La historia sigue a Mahin (Lily Farhadpour), una mujer viuda de 70 años que vive sola en Teherán, aislada emocionalmente de su hija que reside en el extranjero. Su vida está acotada por la rutina del teléfono, las tazas de té y reuniones con amigas septuagenarias, donde la principal preocupación—y conversión en chisme—es el estado de ánimo del cuerpo. Hasta que una chispa inesperada la lleva a buscar algo más: compañía, romance, acaso una dosis de vida que creía dormida para siempre .
Ese “algo más” aparece encarnado en Faramarz (Esmail Mehrabi), un taxista solitario, veterano, con quien Mahin comparte una simpatía inmediata tras un encuentro fortuito. Esa llamada abre la posibilidad de una velada íntima que transcurre en el departamento de ella. Allí se cocinan —literalmente— la seducción, la ternura y el deseo en una mesa donde el acto de ofrecer su pastel favorito se vuelve puente entre dos vidas que parecían suspendidas .
Una resistencia silenciosa
En un país donde la “policía de la moral” regula hasta los peinados, el relato de una mujer mayor que decide amar parece una osadía mínima, costosa en su quietud. El simple hecho de invitar a un hombre a casa o dejar que el cabello se insinúe bajo el hiyab se erige como desafío a lo público que ordena y limita . La película no grita su protesta; la susurra en gestos cotidianos, en decisiones mínimas que cargan una intensidad inaudita: la de un cuerpo que todavía se mueve cuando el mundo lo quiere inmóvil.
Humano, luminoso, subversivo
La naturalidad de Un pastel para dos lo vuelve entrañable. Su humor nace de lo cotidiano —las amigas que recitan sus achaques, el modo gozoso de cocinar, los silencios resignados— pero también se retrae cuando la censura asoma en la anécdota de una joven acosada por policías en un pasillo . Toda esa ligereza, esa ternura, está atravesada por una melancolía que se arrastra como sombra, también por un riesgo latente, porque la persecución y el olvido amenazan siempre con irrumpir.
Las críticas echan luz sobre su potencia. The Guardian calificó la película como “wonderfully sweet and funny,” una manera elegante de decir que en su ternura hay una declaración política implícita . En MUBI, el comentario señala que “celebra que el amor puede endulzar la vida a cualquier edad” . En Otros Cines, Diego Batlle destaca la tensión entre lo íntimo y lo público, donde una historia simple adquiere ecos universales . Además, la crítica digital de Emiliano Basile lo define como una “historia de amor en la tercera edad en un contexto de censura y represión” .
El sabor de lo posible
El gran logro de Un pastel para dos no está en reinventar el relato romántico, sino en su capacidad para hacerlo relevante donde eso ya parece imposible. El amor, entonces, no sucede en lo monumental sino en lo visible —un abrazo furtivo, una mirada cómplice, un té compartido—. Es una reivindicación del deseo como acto político y humano: diga, en una sociedad que lo querría anestesiado.
Y aunque el contexto sea iraní, la película habla de todos los rincones donde el cuerpo envejece y el sistema lo invisibiliza. Mahin no pide mucho; solo quiere seguir viva con plenitud. Un pastel para dos cumple con convocar esa urgencia: la de vivir todavía.












