viernes, 16 de enero de 2026

    Contra el fundamentalismo ecológico

    Opinión |

    ¿Cuál es la energía disponible más conveniente en razón de ser, a la vez, la más barata y la que menor proporción de carbono emite? La nuclear. Pero tras el desastre de Fukushima en Japón, habrá un alto en la construcción de centrales nucleares, proceso que seguramente se pondrá en marcha otra vez cuando se perfeccionen los sistemas de seguridad.
    En el debate sobre las fuentes más confiables de energía disponible y conveniente, no solamente hay argumentos científicos, tecnológicos y políticos. También hay una buena porción de aprensiones, temores y también prejuicios.
    Hay cierto fundamentalismo verde que se niega a debatir seriamente sobre el tema. Un buen ejemplo de esta actitud ha ocurrido hace pocas semanas en Gran Bretaña. Una intensa campaña “ecologista” se desató contra los molinos generadores de energía eólica en la zona de rural de Gales. ¿Los argumentos? Las turbinas erigidas “son innecesariamente altas, las empresas a cargo se benefician de grandes subsidios estatales, pueden causar daños desconocidos a la salud humana”. Algunos críticos más sinceros fueron un paso más allá: destrozan el idílico paisaje rural de la zona.
    La razón fundamental a favor de la energía eólica es precisamente su bajo costo. Según el comité gubernamental británico sobre cambio climático, el costo es casi igual al de quemar gas natural. Y para 2020 se espera que sea más competitivo aún. De modo que la preocupación por los bajos costos es lo que impulsa en este caso el desarrollo de este tipo de energía. El mismo comité sostiene que para 2030 el precio de la electricidad a partir del viento será de 7 a 8,5 peniques por kilowatio/hora, mientras que la solar costará entre 11 y 25 peniques.
    ¿Cuáles son entonces las opciones que propician estos celosos ecologistas, si se considera peligrosa la energía eólica?
    Ni hablar de la energía nuclear. La opinión pública, sensibilizada con razón tras la tragedia japonesa, no acepta su expansión. Incluso discute el cierre de las actuales instalaciones. Probablemente, dentro de unos pocos años, cuando la tecnología encuentre soluciones a los nuevos problemas de seguridad planteados, es probable que tímidamente recomience el ciclo nuclear.
    Dado que todo el mundo está en contra de aumentar la utilización de combustibles fósiles (o al menos nadie lo recomienda, aunque no haya más remedio que recurrir a ese recurso), es de imaginar que habrá apoyo para energías alternativas más limpias (ni hablar del carbón, que todavía se usa en algunas usinas británicas).
    Por lo menos, los que se oponen a las turbinas eólicas en Gales (aunque no a las minas de carbón) declaran preferir la energía solar o la originada en las mareas. Lo que está muy bien. Toda energía alternativa merece su oportunidad. Pero también es cierto que, al momento impuesto por la tecnología disponible, estas últimas resultan más costosas que la eólica.
    Lo que no significa que haya que abandonar esos esfuerzos. Primero, porque hará falta todo tipo de energía para reemplazar –o al menos reducir– la que produce la combustión de petróleo y de gas. Segundo, porque el avance tecnológico es incesante, y las energías que hoy son más costosas, mañana pueden ser las más económicas.
    De modo que parece lo más sensato que tanto el Gobierno como los que protestan se concentren en ver cómo se elimina –se reduce– la “contaminación visual” provocada por la red de transmisión eólica. Que parece ser el verdadero hito en cuestión.
    En lo que respecta a la energía nuclear, luego de Fukushima quedó en claro que cualquier accidente que provoque la pérdida del poder necesario para mantener trabajando el proceso de enfriado de los reactores, es la amenaza más seria que se puede imaginar.
    Hasta que la industria no demuestre fehacientemente que puede lidiar exitosamente con esas situaciones, no tendrá un futuro asegurado. La situación es penosa porque se da en el momento que hubiera sido ideal para la energía nuclear: petróleo y gas cada vez más caros, inquietud por el calentamiento de la tierra y soluciones parciales de parte de las otras energías. Con ese panorama, la industria nuclear hubiera despegado para conocer su momento más brillante. Ahora en cambio está estancada. En el mundo, hay 440 usinas nucleares en operaciones, casi 60 están en construcción, y había planificadas otras 493 cuya viabilidad habrá de verse.
    La última ilusión en materia energética se llama shale gas. Está en formaciones de esquistos a gran profundidad. Según análisis de datos recogidos en miles de pozos, en efecto, la aventura no será fácil. A juicio de la consultoría IHS DrillingData, ya a mediados de 2009 los esquistos mágicos eran un gigantesco esquema Ponzi. En la actualidad, “más de 10.000 perforaciones en tres grandes formaciones esquistosas crean resquemores sobre sus perspectivas. Sin duda –admite PNC–, existe gas abundante, pero el problema es si será redituable una vez extraído”. Aun si los optimistas tuviesen razón, existen implicancias de tipo ambiental. La tecnología empleada para extraer gas del suelo, llamada hidrofractura, requiere casi cuatro millones de litros por perforación. Parte de esa agua debe desecharse luego porque está contaminada.
    En consecuencia, en materia energética: hechos, datos, tecnología disponible. Nunca prejuicios y propaganda sesgada. El fundamentalismo verde nos puede condenar a un apagón.

    Definitivamente, el mundo es distinto

    Para los aficionados a la comparación histórica, la tentación es irresistible. Viendo la erosión que sufre el protagonismo hegemónico de Estados Unidos en forma constante, advierten que ha comenzado la declinación del imperio romano. Como antes le tocó a Grecia (es decir, a Gran Bretaña).
    Más allá del facilismo comparativo, es evidente que cada vez le cuesta más a Washington imponer su visión en la economía y el comercio internacional, tarea en la que además registra claros fracasos. Los grandes países emergentes ejercitan su nueva fuerza y se hacen notar. Del mismo modo que la caída de Roma produjo –para bien o para mal, según se lo juzgue– un nuevo orden internacional con pluralidad de actores, no se advierte en el actual escenario alguien capaz de replicar la pax romana que desde hace bastante más de medio siglo aportaba Estados Unidos.
    El año que viene vencerá el Protocolo de Kyoto y nada indica que se logre una negociación efectiva en torno al clima y el ambiente. Si no se consigue encontrar una salida, lo mismo ocurrirá con la Ronda de Doha y habrá que comenzar de cero en las discusiones sobre comercio mundial. Ni China ni India –y los demás emergentes– ceden un tranco en este asunto. Un desarrollo que no era imaginable hace dos décadas.
    Washington se cansa de clamar por una flexibilización de la política monetaria china sin encontrar respuesta. Los próximos tiempos del Fondo Monetario Internacional seguramente estarán signados por el mismo desencuentro.
    Para entender el nuevo escenario, hay que tomar distancia, cambiar el ángulo de enfoque. Algo difícil para los analistas y los medios que reflejan una perspectiva tradicional. ¿Es acaso el probable colapso griego y la crisis de la deuda de la eurozona –o incluso la alicaída economía estadounidense– lo más relevante que ocurre en el planeta?
    Stephen King, economista jefe del HSBC y autor de Losing Control: the Emerging Threats to Western Prosperity, tiene otra perspectiva, original y atrapante. Él cree que lo central que está aconteciendo en el planeta es la recreación de la antigua ruta de la seda, a través de una red de nuevas rutas comerciales Sur-Sur que conectan Asia, Medio Oriente y América latina.
    ¿Qué era la ruta de la seda? Una tupida red de caminos con una rama sur que penetraba en el subcontinente indio y otra mucho más extendida que atravesaba Asia para desembocar en Estambul y desde allí prolongarse hasta el corazón de Europa .
    La Roma imperial se comunicaba así con el imperio chino desde donde recibía las preciadas telas de seda. En su largo recorrido la red atravesaba el valle de Fergana, en el corazón de Asia Central, su zona más fértil y más densamente poblada. En su marcha hacia el Oeste llegaba a ciudades como Kabul, Samarkanda, Teheran, Bagdad, Damasco, Alejandría para desembocar en el Mediterráneo oriental y enlazar con las rutas terrestres y marítimas de Europa central y occidental.
    En torno de esa red de más de 10.000 kilómetros de longitud se fue constituyendo a lo largo de más de dos milenios un complejo sistema de culturas interconectadas que incluyen extensas áreas cuyas civilizaciones se encontraban integradas pero preservando una gran heterogeneidad.
    Algo parecido ocurre ahora en otra escala y en otras latitudes. El centro de gravedad de la economía global se está mudando al sur. Brasil, por ejemplo. 42% de su comercio es con el mundo desarrollado y, del resto, 22% es con otros países en América latina. El restante 36% es lo que podría describirse como comercio intercontinental Sur-Sur. Esa porción podría aumentar ocho veces y dejar atrás el comercio con el mundo desarrollado en los próximos 40 años. Para 2050, este vínculo podría representar bastante más de la mitad de todo el comercio de Brasil.
    Este cambio extraordinario está ocurriendo porque se están desmantelando las “barreras” económicas que impedían el despegue del comercio Sur-Sur. El mes pasado, Brasil y China celebraban conversaciones con miras a abrir los mercados de China a productos brasileños con más valor agregado. Algunas de las fusiones y adquisiciones más grandes del mundo están ocurriendo en el eje Sur-Sur: la segunda por tamaño del año pasado en Brasil la protagonizó Sinopec al comprar por US$ 7.100 millones una gran participación en Repsol-YPF. En el ámbito de un abanico de nuevos agrupamientos políticos –de los cuales la Shanghai Cooperation Organisation es uno de los mejores ejemplos– que se están creando, no hay lugar en la mesa para las potencias occidentales.
    Los flujos asociados de capital generarán más cambio. Hasta ahora, los altos niveles de ahorro de China se canalizaban mayormente hacia bonos del Tesoro de Estados Unidos pero, a medida que aumentan sus conexiones con el hemisferio sur –aunque solo sea por la búsqueda de recursos– la infraestructura de inversión que ha transformado las condiciones económicas en las provincias orientales de China comenzarán a transformarlas en América latina, Medio Oriente y el África Subsahariana; más puertos, caminos, trenes y aeropuertos