Irán hoy no se explica solo a partir de lo que ocurre en sus calles, sino también de lo que alguien se atreve a filmar. La semilla del fruto sagrado, dirigida por Mohammad Rasoulof en condiciones clandestinas, constituye una de esas rarezas que revelan lo que persiste a pesar del miedo. La película, cuyo título original es Dāne-ye anjīr-e maʾābed (“La semilla de la higuera sagrada”), se filmó entre fines de 2023 y marzo de 2024 y se estrenó en la competencia oficial de Cannes en mayo, donde obtuvo el Premio Especial del Jurado.
Un drama familiar en tiempos de resistencia
La historia gira en torno a Iman, un juez del Tribunal Revolucionario en Teherán, recientemente ascendido. En medio del auge de las protestas por la muerte de Mahsa Amini en 2022, su arma desaparece misteriosamente, desencadenando una espiral de paranoia que lo lleva a desconfiar de su esposa y de sus hijas. El hogar —un microcosmos moral— se convierte en una cárcel donde el autoritarismo estatal invade lo cotidiano.
La narrativa intercala ficción e imágenes reales de las protestas “Mujer, Vida, Libertad” —movimiento surgido tras la muerte de Amini— lo que potencia su fuerza política sin caer en el panfleto. Rasoulof, condenado a ocho años de prisión y exiliado, completó el rodaje en secreto bajo arresto domiciliario.
Un símbolo que ahoga
El título remite a la Ficus religiosa, cuya semilla se adhiere a árboles huéspedes parasitándolos hasta matarlos. Es un símbolo vigoroso del régimen teocrático que, al intentar absorber todo reconocimiento en forma de obediencia, destruye a sus propias raíces vivas. La metáfora atraviesa cada plano, cargado de tensión creciente hasta convertir lo familiar en campo de guerra interior.
Contexto político: cine como disidencia
El estreno internacional confirma que el cine puede ser forma de resistencia. En medio de un régimen que exige control hasta sobre el cuerpo —ilustrado por la policía moral y las reglas sobre el hiyab—, la representación del conflicto en el seno de una familia se vuelve acto político por antítesis.
Rasoulof ha explicado que el film nació en prisión, mientras observaba cómo las mujeres iraníes iniciaban una revuelta contra el autoritarismo religioso. En ese sentido, su obra resignifica el cine como declaración pública: una herramienta de verdad frente al territorio del terror estatal.
Referente cultural y premiaciones
Más allá de su valor político, La semilla del fruto sagrado se reconoce por su calidad cinematográfica. Ganó, además del premio en Cannes, el FIPRESCI y el premio del Jurado Ecuménico; recibió el Premio del Público en San Sebastián; fue elegida por Alemania para competir en los Oscar 2025; y acumula nominaciones en los Globo de Oro y los Bafta. Su proyección internacional demuestra que el cine iraní, cuando es valiente, puede hablarle al mundo sin intermediaciones.
El cine, espejo de la historia
En un país donde narrar es un acto peligroso, Rasoulof propone una película donde el horror político se infiltra en la casa, y la represión externa encuentra su eco en la atmósfera doméstica. El conflicto familiar se vuelve paisaje político.
Mujer y Vida fueron palabras que dieron una causa; Fruto sagrado devuelve esa urgencia al cine. En ese gesto, el arte se convierte en urgencia, memoria y testimonio. Un espejo del presente iraní que solo el cine puede sostener.
La película está disponible en la plataforma de streaming MUBI, lo que permite que el público argentino y mundial acceda a una obra que combina valentía artística con testimonio político, confirmando que el cine puede ser todavía una forma de libertad.












