Por Redacción Mercado
La historia de la política monetaria estadounidense puede leerse como un péndulo: oscila entre el rigor para combatir la inflación y la flexibilidad para sostener el empleo. El anuncio de este miércoles confirmó que la Reserva Federal se inclina, nuevamente, hacia la segunda dirección.
La tasa de fondos federales quedó en un rango de 4,00% – 4,25% tras una reducción de 25 puntos básicos. No se trata de un gesto aislado. El llamado dot plot, herramienta que sintetiza las proyecciones de los miembros del Comité Federal de Mercado Abierto (FOMC), anticipa al menos dos recortes adicionales antes de fin de año. Diez de los diecinueve miembros ven probable ese sendero; nueve se inclinan por una única baja. El consenso, en definitiva, marca un regreso al ciclo iniciado en septiembre de 2024.
El mercado había anticipado esta decisión con una probabilidad del 70%. Más aún: descontaba tres reducciones consecutivas y atribuía un 45% de chances a que la primera reunión de 2026 trajera otro recorte. Ese optimismo reflejaba la preocupación por los datos recientes de empleo: menor creación de puestos y un repunte en la tasa de desocupación.
Sin embargo, la economía norteamericana no ofrece un cuadro uniforme. La inflación sorprendió con una suba del 0,4% mensual y un acumulado interanual de 2,9%. Esa cifra no solo supera la meta de largo plazo del 2%, sino que también implica una aceleración respecto de meses anteriores. En ese contexto, la Fed enfrenta un dilema clásico: apretar para contener precios o aflojar para sostener la actividad.
La respuesta fue salomónica. Jerome Powell, presidente de la institución, aclaró que la baja no significa necesariamente el inicio de un ciclo indefinido de relajamiento. Más bien, busca dar oxígeno en un momento donde el crecimiento proyectado para 2025 se revisó levemente al alza (de 1,4% a 1,6%), mientras que el desempleo se mantendría en torno al 4,5% y la inflación en 3,0%.
Detrás de estas cifras late una advertencia: la economía global, interconectada como nunca, sigue pendiente de las decisiones que se toman en Washington. En los años setenta, el mundo aprendió —a fuerza de crisis de deuda— que las oscilaciones de la política monetaria estadounidense se transmiten con violencia a los mercados emergentes. Medio siglo después, la enseñanza persiste.
La mediana de las proyecciones del FOMC ubica la tasa en 3,6% hacia fines de 2025, con una convergencia gradual a 3,0% en 2028. Esa trayectoria, de cumplirse, marcaría un retorno a niveles de normalidad luego de años de sobresaltos inflacionarios y de intervenciones extraordinarias.
Pero conviene no apresurarse. La historia económica está llena de ciclos interrumpidos. En 1994, Alan Greenspan intentó una secuencia de ajustes moderados que terminó en un “efecto tequila”. En 2018, Jerome Powell mismo había ensayado un endurecimiento que debió revertir tras la turbulencia de los mercados. Hoy, el desafío es doble: actuar con decisión sin precipitar los desequilibrios que se busca evitar.
En definitiva, la baja de tasas de septiembre no es solo una señal técnica. Es un recordatorio de que la Reserva Federal navega entre escollos: inflación persistente, empleo debilitado, expectativas volátiles. La brújula, como siempre, es frágil. El desenlace dependerá no solo de la economía estadounidense, sino también de un contexto internacional cargado de incertidumbre.












