Desfiles e historia como estrategia: China y Rusia redefinen el orden global

La memoria se convierte en instrumento de poder. Moscú y Pekín utilizan conmemoraciones y símbolos militares no solo para mirar al pasado, sino para moldear el futuro del orden internacional.

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La historia nunca es neutra. Las fechas, los héroes, las derrotas y las victorias forman parte de un patrimonio colectivo que define la identidad de los pueblos. Pero, además de ser memoria, la historia puede transformarse en un recurso político. Y, cuando se combina con desfiles militares, alcanza una potencia simbólica capaz de proyectar poder hacia adentro y hacia afuera.

Esto es lo que, según un informe de la Brookings Institution (Gao y Pearson, agosto 2025), están haciendo hoy Rusia y China: usar la evocación de la historia como estrategia deliberada para reimaginar el orden internacional. Los desfiles ya no son simples celebraciones patrióticas: son mensajes de geopolítica en movimiento.

Rusia y el “Día de la Victoria”

En Rusia, cada 9 de mayo se celebra el “Día de la Victoria” en conmemoración del triunfo soviético sobre la Alemania nazi en 1945. La Plaza Roja se convierte en escenario de un despliegue de tanques, misiles y tropas, observado por líderes internos y extranjeros.

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Este desfile cumple varias funciones. Hacia dentro, reafirma la legitimidad del Kremlin al presentar a Rusia como heredera directa de la epopeya soviética. El mensaje implícito es que sin Moscú, Europa no habría sido liberada del fascismo. Hacia afuera, envía un recordatorio de la potencia militar rusa y su voluntad de resistencia frente a Occidente.

En el contexto de la guerra en Ucrania, este recurso adquiere una fuerza particular. Putin ha comparado la invasión con la lucha contra el nazismo, presentando a Kiev como víctima de un supuesto “régimen neonazi” apoyado por Occidente. El pasado es reconfigurado para justificar el presente.

China y la “resistencia contra Japón”

Pekín, por su parte, celebra con magnitud creciente la conmemoración de la resistencia contra la agresión japonesa durante la Segunda Guerra Mundial. En esas ceremonias, los desfiles muestran no solo a las Fuerzas Armadas, sino también a símbolos culturales que refuerzan la idea de continuidad entre la China invadida de los años treinta y la China potencia del siglo XXI.

El Partido Comunista se presenta como el artífice de la resistencia y, por ende, como garante de la soberanía nacional. El relato busca consolidar la legitimidad interna del partido y proyectar hacia el exterior la imagen de un país que, tras haber sufrido humillaciones históricas, está decidido a ocupar un lugar central en el escenario global.

La narrativa histórica, combinada con la exhibición militar, transmite un doble mensaje: China no solo recuerda sus heridas, también muestra que nunca más permitirá ser sometida.

Historia como arma política

Rusia y China no son las únicas naciones que utilizan la historia para reforzar su política exterior. Estados Unidos recurre constantemente a la evocación de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría como justificación de su liderazgo global. Francia celebra la Revolución de 1789 como fuente de legitimidad republicana. Argentina recuerda la Guerra de Malvinas como elemento de identidad y reclamo soberano.

Lo distintivo en los casos ruso y chino es la manera en que esas conmemoraciones son utilizadas para cuestionar el orden internacional vigente. Occidente presenta la democracia liberal como modelo universal; Moscú y Pekín replican que fueron sus pueblos, con sus victorias y sufrimientos, quienes se ganaron un asiento central en la mesa global.

La historia se convierte así en un campo de batalla. No se discute solo qué sucedió, sino qué significa lo que sucedió y quién tiene derecho a capitalizarlo.

El poder simbólico de los desfiles

Los desfiles militares cumplen, en este marco, un rol particular. Son rituales de reafirmación interna y demostración externa. Permiten exhibir capacidades militares, pero sobre todo transmiten cohesión. Los tanques y misiles que desfilan no están dirigidos solo a los enemigos: también buscan tranquilizar a la población sobre la fortaleza del Estado.

En las democracias occidentales, los desfiles han perdido parte de esa centralidad. Las conmemoraciones suelen ser más sobrias, centradas en el recuerdo y no en la demostración de armamento. En cambio, Rusia y China apuestan a un poder blando militarizado: no basta con proyectar cultura o economía; hay que exhibir músculo bélico acompañado de relatos heroicos.

Memoria y multipolaridad

El informe de Brookings subraya que estas estrategias deben entenderse en el marco de la transición hacia un mundo multipolar. Con Estados Unidos menos dispuesto a asumir los costos del liderazgo global, y Europa dividida entre la dependencia militar de Washington y el deseo de autonomía estratégica, Moscú y Pekín ven una oportunidad.

Al reconstruir sus relatos históricos, buscan legitimar un nuevo orden en el que Occidente ya no es el centro indiscutido. La narrativa es clara: el mundo debe reconocer que tanto Rusia como China han sido protagonistas de la historia y, por lo tanto, merecen ser protagonistas del futuro.

Consecuencias para América Latina

¿Qué significa esta estrategia para América Latina? En primer lugar, plantea la necesidad de alfabetización histórica y simbólica. Las potencias ya no compiten únicamente en inversiones o tratados comerciales; compiten también en relatos. Y esos relatos influyen en cómo los pueblos perciben a unos y otros.

En segundo lugar, obliga a los países de la región a interpretar con cautela los mensajes que llegan desde Moscú y Pekín. Un desfile en la Plaza Roja o en Beijing no es un simple acto cultural: es una declaración política sobre cómo esos Estados conciben su lugar en el mundo.

Finalmente, evidencia que la diplomacia latinoamericana no puede reducirse a balances comerciales o a acuerdos técnicos. Debe incluir también una lectura profunda de las narrativas históricas que moldean el escenario internacional.

Entre memoria y propaganda

El uso de la historia como herramienta política siempre corre el riesgo de caer en la propaganda. Cuando los hechos se distorsionan para justificar políticas actuales, se erosiona la confianza y se amplifica la confrontación. Tanto en Moscú como en Pekín, los desfiles y conmemoraciones tienden a resaltar victorias y silenciar derrotas, a enfatizar la unidad y esconder las divisiones.

El desafío para la comunidad internacional es distinguir entre memoria legítima y manipulación interesada. Y el desafío para cada sociedad es recordar que el pasado no puede ser monopolio de los gobiernos de turno.

China y Rusia han comprendido que el poder en el siglo XXI no se ejerce solo con armas ni con inversiones. También se ejerce con relatos históricos capaces de dar sentido al presente y proyectar un futuro deseado. Los desfiles militares son la puesta en escena de ese relato: símbolos que convierten la memoria en estrategia y la historia en instrumento de política exterior.

La lección es clara: en un mundo donde la multipolaridad redefine las reglas, la batalla por el orden internacional se libra tanto en las cancillerías como en las plazas y bulevares donde los ejércitos desfilan bajo la mirada de sus pueblos y del planeta entero.

 

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