domingo, 5 de abril de 2026

    Algunos creen que el déficit comercial en Estados Unidos es una ventaja geopolítica

    Esto
    es lo que sostiene un amplio análisis de la consultora McKinsey,
    donde expertos propios –siguiendo los pasos de Alan Greenspan, jefe
    de la Reserva Federal– y su ideólogo, Benjamin Bernanke (miembro
    del directorio) califican de “comprensibles pero erradas” las
    críticas contra la ola de importaciones. En esencia, esta nueva
    postura sostiene que, de algún modo, ingresos y utilidades de compañías
    estadounidenses en el resto de mundo debieran integrarse a la balanza
    de pagos nacional.
    Convalidando esa tesis, la misma fuente esgrime cifras según las
    cuales aproximadamente un tercio del déficit en cuenta corriente
    resulta del intercambio con subsidiarias de firmas estadounidenses en
    el exterior. Esto incluye sectores que tercerizan mano de obra afuera,
    lo cual lleva a un curioso corolario: la exportación de puestos
    laborales sería, en realidad, una forma de mantener o elevar empleo
    en el sector privado “globalizado”.


    ¿Dónde
    está el valor agregado?

    Ese tipo de actividades agrava técnicamente los desequilibrios
    externos del país, pero –al mismo tiempo– les genera
    valor agregado a empresas, accionistas y clientes residentes en Estados
    Unidos. Desde esa óptica, por cierto, el comercio entre filiales
    extranjeras puede incidir en la balanza de pagos.
    Por tanto, si una automotriz de Detroit arma coches en México,
    exportando hacia ahí componentes, y luego reexporta a Estados Unidos
    parte de los vehículos terminados, sus ganancias debieran aparecer
    en el haber de la cuenta corriente nacional. Sin embargo, las unidades
    provenientes de México se contabilizan como importaciones estadounidenses,
    aun cuando hayan sido fabricadas por empresas norteamericanas y contengan
    componentes de igual origen.
    A criterio de Bernanke, Greenspan, Robert Barbera y otros adherentes a
    las nuevas teorías, tan intricada maraña de causas y efectos
    desactualiza las interpretaciones convencionales sobre déficit
    en cuenta corriente. En realidad, todo impacto neto negativo que las actividades
    empresariales en el exterior tengan sobre la balanza de pagos debe sopesarse
    en términos del valor agregado total que generan puertas adentro.

    De acuerdo con el estudio aludido, las subsidiarias extranjeras representan
    casi 25% de utilidades en multinacionales estadounidenses y añaden
    unos US$2,7 billones anuales en capitalización de mercado a sus
    matrices.
    Ajenos a esas concomitancias, quienes proponen la redefinición
    de “cuenta corriente” aceptan, por otra parte, que el resto
    del rojo en pagos externos debe encararse vía acuerdos bilaterales
    de comercio y paulatino control del déficit fiscal. Ya no tendrán
    sentido medidas proteccionistas, sostiene esta escuela.

    Aspectos
    políticos

    Pero en este punto surge otro obstáculo político: los subsidios
    directos e indirectos a la producción agrícola estadounidense
    no tienen que ver con el equilibrio de intercambios sino con votos. Lo
    mismo ocurre en la Unión Europea.
    No concluyen ahí los aspectos políticos: “La cuenta
    corriente mide el flujo concreto de bienes y servicios más allá
    de las fronteras. No tiene presentes –señala el análisis
    de McKinsey– nacionalidad ni propiedad en ambas puntas de la transacción.
    En los años ’40 (se cita aquí a Bernanke), al generarse
    los métodos para calcular la balanza de pagos, pocas compañías
    operaban fuera de sus países de origen. Así, se importaban
    rubros producidos por firmas extranjeras y se exportaban bienes producidos
    por connacionales”.
    Estas categorías ya no tienen vigencia, afirman Bernanke y fuentes
    afines. Un creciente número de empresas ha ido expandiéndose
    fuera de Estados Unidos vía subsidiarias. En la balanza de pagos,
    todo intercambio de bienes, servicios o ingresos entre una filial, la
    matriz, otras firmas norteamericanas o el mercado local, se contabiliza
    todavía como exportación, importación o flujo de
    caja. Pero esas subsidiarias tienden a ser parte de la economía
    estadounidense.
    Expertos más cautos siguen, empero, preocupados por los amplios
    desequilibrios globales de esa economía. El enorme rojo comercial
    va en vías de aumentar este año, lo cual a su vez engrosará
    el todavía mayor rojo de pagos externos y su correlato, el endeudamiento
    federal. No es factible que las exportaciones restablezcan el equilibrio
    en 2005, pues la Unión Europea y Japón muestran exiguas
    tasas de crecimiento. Sea cual fuere la conducta de las subsidiarias extranjeras
    de empresas norteamericanas.

    No
    es tan seria la cosa

    Como consecuencia de lo dicho, las importaciones estadounidenses se expandirán
    mucho más rápido que las exportaciones al resto del mundo,
    en particular a las potencias económicas rivales. Con importaciones
    que casi doblan las exportaciones, Estados Unidos debiera elevar éstas
    a ritmo febril para siquiera empezar a reducir el déficit comercial.
    Esto no cambiaria mucho si, por efectos de una contabilidad diferente,
    se licuara 25% de las importaciones atribuibles al intercambio dentro
    de las trasnacionales.
    “El mundo aún depende demasiado del gasto norteamericano,
    incluso en bienes de consumo”, recuerda Global Insight, firma experta
    en pronósticos macroeconómicos. “Pero seguimos agravando
    desequilibrios propios, de modo que –a nuestra vez– dependemos
    cada vez más del flujo inversor exógeno”.
    En registro opuesto, Greenspan y Bernanke sostienen que el endeudamiento
    récord no plantea problemas serios. Según la teoría
    lanzada por el primero en 2004, “el déficit comercial y en
    cuenta corriente no deben preocupar”. El jefe del ente emisor, aun
    hoy afirma: “La creciente globalización comercial y financiera
    permite a Estados Unidos importar o tomar prestado mucho más que
    hace dos décadas”. Pero, observa Robert Kuttner, “igual
    se trata de fondos ajenos, cuyo financiamiento eleva el propio pasivo”.
    Para Greenspan, el mundo vive “un cambio por única vez en
    el grado de globalización e innovación. Eso altera, temporariamente,
    los parámetros específicos para evaluar desequilibrios económicos”.
    Es como si bastase una reforma contable para diluir pérdidas o
    mutarlas en utilidades.
    En febrero último, Bernanke fue más lejos, atribuyendo el
    creciente déficit comercial y el mayor endeudamiento externo no
    ya a las filiales extranjeras de conglomerados, sino a “una saturación
    de ahorro interno en Asia oriental y la mayoría del mundo”.

    ¿O
    sí?

    Por supuesto, estas ideas son rebatidas por la mayoría de los analistas
    dentro y fuera de Estados Unidos. Según ellos, los crecientes déficit
    comercial, fiscal y de pagos externos están acentuando peligrosamente
    la debilidad del dólar, sin que este factor impulse las exportaciones
    norteamericanas (como debiera hacerlo). Este proceso conduce a un aumento
    de tasas largas cada vez que los mercados se desprenden de bonos federales.
    En otras palabras, hay menos interés en comprar deuda estadounidense,
    salvo entre fondos especulativos.
    En general, se estima que el déficit comercial llegó a US$600.000
    millones en 2004, o sea casi 6% del producto bruto interno. Por su parte,
    el déficit en cuenta corriente y el fiscal, sumados, representan
    más de 20% del PBI. Añadiendo el endeudamiento de los consumidores
    (US$7,4 billones), se llega a casi todo el PBI. Por otra parte, los expertos
    anticipan que los déficit continuarán ampliándose,
    especialmente si la economía estadounidense mantiene el moderado
    repunte actual, que contrasta con el estancamiento en la Unión
    Europea o el lento crecimiento de Japón.
    Greenspan admite que los desequilibrios no pueden proseguir indefinidamente.
    Igual, cree que Estados Unidos continuará captando más fondos
    exógenos que en el pasado, porque “la globalización
    ha reducido mucho la tendencia de individuos y empresas a invertir primordialmente
    en sus propios países. Esta globalización –proclama–
    es una extensión de la división internacional del trabajo
    y la especialización fuera de fronteras nacionales. Todo eso es
    claramente la clave de nuestra

    Bernanke
    y su tesis

    Un punto de vista aun menos convencional es el ofrecido por Bernanke.
    En lugar de atribuir la creciente brecha en pagos externos al escaso ahorro
    interno en Estados Unidos o la presión comercial asiática,
    lo explica en virtud de una “enorme acumulación de ahorro
    interno en economías en desarrollo. Generada, durante los últimos
    diez años, por una combinación de factores”.
    Amén de Asia oriental y sudoriental, Bernanke supone que el fenómeno
    incluye Latinoamérica e, increíblemente, lo relaciona con
    las crisis sufridas desde 1997 por varias economías de la zona.
    “Muchos países se convirtieron en exportadores netos de capital,
    pues los inversores los abandonaban en pos de mejores lugares para colocarse
    y los bancos centrales constituían colchones de reservas contra
    futuras crisis”.
    Pero lo primero era una fuga de capitales oportunistas, no un exceso de
    ahorro interno, y lo segundo ocurrió en escasas ocasiones. Por
    otra parte, esas economías carecían de recursos suficientes
    para influir en los flujos de capitales hacia Estados Unidos. Bernanke
    admite que la afluencia de importaciones ha “achicado” la manufactura
    norteamericana y su potencial exportador. Pero, como Greenspan, supone
    que los desequilibrios irán reajustándose gradualmente por
    cuenta propia. “No veo motivos para que ese proceso no sea suave”,
    dijo. Ningún economista parece tomar en serio ambas disertaciones.
    El complejo planteo involucrado en estas tesis y las de McKinsey se apoya
    en la naturaleza proteica de las inversiones internacionales. Hasta principios
    de los ’90, casi toda la inversión externa directa (IED) se
    dirigía a las zonas más industrializadas del mundo: Unión
    Europea, Japón y Estados Unidos. La única excepción
    notable era el bloque de países petroleros.

     

    Dos
    cambios

    Desde hace más de 12 años, empero, se han operado dos cambios
    importantes. Primero, los flujos de IED han ido pasando de 0,7 (1992)
    a 1,5% del producto bruto global (PBG, 2003). Segundo, la eliminación
    de trabas comerciales y el desarrollo tecnológico (comunicaciones,
    transportes) ha generado nuevas formas de comercio, particularmente en
    el mundo en desarrollo. La IED a esos mercados representa todavía
    menos de la mitad del total mundial y su ritmo expansivo es irregular.

    Esta visión optimista subraya que, como en economías avanzadas,
    la mayoría de la IED en economías en desarrollo tiene por
    objeto desarrollar o cubrir nuevos mercados. No obstante, una parte pequeña
    –aunque en avance– se orienta a la eficiencia de costos. En
    otras palabras, aprovecha mano de obra y otros insumos baratos para producir
    bienes y servicios de exportación. Como lo demuestra la maquila
    mexicana, esta tendencia promueve grandes flujos comerciales entre subsidiarias
    extranjeras, sus matrices y el mercado estadounidense (aunque no beneficie
    tanto a México). Este proceso, insisten los expertos de McKinsey,
    tiene profundas implicancias en la cuenta corriente
    Pero ocurre que similares tendencias se registran en otras economías
    centrales. Verbigracia, Japón (30 de las 50 mayores empresas son
    multinacionales), Surcorea o la propia Eurozona. Ahora bien ¿por
    qué no se postula en esos países la reforma de los métodos
    para calcular la balanza de pagos?… En parte, porque sus compañías
    tienen en promedio apenas la mitad de filiales extranjeras que sus equivalentes
    estadounidenses.
    En síntesis, quienes auspician la “globalización”
    de la cuenta corriente norteamericana o su correlato, la “internalización”
    de las actividades de multinacionales fuera del país, están
    en realidad planteando no un problema técnico ni comercial ni de
    pagos. Más bien, proponen –quizá sin advertirlo–
    un continuum geoeconómico cifrado en las redes de las grandes transnacionales
    con sede en Estados Unidos.