El antecedente norteamericano
El 6 de enero de 2021 el Congreso de Estados Unidos debía certificar la victoria de Joe Biden. Afuera, miles de seguidores de Donald Trump, convencidos por el relato de un fraude inexistente, se congregaban tras escuchar al presidente saliente: “If you don’t fight like hell, you’re not going to have a country anymore” (“Si no luchan como demonios, se van a quedar sin país”), les dijo en la explanada próxima a la Casa Blanca.
Minutos después, la multitud forzó el ingreso al Capitolio, superó a la Policía y ocupó las cámaras legislativas. El proceso de certificación quedó interrumpido durante horas. Hubo cinco muertos y decenas de heridos. Cuando el Congreso retomó su tarea esa misma noche, el vicepresidente Mike Pence, hasta entonces aliado leal de Trump, subrayó: “La violencia nunca gana. La libertad gana. Y aquí sigue la Casa del Pueblo”.
El episodio dejó una cicatriz profunda en la democracia más antigua de Occidente. El simbolismo era evidente: quienes habían perdido en las urnas intentaron impedir por la fuerza la consumación de la victoria del adversario.
El espejo brasileño
Dos años más tarde, el 8 de enero de 2023, Brasil vivió su propio 6 de enero. Apenas una semana después de la investidura de Luiz Inácio Lula da Silva, una multitud de partidarios de Jair Bolsonaro avanzó sobre Brasilia y tomó por asalto el Congreso, el Supremo Tribunal Federal y el Palacio de Planalto.
El patrón era semejante: un líder que se niega a reconocer su derrota, un relato de fraude sin pruebas y una base movilizada que considera legítimo revertir el resultado electoral. Al recuperar el control, Lula fue categórico: “Lo que vimos fue vandalismo, terrorismo. Y quienes financiaron y organizaron este intento de golpe pagarán con todo el rigor de la ley”.
Similitudes estructurales
Los paralelismos permiten hablar de un fenómeno transnacional:
- Narrativa de fraude: Trump cuestionó el voto por correo; Bolsonaro, las urnas electrónicas. En ambos casos, sin evidencia.
- Liderazgo ausente, influencia presente: ninguno encabezó el asalto, pero ambos alentaron la desconfianza en el sistema.
- Multitudes organizadas: hubo traslados, campamentos y coordinación digital. No fueron estallidos espontáneos.
- Objetivo político común: impedir la transición pacífica del poder mediante la ocupación de símbolos institucionales.
Diferencias determinantes
- Respuesta institucional: en Washington, el Congreso retomó la sesión esa misma noche. En Brasil, Lula decretó intervención federal en el Distrito Federal y el STF se colocó al frente de la investigación.
- Consecuencias judiciales: en EE.UU., más de 1.500 imputados y líderes de milicias condenados a largas penas. En Brasil, además de cientos de procesados, el propio Bolsonaro enfrenta juicio por tentativa de golpe.
- Rol militar: la Guardia Nacional tardó en desplegarse en Washington; la cúpula militar brasileña rechazó sumarse a la intentona, aunque sectores intermedios mostraron simpatía.
- Efecto político: Trump sobrevivió y regresó a la Casa Blanca en 2025, desde donde indultó a los condenados. Bolsonaro quedó inhabilitado e imputado.
El hilo conductor: no aceptar la derrota
La raíz común fue la negativa a reconocer el veredicto electoral. Trump nunca admitió la victoria de Biden; Bolsonaro jamás felicitó a Lula. Al negar legitimidad al adversario, ambos abrieron la puerta a la acción directa de sus bases.
El líder republicano Mitch McConnell lo sintetizó en el Senado tras absolver a Trump en el impeachment: “No hay duda de que el presidente Trump fue, en los hechos y moralmente, responsable de provocar los eventos del 6 de enero”. En Brasil, el juez Alexandre de Moraes fue igual de contundente: “No se trató de protestas, sino de un intento de abolir el Estado de Derecho”.
El peso de la justicia
La justicia norteamericana se concentró en los autores materiales: más de 700 condenados, incluidos líderes de grupos extremistas. Trump enfrentó procesos, pero la protección política y su retorno al poder debilitaron su alcance.
En Brasil, el STF avanzó sobre autores materiales y también sobre la cúpula política. La imputación de Bolsonaro constituye un precedente inédito en América Latina.
Consecuencias internacionales
El asalto al Capitolio debilitó la autoridad moral de Estados Unidos y fue explotado por rivales geopolíticos para cuestionar su democracia. El ataque en Brasilia alarmó a la región, que vio cómo un país con larga tradición electoral podía rozar el quiebre institucional.
Ambos episodios alimentaron la narrativa de una ultraderecha global conectada. Manifestantes brasileños enarbolaron carteles de “SOS Trump”, mientras el propio Trump calificaba de “caza de brujas” el juicio contra Bolsonaro.
Lecciones para las democracias
- Reflejos rápidos: la institucionalidad debe reaccionar sin demoras para cerrar vacíos de poder.
- Combatir la desinformación: sin regulación y educación cívica, los relatos de fraude se convierten en legitimadores de la violencia.
- Responsabilidad de líderes: sancionar solo a autores materiales deja intacto el incentivo para repetir la estrategia.
- Frontera clara: la democracia debe diferenciar entre oposición legítima y ataque al sistema.
Un futuro en disputa
En retrospectiva, el 6 de enero y el 8 de enero son capítulos de una misma crisis: democracias puestas a prueba por liderazgos que se niegan a reconocer la derrota. En Estados Unidos, los indultos masivos de Trump reabrieron heridas. En Brasil, el desenlace del juicio a Bolsonaro dirá si la democracia puede imponer responsabilidades en la cúspide del poder.
Ambos países marcan rumbos. Si logran sancionar a quienes atentaron contra las reglas del juego, enviarán un mensaje claro: las urnas son la única vía legítima de acceso al poder. Si, por el contrario, predomina la impunidad, se abrirá la puerta a nuevas tentaciones autoritarias.
Conclusión
Los dos asaltos no fueron meros episodios de violencia callejera. Fueron intentos deliberados de interrumpir la alternancia democrática. La historia juzgará cómo reaccionaron Estados Unidos y Brasil. La defensa de la democracia ya no se mide solo en elecciones limpias, sino en la capacidad de las instituciones de resistir cuando quienes ponen en riesgo el sistema son líderes surgidos del propio voto popular.












