes
    al otro universo multilateral: la economía. La hegemonía imperial
    o el “espléndido aislamiento” (Gran Bretaña, siglos
    XVII y XVIII) sólo funciona si la superpotencia lo es más allá
    del poder militar. Pero la Organización Mundial de Comercio, el Banco
    de Ajustes Internacionales (comité de Basilea), el Banco Mundial, la
    Opep y –a veces– el FMI no responden incondicionalmente a la égida
    estadounidense. Miles de empresarios y millones de empleados tienen motivos
    de sobra para deplorar la crisis de la alianza transatlántica. Miles
    de millones de euros y dólares fluyen diariamente entre ambas orillas
    del mar. Además, en términos económicos, la Unión
    Europea es una superpotencia a la par de Estados Unidos.
    Ante este panorama inquietante, quizá las claves del futuro orden mundial
    no estuvieran en las sesiones del G8 (principios de junio), sino en discretos
    contactos informales. Iniciados en el cónclave de Evian, continuaban
    al cierre de esta edición e involucraban a Japón, Alemania, Canadá
    y Rusia. Vale decir, estados al margen de la fronda francesa y el milenarismo
    norteamericano. Entre los temas que se discuten figuran reformas al Consejo
    de Seguridad, reemplazo de la Otan por otro sistema y replanteo de la apresurada
    ampliación que encara la Unión Europea. M

    MERCADO On
    Line le amplía la información:

    • ”Estados Unidos. Los nuevos halcones reescriben la historia
    para controlar el futuro”. MERCADO, mayo de 2003.
    https://mercado.com.ar/mercado/vernota.asp?id_producto=1&id_edicion=1024&id_nota=18
    • “Un claro desafío a la OTAN. Lanzan una fuerza de defensa
    europea”. La Nación, 30 de abril de 2003.
    http://www.lanacion.com.ar/03/04/30/dx_492701.asp
    • ”Relación EE.UU.-Europa: las nuevas reglas del juego”.
    Clarín, 20 de junio de 2003.
    http://old.clarin.com/diario/2003/06/20/o-02105.htm