La Agencia China de Exploración Tripulada (CMSA) anunció la culminación exitosa de una prueba integral de despegue y aterrizaje del módulo lunar tripulado Lanyue, cuyo nombre significa Abrazo a la Luna. El ensayo, realizado en el condado de Huailai, provincia de Hebei, validó sistemas críticos como propulsión, control de descenso, guiado y navegación, así como la interoperabilidad de todos los subsistemas en condiciones simuladas de baja gravedad.
En un entorno controlado, se recrearon aspectos clave del terreno lunar, incluyendo cráteres y irregularidades, con el fin de poner a prueba la precisión en el alunizaje y la estabilidad durante el despegue. El Lanyue está concebido para transportar dos astronautas —o taikonautas—, un rover y carga científica, operando como hábitat temporal y centro de comunicaciones en la superficie.
Una arquitectura de misión propia
El plan de vuelo del programa lunar chino contempla una secuencia de lanzamientos múltiples. El cohete Larga Marcha 10 llevará el módulo Lanyue hasta la órbita lunar, mientras otro lanzamiento colocará la nave tripulada Mengzhou (Nave de Sueños). El acoplamiento en órbita será la etapa previa al descenso. Esta arquitectura difiere de la utilizada por el programa Artemis de la NASA, que combina el cohete SLS con la cápsula Orion y el módulo de alunizaje desarrollado por contratistas privados como SpaceX o Blue Origin.
China ha optado por un enfoque de integración vertical: todos los elementos del sistema, desde el lanzador hasta el módulo, son desarrollados por su propia industria espacial estatal. Este modelo le permite reducir la dependencia de proveedores externos y garantizar control absoluto sobre la tecnología, aunque también concentra riesgos y responsabilidades en un único ecosistema industrial.
La competencia con Estados Unidos
El programa Artemis tiene como meta llevar nuevamente astronautas estadounidenses a la Luna a mediados de esta década, con una misión tripulada inicial —Artemis III— prevista para no antes de 2027, tras varios retrasos técnicos y presupuestarios. Estados Unidos busca establecer una presencia lunar sostenida a través de la Gateway, una estación espacial en órbita lunar que servirá de plataforma de acoplamiento y logística.
China, por su parte, persigue un objetivo similar: crear la Estación Internacional de Investigación Lunar (ILRS, por sus siglas en inglés), un proyecto en colaboración con Rusia y otros países aliados. Pekín ha anunciado que la fase inicial comenzará entre 2026 y 2028 con misiones robóticas que prepararán la infraestructura para la llegada de la tripulación antes de 2030.
En este contexto, la prueba del Lanyue no es un paso aislado, sino un hito que consolida la hoja de ruta china y muestra que los plazos anunciados son técnicamente viables. Al demostrar que puede desarrollar y probar un módulo tripulado funcional para operaciones de descenso y ascenso lunar, China reduce la distancia tecnológica que la separa de Estados Unidos en el ámbito de la exploración tripulada.
Un tablero geopolítico más amplio
La carrera lunar de este siglo no se limita al prestigio científico o tecnológico. La Luna es vista como una plataforma estratégica para la exploración y eventual explotación de recursos, incluyendo hielo de agua en los polos —clave para la producción de combustible— y minerales de alto valor industrial. Controlar zonas de interés podría traducirse en ventajas logísticas y económicas en futuras misiones hacia Marte y más allá.
Estados Unidos impulsa el Artemis Accords, un marco legal internacional que busca establecer principios para el uso pacífico y la cooperación en la Luna y otros cuerpos celestes. Hasta la fecha, más de 40 países se han adherido. China y Rusia, en cambio, promueven un esquema alternativo basado en acuerdos bilaterales y la ILRS, orientado a sus socios estratégicos.
Esta división configura un escenario de bloques en la exploración lunar, con una dinámica comparable a la de la Guerra Fría, aunque con un componente comercial mucho más pronunciado. Empresas privadas de Estados Unidos, Europa, Japón y, en menor medida, India, participan activamente en la cadena de suministros y servicios vinculados a Artemis, mientras que China concentra sus contratos en empresas estatales o de estrecha vinculación con el aparato gubernamental.
Ventajas y desafíos
El avance chino con el Lanyue ofrece una señal clara: su programa no está limitado a demostraciones tecnológicas, sino que avanza hacia capacidades operativas concretas. Sin embargo, persisten desafíos significativos. Entre ellos, la necesidad de validar en vuelo real los sistemas de acoplamiento en órbita lunar, garantizar la seguridad en el retorno a la Tierra y desarrollar infraestructura que permita estadías prolongadas en la superficie.
Estados Unidos, aunque con retrasos, mantiene una ventaja en experiencia acumulada, cooperación internacional y diversidad de actores involucrados. La fortaleza de Artemis radica en su capacidad de integrar tecnologías de múltiples empresas y países, lo que amplía su margen de innovación y redundancia técnica.
En contraste, China apuesta a un calendario preciso y a la ejecución centralizada, lo que le otorga agilidad en la toma de decisiones y coherencia en la arquitectura de misión. El éxito o fracaso de esta estrategia dependerá de su capacidad para sostener el financiamiento, gestionar riesgos técnicos y superar las limitaciones que impone la ausencia de una red internacional tan amplia como la de Artemis.
Con la prueba del Lanyue, Pekín ha dado una señal inequívoca de que no se conformará con un papel secundario en la exploración espacial tripulada. Si cumple sus plazos, podría llegar a la superficie lunar con sus astronautas antes de que Estados Unidos complete sus primeras misiones de presencia sostenida. En ese caso, la competencia por la Luna pasará de la retórica a la realidad, y el tablero geopolítico del espacio entrará en una nueva fase de rivalidad estratégica.












