Por Martín Cuccorese

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Hoja de ruta El vino, la industria, el negocio y el placer Tres dimensiones de la actividad vitícola. |
Para cualquier vinófilo o crítico gourmet extranjero, la Argentina pertenece al grupo de países productores llamados “Nuevo Mundo”. Es decir, forma parte de los actores que recientemente han moldeado la escena vitícola mundial. La referencia es en primera y principal instancia a Estados Unidos y posteriormente a Australia. Detrás de ellos, sobre todo de sus políticas comerciales, se apañan Chile, Nueva Zelanda, Sudáfrica y finalmente nuestro país. “Nuevo Mundo” significa varietalismo, diversidad, dinamismo, también calidad. Pero también peligrosamente vinos globalizados, es decir, similares unos a otros aunque provengan de terruños equidistantes.
Desde una no muy clara dialéctica del enfrentamiento, dicho grupo se enfrenta al “Viejo Mundo”, cuyo vocero principal ha sido históricamente Francia, acompañada por Italia, España y Portugal. Durante siglos estos países latinos del viejo continente fueron moldeando el mercado mundial a partir del modelo de Denominación de Origen Controlada implantado en Francia y que tiene como eje fundamental la valorización del terroir (terruño). Las etiquetas de sus vinos no nombran los cepajes, sino las regiones originarias: Champaña, Borgoña, Chablis y Burdeos (Francia), Chianti (Italia), Rioja, Ribera del Duero y Jerez (España), Porto y Douro (Portugal).
La polémica tomó entonces la forma de debate bajo dos conceptos aparentemente enfrentados: varietalismo (Nuevo Mundo) versus terroir y denominación de origen (Viejo Mundo). Más allá de la tinta derramada hay una línea que los separa: el Viejo Mundo conformado por países mayoritariamente latinos no son únicamente productores también son consumidores. Al contrario, los productores del Nuevo Mundo –casi todos ex colonias británicas– han visto crecer el consumo local recién en las últimas décadas. Salvo una excepción: la Argentina.
No es aquí el lugar para determinar el alcance del debate, sino intentar comprender las especificidades de la industria vitícola local y por qué luego de una profunda crisis quedó alineada con los productores del Nuevo Mundo.
La anomalía argentina
Lo que separa a nuestro país del resto de los productores del Nuevo Mundo es que se ha conformado desde el temprano siglo 20 como país consumidor de vinos. La migración española e italiana fue determinante en los altos niveles de consumo de vino que durante muchas décadas mostraron las estadísticas. Para entender un poco más esto debemos recordar que en 1969, la Argentina alcanzaba el segundo puesto mundial en consumo de vinos: 92 litros por habitante. Entre aquel año y el actual promedio de 32/34 l/hbt, sucedieron muchas cosas.
Las estadísticas resultan una de las llaves para conocer la idiosincrasia de los bodegueros argentinos. Durante años y años, las bodegas argentinas volcaron todos sus esfuerzos y vinos en el mercado local. El negocio era la venta interna y, en lo referente a exportaciones, la mira estaba puesta en ventas de mosto y a granel. Así se terminaba de complementar el círculo virtuoso de la industria vitícola argentina durante gran parte del siglo 20.
Los denominados “vinos de mesa”, comercializados en botellas de litro y damajuanas, dominaban la escena. La elaboración apuntaba mayoritariamente a la cantidad y no a la calidad. Hasta fines de los años 60 los tintos conquistaban al consumidor urbano, luego comenzaron a predominar los vinos blancos. La década del 70 es la Edad Media de los tintos: época oscura. Se erradican antiguas viñas tintas cuyo valor resulta incalculable. Pequeños y grandes productores injertan o replantan cepajes blancos –Torrontés y Semillón fueron lamentablemente masificados–; en otros casos, como en Valle de Uco (Mendoza) se arrancan las viñas tintas y el lugar cedido lo ocupan frutales. Del parque varietal, el Malbec sufre un duro golpe: deja de ser la variedad tinta más cultivada en el país. No obstante este cambio de tendencia en el consumo, la industria vivía una época floreciente.
Sin embargo, no mucho tiempo después, sobrevendría la crisis.
La caída comienza a ser registrada por la Organización Internacional del Vino (OIV), a partir de 1984. En una década, el consumo mundial pasa de 280 millones h/L (1984) a 220 millones h/L (1994). El segmento de vinos comunes es el más afectado en los países productores-consumidores: Francia, España, Italia, y por supuesto, la Argentina.
El eco de la caída se profundizó en nuestro país debido a las características particulares del sector. ¿Qué ofrecían las bodegas locales, amén de los “vinos de mesa”? Los “vinos finos” eran unas pocas etiquetas, todas elaboradas en grandes toneles, algo considerado una innovación a principios del siglo 20. Poca renovación tecnológica para una industria que desde 1950 había tenido un crecimiento continuo. Finalmente, ensimismadas en el mercado interno, salvo algunas pocas excepciones, los productores y bodegueros se quedaron sin argumentos. La caída del consumo de vinos de mesa –reemplazados por cerveza y gaseosas– repercutió hondamente por no tener a mano una clara política exportadora. Más aún, existía, en la mayoría de enólogos y bodegueros, cierto desconocimiento sobre el tipo de vino que se bebía en el exterior.
Cambio de rumbo
Gran parte de la última crisis vitícola del país fue vivida en el momento en que el paradigma de los vinos del Nuevo Mundo, el varietalismo, se instalaba. No es raro entonces que un país como Chile, donde la incidencia del vino en el consumo interno nunca fue determinante, haya sintonizado la música más rápidamente que la Argentina. Para que nuestro país se insertase en el mercado mundial ya no sólo como un gran productor y consumidor, sino también empezase a ser escuchado entre los vinófilos del mundo hubo que brindar otro tipo de vinos. Y para ello se hacía perentorio un cambio total de las prácticas enológicas. Esto significó apuntar a la calidad y no a la cantidad. Para ello había que focalizar en los cepajes reconocidos mundialmente: Cabernet Sauvignon, Merlot, Pinot Noir, Chardonnay, Sauvignon Blanc. Y desde ya introducir high tech en bodega.
Quienes inician el movimiento, tienen nombre propio: Raúl de la Mota, Nicolás Catena y el winemaker Michel Rolland. Los frutos comenzarán a verse recién a partir de los años 90.
Uno de los pioneros, sin dudas, es Raúl de la Mota –consagrado hace unos pocos años el enólogo más importante del siglo 20 en la Argentina– quien desde mediados de la década del 70 y en la bodega Weinert ensaya y presenta diversos varietales al mercado: Chardonnay, Merlot, el recordado Malbec Estrella. Su trabajo es acompañado desde el viñedo por el ingeniero Alberto Alcalde, quien a través de sus investigaciones realiza importantes aportes para determinar los cepajes plantados en la Argentina. La indudable sapiencia de Don Raúl quedará momentáneamente oscurecida por la propia crisis, habrá que esperar tiempo para que su visión encuentre otras voces.
Por otra parte, Nicolás Catena (Catena Zapata) en los 80 y con motivo de dictar clases de economía como profesor visitante en la Universidad de Berkeley (EE.UU.) aprovecha para acercarse a la vanguardista experiencia californiana. Napa Valley, capital ideológica del Nuevo Mundo, estaba en plena ebullición y los vinos californianos crecían al compás del varietalismo. Este contacto marca a Nicolás Catena quien de regreso a la Argentina, abandona la elaboración de vinos de mesa y concentra sus esfuerzos hacia los vinos de calidad, primero con Esmeralda y posteriormente con Catena Zapata. Nicolás Catena al redirigir su producción a estándares de calidad y tipos de vino más acordes a la sintonía del planeta vino, introduce los tópicos de los productos del Nuevo Mundo: vinos varietales, nombrarlos por el cepaje, diferentes segmentos de calidad para un mismo varietal (desde vinos fáciles de beber hasta vinos concentrados). Catena Zapata será, ya a mediados de los noventa, una de las primeras bodegas en ser reconocida tanto por los críticos de vinos ingleses –volcados más al estilo del Viejo Mundo– como por la crítica estadounidense (Nuevo Mundo), y más por el gurú de todos los gurúes del vino: Robert Parker Jr. Hubo tres vinos que fueron hitos, todos de la línea Catena Alta: Chardonnay 1995 –primer blanco fermentado en barricas–, Cabernet Sauvignon 1994 y Malbec 1996.
Por último, el winemaker Michel Rolland llega a Cafayate (Salta) para una consultoría en la bodega de Arnaldo Etchart, hacia fines de los 80. En su persona se concentran varios cambios. Por un lado Rolland trae la experiencia del Viejo Mundo pero su mirada ya no es la tradicional sino la de un heterodoxo innovador. Mantiene la idea de terroir pero también suma una concepción varietalista. A cada variedad hay que encontrarle el terruño ideal. Desde Etchart Cafayate –inolvidable las primeras cosechas del Arnaldo – se va gestando un concepto que identificará posteriormente a la Argentina: vinos de altura. Pero en su haber y por su carácter de flying-winemaker, Rolland también suma el hecho de haber propagado el potencial de los vinos argentinos por todo el mundo. Ni que hablar de su histórica amistad con Robert Parker Jr. Además de haber realizado, años después, un interesante trabajo sobre un cepaje que conoce muy bien desde su Château Le Bon Pasteur (Pomerol, Francia): el Merlot.

Michel-Rolland
En movimiento
Hemos puesto nombres propios a las vías de la renovación. Resultan los más significativos pero no son los únicos. Durante los años 90 ningún bodeguero se cruzó de brazos. La industria vitícola argentina aprovechó los años del uno a uno para introducir tecnología de punta en todos los sectores de producción, fundamentalmente en bodega. Proliferan las prensas neumáticas, se abandonan los grandes toneles y se cambian por vasijas de acero inoxidable, aparecen barricas de roble francés y estadounidense, y un largo etcétera de high tech.
Al mismo tiempo surgen nuevos productores llegados de Chile, EE.UU., Francia y España. Traen sus experiencias y con ellas, los enólogos nacionales realizan nuevos aprendizajes y sobre todo salen a recorrer el mundo. Estos nuevos actores además llegan con una cadena de comercialización en el exterior ya aceitada.
Lo que sólo era un rumor de críticos internacionales comienza a tomar forma entre los vinófilos de todo el mundo. El hecho de tener un cepaje tinto emblemático sin dudas fue de gran ayuda, el Malbec es y será una carta de presentación al mundo. Pero también se han ampliado los cultivos de las variedades clásicas a la vez que van creciendo en importancia otras no tan difundidas: Cabernet Franc, Tannat, Viognier, Pinot Gris. Además el país cuenta con un muy diverso parque varietal, justo en el momento en que surge un consumidor inquieto que busca nuevas sensaciones. Y nuestro país tiene cepajes no muy difundidos, las insignias Malbec y Torrontés Riojano pero también Bonarda, Tempranillo, Tocai Friulano, Petit Verdot.
¿Qué hay de nuevo?
En los últimos tiempos, el fin del ilusorio uno a uno ha planteado nuevos desafíos al sector. Es hora de confirmar, el gran paso dado en los 90. El uno a uno ayudó a la incorporación de tecnología, no obstante, para una industria ahora también volcada hacia las exportaciones era un lastre. En un mercado hipercompetitivo, los vinos argentinos en 2000 no sólo eran poco conocidos, también resultaban caros.
Hoy día, la devaluación parece haber abierto las puertas hacia el exterior. No obstante, el proceso conlleva también ciertos interrogantes. Tanto la tecnología como varios insumos han triplicado su valor. Esto plantea un nuevo escenario para las pequeñas y medianas bodegas que también se plegaron a la finisecular ola de renovación pero a las que ahora, por ejemplo, les cuesta renovar el lote de sus barricas para sus vinos premium.
Hoy día conviven en el país bodegas de capitales extranjeros que dedican entre 80 a 90% de su producción a la exportación. Otras de capitales nacionales que avanzan sobre el mercado exterior pero sin descuidar el interno que todavía mantiene una alta cuota de consumo per cápita. Por supuesto, también existen aquellas que se han posicionado históricamente a través de vinos de viejo estilo y que dominan el mercado interno de taquito sin haber cambiado un ápice sus métodos de elaboración. Sin dudas, sobran los dedos de una mano para contarlas.
De todas formas, las experiencias pasadas parecen indicar que ya no se volverán a colocar todos los huevos en la misma canasta, es decir, el consumo interno. Queda la batalla, para las próximas décadas, para ir ganando terreno en el exterior. Para ello se necesitará honestidad, calidad y sobre todo constancia. Tal vez el gran desafío como heterodoxo productor del Nuevo Mundo es cómo no perder identidad en un momento donde un Chardonnay del Líbano se parece a otros de Chile, Hungría, California y también de aquí. Si se resuelve este dilema, el fundamental de los vinos del Nuevo Mundo, el tiempo lo dirá. Por ahora, la Argentina está en movimiento y, sin dudas, es una muy buena noticia. M
Radiografía de la actividad
Lo mejor está por venir
Por Renato Di Fabio
Los números son alentadores. 2006 cerró con exportaciones por más de US$ 510 millones –20 veces más que hace una década– y se duplicó la presencia de marcas nacionales en las góndolas del mundo. Sin embargo, puestos en contexto, los números permiten un análisis más prudente: la Argentina participa apenas con 2% del negocio global (Chile, por ejemplo, concentra 12%).
Por Renato Di Fabio
El país vende en el exterior entre 10% y 12% de su producción, frente a 70% en promedio de otros países como Australia; también considerado dentro de los países del nuevo mundo del vino.
Sin embargo, en perspectiva, la industria se encamina hacia su madurez y –aunque ya el sector no habla tanto de boom–, está intentando descifrar las oportunidades que se desprenden de las ventajas del terruño, el tipo de cambio internacional y la experiencia ganada en la comercialización exterior.
Juan José Canay, de Grupo Peñaflor y presidente de Bodegas de Argentina, una de las dos entidades que agrupa a los empresarios del sector, pone blanco sobre negro: “Hay que ser realistas, la industria ha crecido mucho pero nuestra participación mundial aún es baja. Hemos ganado mercado y la perspectiva-país es buena, pero el mundo no está desesperado por el vino argentino. Si no estamos, no pasa nada… y le compran a otro”.
Según Canay, la presencia argentina en los mercados internacionales se da en los segmentos de precio bajo y medio, y un poco en los altos. Y considera que la oportunidad es incrementar la presencia en todos los estratos, comenzando por los vinos de US$ 1 porque “nadie se hace famoso vendiendo productos caros”. Este escalón puede ser el primer paso –considera– para luego crecer en los segmentos de precios más altos.
Canay advierte también que la bonanza post-devaluación 2002 empieza a atenuarse a partir de la pérdida de competitividad del sector, que experimenta un paulatino incremento de sus costos, “un problema que ya han sufrido otros países como Chile”, agregó.
Con todo, la vitivinicultura sigue mostrando potencial de crecimiento, sobretodo a partir del incremento de los márgenes de rentabilidad. En el bienio 2002-2003 el precio del litro aumentó en promedio 370% y se mantiene estable en los últimos años. Y la producción creció cinco veces respecto de mediados de los 90, cuando comenzó el proceso de reconversión de la industria. Según fuentes del sector, desde entonces la inversión en implantación de nuevos viñedos con variedades de calidad y la adquisición de equipamiento tecnológico para bodegas ronda los US$ 1.500 millones. Y más: según un estudio del Consejo Empresario Mendocino (CEM), de cara al 2010, las inversiones crecerán unos US$ 600 millones.
En la buena senda
Alberto Arizu, director comercial de Luigi Bosca, considera que la vitivinicultura argentina marcha por buen camino. “Hace 15 años, ibas a una feria internacional y nadie sabía que producíamos vinos, siendo –como en la actualidad– el quinto productor mundial. Afortunadamente hemos logrado insertar la idea de que producimos vinos de calidad y con diversidad”, explica Arizu, que conoce bien las góndolas europeas. En este sentido, estima que en el próximo lustro la participación argentina en el share mundial debería crecer por lo menos dos o tres puntos hasta alcanzar 5%, siempre sobre la base de la calidad y del posicionamiento de la marca país, algo en lo que los empresarios bodegueros vienen trabajando desde hace unos años. “Si nos posicionamos como país y como bloque, individualmente a todos nos va a ir mejor”.
Después del ingreso de nuevos jugadores en 2002, atraídos por la alta rentabilidad y el bajo valor relativo de la tierra, el sector tiende a reacomodarse y equilibrarse, aunque con cierto grado de concentración, como ocurre en otros mercados como el australiano o el chileno.
El negocio ofrece bajas barreras de entrada y salida, aunque los plazos de inmovilización de capital son largos. Por eso, en el mediano plazo, los grupos con espalda financiera o con capital ocioso (y paciencia) empezarán a cosechar beneficios. Es que la industria empieza a transitar su madurez y ya no hay espacio para aventureros o aficionados, como ocurría a fines de los 90 y principios de 2000.
A fines del año pasado, en el 2° Foro Vitivinícola realizado en Mendoza, que incluyó la participación de los principales especialistas del sector, se concluyó que el mercado global irá eliminando a competidores no aptos. Algo similar ocurrirá en el plano local. Mariano González, de la consultora Área del Vino, entiende que esta madurez desembocará en mayor concentración y mayores dificultades para los pequeños productores, aunque fortalecerá la industria y la posibilidad de seguir ganando espacio en el exterior. “Habrá sólo lugar para los mejores”, vaticina.
Mariano Di Paola, el enólogo jefe de la bodega La Rural, reconoce también que cada vez hay mayor competencia y que “por la misma góndola vamos argentinos, chilenos, australianos y sudafricanos”. Por eso, hay que afianzar los niveles de calidad y también ofrecer nuevas alternativas, tal vez con vinos “más livianos y frutados” que es una de las tendencias que empiezan a vislumbrarse en algunos mercados. En esta línea, por ejemplo, en EE.UU. 70% de las compras de vinos es realizada por mujeres que siguen esta tendencia. Algo similar ocurre en algunos países europeos.
Di Paola, también explica que en mercados altamente competitivos y concentrados ya no hay espacio para las bodegas pequeñas o boutiques, como parecía ocurrir a fines de los 90. “Las grandes se han convertido en grandes boutiques, y hoy pueden ofrecer calidad, variedad, sello personal y vinos con historia, con tradición y cultura; algo que el consumidor empieza a reclamar”. Además, a los mercados externos hay que ingresar con calidad, volumen, excelente logística y “un buen distribuidor”, requisitos que no todos los jugadores están en condiciones de reunir.
“Para los grupos pequeños siempre fue difícil, pero hoy resulta casi imposible conquistar mercados”, sostiene Roberto de la Mota, hasta hace poco enólogo de Terrazas de los Andes y ahora a cargo de su propio emprendimiento como winemaker y empresario. También habla de la “diferenciación” como un valor agregado para las botellas argentinas. Y aclara que los vinos tienen “un mensaje”, una historia sobre sus uvas, su elaboración, su terruño. Precisamente eso debe comunicar la Argentina al mundo. Según entiende, el segmento ampliado que va de US$ 4 a US$ 20 sigue siendo atractivo para las bodegas locales y representa una oportunidad para seguir creciendo.
Alta competencia
La concentración tiene números concretos. Unas 70 bodegas argentinas representan 95% del mercado, es decir que apenas 6% maneja casi la totalidad del negocio. Del total exportado, 70% tiene como destino la Unión Europea, EE.UU. y Japón, 17% Paraguay y 13% otros mercados.
La concentración también se da del otro lado del mostrador. Por ejemplo, cinco grandes grupos controlan el poder de compra y distribución de los principales países de la Unión Europea, donde Francia e Italia producen 50% del total mundial y consumen cerca de 45%.
En el mundo hay cerca de 250.000 etiquetas. Este número, cada año, crece 1% (se incorporan 2.500 nuevas) por lo que la competencia por un lugar es difícil. Sólo las bodegas argentinas contabilizan 4.500 etiquetas distintas.
En este contexto internacional, el mercado argentino tiende a equilibrarse, con menos y mejores jugadores, al tiempo que crecen las posibilidades de ganar espacio en las góndolas globales, siempre con calidad, volumen y logística de distribución. Esa es la fotografía que hoy muestra la vitivinicultura argentina, una industria en la que parece cumplirse el adagio de que “hacer un buen vino es mucho más fácil que venderlo”. M
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Números argentinos 1.150 son las bodegas habilitadas para producir vino. |
Consumo, hábitos y tendencias locales
El idioma de los argentinos
Un nuevo consumidor de vinos se ha gestado en la última década. Menos prisionero de las marcas y más buscador de relación precio-calidad. En el mercado interno convive todo tipo de identidad: tradicionalistas, vinófilos y amateurs. A la nueva viticultura argentina le corresponde un nuevo consumidor. Más curioso, más flexible y más atento a la relación precio-calidad.
Para la Organización Internacional del Vino y la Viña (OIV), la Argentina sigue siendo un país de alto consumo de vinos. Esta institución con sede en Francia monitorea el mercado mundial a través de sus análisis de coyuntura, que sin pecar de parcialidad funciona como alerta para los países productores de la Unión Europea. Obvio, la Argentina está allí ahora como productor competitivo teniendo en cuenta que los países del Nuevo Mundo –o según el eufemismo de la OIV “Hemisferio Sud + USA”– controlan casi 26% de las exportaciones mundiales y continúa en ascenso. Teniendo en cuenta que la Argentina es el quinto productor mundial y se queda con un modesto 2% de esa torta: ¿Qué pasa con el resto?
La abrupta salida de la convertibilidad implicó un duro golpe a los bolsillos que por supuesto se tradujo en el mercado interno. Según la “Auditoría de Mercado de Bebidas con y sin alcohol-2006” (Elaborada por CCR para “Vino Argentino”), entre 2001 y 2006 hubo una contracción del mercado local en bebidas alcohólicas de 9%. De dicho porcentaje, el vino cayó 13%. No obstante en los últimos años se observa cierta recuperación en las bebidas alcohólicas y el vino acompaña la tendencia tanto en volumen como en valor. El sector registró en 2004 el cimbronazo cuando la tendencia al aumento de los precios desde 2003 comenzó a sentirse en los bolsillos. Si bien la cerveza tuvo un mayor aumento que el vino en el mismo lapso (2001-2006), ha sido menos castigada por el consumidor.
No obstante, desde 2005 la tendencia se ha revertido y según los nuevos datos el impulso viene desde las botellas de más de $4,50 y –aunque usted no lo crea– del vino en tetra brik. A su vez, espumantes y frizzantes con un crecimiento en volumen de 22%. Otro dato sugerente es que en facturación y según el segmento “food empaquetado” (alimentos, bebidas, cosméticas y limpieza) para el segundo trimestre de 2006 –últimos datos con los que contamos– el vino tuvo un buen desempeño en hipermercados (primera posición con 4,5%), supermercados (segunda posición con 4,8%), autoservicios (primera posición con 7,6%). Pero la nota la da el canal denominado de una manera simpática “Autoservicios Chinos” donde el vino alcanza 9,1% de la facturación total.
Lamentablemente, la misma auditoría carece de datos fundamentales sobre vinotecas, restaurantes, entre otros canales. Si bien cuesta tener las estadísticas al día, se estima finalmente que el consumo per cápita para 2006 cierre sobre los 35 litros por habitante (población mayor de 18 años), más o menos.
¿Qué bebemos?
Hace unos pocos años, Jean-Luc Thunevin, el transgresor inventor de los “vinos garage” en Francia, con motivo de la presentación de su vino de 7 euros –vino para todos los días, según el garagista– se había sorprendido de que en Francia 90% de las ventas correspondía a vinos por debajo de los 4 euros. La Argentina no es muy diferente.
Resulta interesante observar que los tetra brik y los vinos en botellas de menos $4,50, capturan 93% del consumo local, según lo auditado por CCR. Pero también es de interés observar que justamente las botellas de valor menor a $4,50 continúan su tendencia a la baja. De allí en más el mega segmento que va de $4,50 a $24 suma 8,7% de ventas. Es sin dudas aquí donde las bodegas compiten palmo a palmo y donde dicha dinámica provoca encuentros y desencuentros con un consumidor que ya no está apegado a las marcas.
A la nueva viticultura argentina sin dudas le corresponde un nuevo consumidor. Más curioso, más flexible y también más atento a la relación precio-calidad. Sobre todo en la franja $4,50/$10 donde los conocedores del vino sitúan la compra cotidiana y algo más. Se trata de vinos jóvenes y frutados que deben además respetar las características de las uvas. Sin dudas, en esta franja las mejoras han sido notables tanto en color, aroma y sabor, respecto a las décadas pasadas donde existían muchos vinos con huellas de oxidación. El vinófilo sabe que aquí no busca complejidad ni guarda, sino el disfrute instantáneo.
En estos precios, los varietales dominan las elecciones locales pues no sólo permite ir reconociendo el cepaje sino también las diversas características según el terruño de donde provenga. Cuando hacia fines de la década del 90 el Syrah de Finca La Anita –primer varietal exótico para los argentinos–, puso de moda este cepaje tinto, se abrieron las puertas de la diversidad. Ya estamos hablando del consumidor contemporáneo. Fue así que aparecieron Bonarda, Tempranillo, Sangiovese y últimamente Tannat, Cabernet Franc y Petit Verdot. Ante esto las bodegas, con resultados desiguales, amplían su portfolio llenando cada casillero. Pero he aquí que el amateur del vino no se estaciona en la marca, sino que busca en cada una de ellas la mejor expresión varietal.
Además, la mega franja de $4,50/$24 es aquella donde existen buenas sorpresas en lo referido a precio-calidad.
Si hasta ahora hablamos de vinos tintos es porque desde la debacle, los blancos han venido en caída aunque últimamente los niveles de consumo han comenzado a estabilizarse y se espera que vayan repuntando. Aquí también el varietalismo ha desplazado los antiguos blancos genéricos de color amarronado y aromas neutros. El Chardonnay continúa siendo el preferido pero el público consumidor también ve con buenos ojos otras uvas blancas como Sauvignon Blanc y Viognier. Atrás, siguen pagando culpas ajenas, el Torrontés Riojano y el Semillón todavía asociadas a los vinos de mesa de los años 70.
Dentro de la movida varietalista sobre los mismos valores hay que subrayar también la aparición bajo otro ropaje de vinos de cortes, 50/50, ahora denominados bivarietales. Cabernet-Syrah, Malbec-Bonarda, Chardonnay-Semillón, Chardonnay-Sauvignon Blanc. También acompañan las mesas de todos los días.
Alta sociedad
Por arriba de los $24 –0,1% de lo consumido por los argentinos según el corte de CCR– no sólo los vinos son más complejos sino también el panorama. En realidad, el corte para su análisis debería haber tenido como piso los $50, teniendo en cuenta que muchas bodegas ya cuentan en su haber con uno o varios vinos que superan los $100. Desde ya los puntos de comercialización aquí son los hipermercados con vinotecas, las vinotecas y los restaurantes, datos que en su totalidad no se disponen. La mayoría de los que se comercializan en el exterior tienen prácticamente el mismo precio que en las góndolas locales. El vinófilo viajado y avispado observa sin entender.
Por fuera de este espinoso asunto, se trata de vinos con mayor complejidad, paso por barricas y con pretensiones de guarda. Aquí el panorama se encuentra más trabado y depende más de estilos y gustos. En los años noventa la novedad fue el paso por barricas. Los vinos de alta gama explotaban en los aromas cedidos por la madera y muchas veces se perdía el orignario olor de la variedad. Para principios de este siglo esos mismos vinos comenzaron a ser desplazados, de manera peyorativa se los describía con aromas a “placard nuevo”.
El consumidor empezó a saturarse, y los bodegueros buscaron un nuevo equilibrio. Pero para esa misma época surgió otra nueva ola, la de los tintos concentrados. Vinos muy untuosos, con alta graduación alcohólica y con abuso de sangría. Todo comenzó cuando se atravesó la barrera de los 14,2v/v de alcohol, de allí en más los récords fueron superándose uno tras otro hasta llegar a tintos que lucían 15,3v/v de alcohol. El comentario positivo del vinófilo y el enólogo era: “mire la graduación alcohólica y fíjese que ni se siente en el paladar”. Y es verdad, cuando están bien hechos, así son. Pero lo que no se siente en la boca, se siente en el paladar. Esos mismos tintos resultan difíciles a la hora colocarlos en la mesa, salvo una excepción: las intensas carnes de caza. Pero justamente esto no es lo habitual en los centros urbanos. El consumidor local sin privarse de ellos optó por beberlo en el formato por copa y en ritual con amigos pues una botella alcanza tranquilamente para satisfacer a seis conocedores.
Hoy día se observa que las bodegas comienzan a moderar la concentración en los tintos premium y super premium. Existe una búsqueda de equilibrio y también de elegancia que está siendo valorada por el consumidor.
De esta descripción de los vinos top argentinos queda una materia pendiente. Se trata del tiempo de guarda. Es decir, botellas de alto precio que, a pesar de ser bien guardadas, prematuramente presentan signos de fatiga. Sobre esta materia todavía los bodegueros deberán trabajar más para no destruir las ilusiones del consumidor.
Costumbres argentinas
Por último, debemos entender que hoy día conviven en el país múltiples tipos de vinos en sintonía con un consumidor variopinto. La globalización de los vinos y el gusto, por ahora al menos, no amenaza con aniquilar los vinos tradicionales de otrora (todavía uno puede beber un Montchenot de López). Los vinos ultra-barricosos y los hiperconcentrados tal vez ya no estén tan a la moda pero hay varias expresiones a mano cuando uno tiene ganas de beberlos. Esto demuestra una dinámica basada en el juego de las diversidades entre oferta y demanda. Tal vez, la última y buena noticia en lo que se refiere a preferencias del consumidor local es que el Malbec ha desplazado al Cabernet Sauvignon. Que se le haya perdido el respeto al considerado rey de los cepajes demuestra que, en el plano local, no hay aristocracia vínica que valga. El consumidor argentino crece junto a la industria y comienza a distinguir claramente la paja del trigo. A fin de cuentas lo que importa es la calidad con el precio correspondiente. M
M.C.

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Mercado mundial Al leer este cuadro debe tenerse en cuenta que el último análisis completo y confirmado de la OIV fue en 2003. Desde 2004 se han sucedido “Notas de Coyuntura” y su respectiva actualización. Pero en todo caso se trata de datos que aún no han sido reconfirmados y figuran como provisorios. El presente cuadro está elaborado con base en “Nota de Coyuntura, marzo 2006” y “Actualidad de la coyuntura, octubre 2006”.
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