En toda estrategia de estabilización económica existe una tensión entre el sacrificio inicial y la expectativa de mejora. El nuevo informe de Equilibra —titulado La raíz del desencanto— propone una lectura precisa sobre ese fenómeno: el ajuste no solo se mide por su profundidad, sino también por su capacidad de recuperar el poder adquisitivo perdido. Cuando esa recuperación se detiene, se instala una frustración social que debilita el apoyo político al gobierno.
La metáfora que utilizan los economistas Martín Rapetti, Lorenzo Sigaut Gravina y Gonzalo Carrera es elocuente: la trayectoria de los ingresos reales toma la forma de una raíz matemática. En la base está la caída abrupta del poder de compra; luego una curva ascendente que simboliza la recuperación; y finalmente, una línea horizontal que expresa el estancamiento. Esa última fase, la de la raíz que no vuelve a crecer, es la que los autores asocian al desencanto social.
Durante los primeros veinte meses de gestión, el ingreso real promedio de 14,5 millones de personas con ingresos registrados —trabajadores privados y públicos, además de jubilados— siguió exactamente ese patrón. La caída inicial, cercana al 19 % respecto al promedio de 2023, fue seguida por una recuperación parcial hasta febrero de 2025, cuando el ingreso real llegó al 94 % del nivel previo. Desde entonces, la tendencia se estancó, incluso con leves retrocesos vinculados a la desaceleración de la actividad económica.
Esa evolución, en apariencia técnica, tiene implicancias políticas y sociales de gran magnitud. Según el informe, el estancamiento del ingreso real y del empleo formal configura un riesgo electoral para el oficialismo. La sociedad, señalan los autores, toleró el ajuste esperando una mejora que no termina de materializarse.
Pérdidas acumuladas y desigualdades
Medido en tiempo de trabajo, el retroceso es contundente. Durante los primeros veinte meses del gobierno actual, los asalariados y jubilados registrados resignaron el equivalente a 2,1 meses de ingresos reales. Si se utiliza un índice de precios actualizado —basado en la nueva Encuesta Nacional de Gasto de los Hogares 2017/18— la pérdida sería aún mayor: unos 2,3 meses.
El informe advierte, además, que el impacto del ajuste no fue homogéneo. Los empleados públicos y los jubilados fueron los más afectados, mientras que el sector privado formal logró una recuperación más cercana al nivel preelectoral. A nivel regional, el conurbano bonaerense sufrió un deterioro más pronunciado que el interior del país.
Esa heterogeneidad se traduce también en el plano de la confianza. Los indicadores elaborados por la Universidad Torcuato Di Tella muestran que la percepción sobre el gobierno se deterioró en las zonas donde el ingreso real cayó con mayor fuerza. En el conurbano, la confianza promedió un 32 % frente a niveles superiores al 40 % en el interior, una brecha que refleja tanto el impacto económico como el malestar social acumulado.
Comparación con la experiencia de Macri
El estudio de Equilibra contrasta los primeros dos años del gobierno de Javier Milei con los de Mauricio Macri. En ambos casos, el proceso comenzó con una caída del ingreso real, pero la diferencia está en la magnitud y la recuperación. Con Macri, el poder adquisitivo cayó menos —equivalente a 1,2 meses de salario— y logró repuntar antes de las elecciones legislativas. Con Milei, la pérdida duplicó ese monto y no se observó una recuperación sostenida.
El empleo formal también evolucionó de manera dispar. Entre noviembre de 2023 y julio de 2025, el número de trabajadores registrados cayó en unas 500 mil personas, mientras que en el mismo período de la gestión Macri se habían incorporado 300 mil. Esa divergencia refuerza la tesis de los autores: el componente social de la estabilización actual es más regresivo y persistente.
La correlación entre el ingreso real y el índice de confianza en el gobierno es una constante histórica. Según los registros de Equilibra, cada caída sostenida en el poder de compra se tradujo, con un rezago de algunos meses, en un descenso equivalente de la confianza y del voto oficialista. En el gráfico que acompaña el informe, los picos y valles de ambos indicadores coinciden casi punto por punto desde 2003.
La lógica del desencanto
El documento no discute la necesidad del ajuste inicial. La reducción del déficit fiscal, la unificación cambiaria y la baja de la inflación eran objetivos que contaban con consenso técnico. Lo que plantea es que, sin una mejora perceptible en los ingresos reales, el programa pierde sustentabilidad política. “La sociedad puede aceptar un sacrificio temporal si percibe que se avanza hacia un horizonte de bienestar. Pero si la mejora se interrumpe, se erosiona la confianza y emerge el desencanto”, resume el texto.
Esa dinámica se agrava en contextos donde el discurso oficial enfatiza el mérito individual. En un mercado laboral con alta informalidad, los segmentos medios formales —precisamente los analizados por el estudio— sienten que su esfuerzo no se traduce en progreso. Esa brecha entre expectativas y resultados tiende a amplificar la sensación de frustración.
El espejo electoral
A pocos días de las elecciones, el análisis adquiere un carácter premonitorio. La trayectoria de los ingresos y del empleo formal, observan los economistas, anticipa con notable precisión el desempeño de los oficialismos. En términos históricos, cada punto de pérdida en el índice de confianza se asoció a una reducción de entre 0,5 y 0,7 puntos en el voto al gobierno.
En el caso actual, la confianza promedio ronda los 34 %, un nivel similar al registrado antes de la derrota electoral del Frente de Todos en 2021. Esa analogía refuerza la hipótesis de que los resultados económicos inmediatos pesan más que las promesas de largo plazo.
El informe destaca, además, que el empleo asalariado formal —la base del sistema contributivo y de la clase media urbana— cayó 2 % desde diciembre de 2023. La contracción es modesta en términos macroeconómicos, pero significativa desde el punto de vista político: equivale a unos 200 mil puestos de trabajo menos.
Más allá de los números
El desencanto, en definitiva, es un fenómeno psicológico antes que estadístico. La estabilización puede haber detenido la inflación, pero si el salario real permanece deprimido y las oportunidades de empleo no se amplían, la sensación predominante es la de un esfuerzo sin recompensa. Esa percepción, señalan los autores, tiene consecuencias que trascienden lo electoral: erosiona la cohesión social y debilita el contrato entre el Estado y la ciudadanía.
Los datos de Equilibra no invalidan los objetivos de la política económica, pero sugieren que la sostenibilidad del programa depende tanto del anclaje fiscal como de la recuperación del ingreso real. Sin ese componente, el ajuste corre el riesgo de convertirse en una raíz sin crecimiento: una línea plana de estabilidad con descontento.
El 26 de octubre, las urnas ofrecerán una primera medida de ese humor social. Más allá del resultado inmediato, el desafío de fondo será revertir la trayectoria de la “raíz del desencanto” y transformar la estabilización en un proceso de mejora tangible. La economía, como la política, no se sostiene solo con diagnósticos: necesita también de esperanza.












