martes, 13 de enero de 2026

Presupuestar para sobrevivir: el mandatorio “último Q” de las PYMEs

Por Paula Chmielnicki, ingeniera industrial y consultora especializada en la profesionalización de PYMEs.

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Este año fue un verdadero caos. Hubo variables macro que, para algunos sectores, parecieron estabilizarse e incluso abrir oportunidades, mientras que para otros la actividad se contrajo y el consumo cayó de forma evidente. Los indicadores hablan de cierta expectativa de crecimiento, pero todavía no logran consolidarse. En medio de este escenario contradictorio, quienes levantan la persiana todos los días —las PYMEs— enfrentan un desafío ineludible en este último tramo del año. Las grandes corporaciones lo llaman “último Q”, es decir, el último cuarto del calendario. Para una PYME, ese tramo final se convierte en el espacio clave para hacer el presupuesto, el marco concreto que permite organizar el cierre y preparar el arranque del año siguiente.

El presupuesto no es un trámite contable ni un archivo que se guarda en un cajón. Mucho menos una futurología que pretende acertar al peso cuánto se va a vender o gastar. Es, en cambio, una herramienta de gestión que ayuda a proyectar ingresos, egresos, costos, inversiones, sueldos, márgenes e impuestos. Su verdadero valor está en anticipar escenarios y definir puntos de control. Sirve para pensar el futuro con suficiente claridad como para ajustar decisiones desde ahora, antes de que sea tarde.

¿Por qué sirve presupuestar?

Presupuestar ordena el presente. Al elaborarlo, la empresa revisa lo que pasó: qué se vendió, cuánto se gastó, cuáles fueron los márgenes. Ese repaso ya es un ejercicio de transparencia interna. También permite decidir con respaldo: si el negocio crece, el presupuesto muestra cuánto se puede invertir y dónde conviene hacerlo; si la situación se complica, señala de inmediato qué partidas reducir o qué proyectos postergar. Además, fortalece la negociación: con proveedores, bancos o socios, contar con proyecciones otorga credibilidad y poder de argumentación. Y reduce el “modo bombero”: las urgencias seguirán apareciendo, pero con un mapa de ruta se improvisa menos y se actúa con más control.

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En Argentina suele escucharse: “¿Para qué presupuestar si todo cambia?”. Justamente por eso. La inestabilidad no anula la planificación: la hace más necesaria. Un presupuesto flexible contempla distintos escenarios —optimista, realista y pesimista— y prepara a la empresa para transitar cualquiera de ellos. No importa cuál se materialice: la diferencia está en llegar con un plan ya pensado en lugar de reaccionar sin red.

El “último Q” como obligación PYME

Las grandes corporaciones cierran el año con reportes detallados, KPIs, revisiones de stock e inversiones. Las PYMEs también pueden hacerlo, a su escala. No hace falta un ejército de analistas: alcanza con un buen Excel, datos confiables y un análisis serio. En este último cuarto del año, contar con un presupuesto no es un lujo: es una obligación. La diferencia se hace visible algunos meses más tarde. Unas empresas llegan a marzo con control y capacidad de maniobra; otras llegan exhaustas, empujadas por la coyuntura.

Los ejemplos están cerca. Una distribuidora que previó una caída del 10% en el consumo renegoció su logística antes del bajón y evitó costos extras. Una textil trabajó con tres escenarios: en el mejor, abría dos locales; en el intermedio, se mantenía; en el adverso, ajustaba producción. Cuando la demanda se frenó, aplicó el plan ya definido. Una tecnológica que presupuestó expansión reservó un colchón financiero y esa previsión le dio oxígeno cuando las ventas demoraron más de lo esperado. Una empresa de servicios de limpieza armó su presupuesto contemplando la estacionalidad: en verano baja la demanda de oficinas pero sube la de countries y consorcios. Al preverlo, pudo reasignar cuadrillas y mantener la facturación estable en los tres meses más volátiles del año.

Presupuestar es, en definitiva, un acto de responsabilidad empresaria. No elimina la incertidumbre, pero otorga claridad y capacidad de reacción. En un país donde la imprevisibilidad es parte de la rutina, la pregunta no es si el futuro será favorable o adverso, sino si la empresa estará preparada para cualquiera de esas posibilidades. Si el escenario acompaña, ya sabés cómo aprovecharlo. Si no acompaña, también sabés dónde ajustar. Y esa es la diferencia entre quienes logran crecer y quienes quedan atrapados en la urgencia permanente.

 

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