sábado, 14 de febrero de 2026

    Para defender la democracia, lo que hace falta es más política

    Desde la dirección de la Escuela de Política y Gobierno (UCA), intenta desentrañar en la cotidianeidad de las aulas, qué será lo que incuban las nuevas generaciones en sus códigos de vinculación social para que, de repente, aparezcan tremendas movilizaciones de populistas, ambientalistas e integracionistas en Europa, protestas por la desigualdad, la contaminación, el Brexit, o la discriminación para con los inmigrantes.

    Como cuando estuvo al frente de la Dirección Nacional de Inteligencia Estratégica Militar, garabatea escenarios para intentar desentrañar qué pudo haber detonado en las entrañas de un modelo neoliberal exitoso, como el chileno, para que los jóvenes hayan salido a manifestar: un día por el transporte, otro por la salud, la educación, la Constitución, sin que el norte de esa escalada sea la destitución presidencial, ni favorecer a la oposición, ni responder a una movida ideológica de raíz cubana o venezolana.

    Pero es de tanto tratar con los alumnos, los colegas académicos, los dueños de Pymes que frecuenta, que consigue sacar en limpio que en Argentina aún existen aún vasos comunicantes entre la sociedad cotidiana y las instituciones, lo cual, en todo caso, activa un mecanismo automático de renovación del contrato social para seguir apostando a la democracia cuando suena alguna alarma de golpes, helicópteros o algo que se les parezca.

    En la entrevista concedida a Mercado ratifica que cree en la conducción de la política, no en la economía, para resolver la aparente contradicción entre capitalismo y democracia.
    Deja, sin embargo, flotando algunos interrogantes: ¿cómo hace la política para financiarse sin ser rehén del poder económico? ¿Cómo hace para conducir cuando hay jueces que pertenecen a una casta y ni siquiera son parte de un sistema, ni tampoco confiables? ¿No se trata de los mismos que determinaron que en el gobierno anterior habían robado y ahora resulta que los que estaban presos salieron en libertad? ¿Al final, robaron o no?

    Desigualdad y tensiones

    –¿Qué le reclaman, sobre todo los jóvenes, a la democracia: un reparto más igualitario, un cambio en la Constitución, o que renuncie el Presidente?

    –Un nuevo pacto, un poco más social. Y esto es lo interesante porque la Constitución es el primer pacto para un país. No para el dirigido por una elite que en un momento decidió la manera de organizarlo, sino para uno en el cual todos decidamos y estemos incluidos. Fue como lo que hizo Evo en Bolivia. Cuando llegó a la Presidencia dijo “nuestro sector no está representado en esta institucionalidad” y que había que crear una nueva distribucionalidad que comprendiera a toda la riqueza que es Bolivia, desde una concepción multicultural.

     

    –¡A Evo no le había ido tal mal y mire en lo que terminó!

    –Fue porque no logró institucionalizar ese desarrollo y los éxitos que había conseguido en términos de inclusión. Pero le falló la idea de que la riqueza que aseguraba la diferencia para lograr lo que había venido a cambiar, solo seguiría siendo posible si él permanecía en la Presidencia. Tensó con la democracia tal como la entendemos, lo cual quizás le dio espacio al cuestionamiento desde otros poderes que, de alguna manera, había conseguido ordenar. Por ejemplo, la intervención de las Fuerzas Armadas cuando parecía un tema ya terminado complicó aún más la crisis institucional.

     

    –¿Por qué Argentina, que camina por la cornisa de la hiperinflación, con un inusitado salto de la pobreza, la deuda casi en default y la producción paralizada, hasta ahora no se contagió de la protesta callejera que impera en gran parte del continente?

    –Es una cuestión de confianza en un momento crítico que la democracia pudo resolver. También es cierto que estábamos justo en vísperas de elecciones y el malestar se pudo procesar. Argentina tiene una riqueza muy interesante en organizarse. Apenas aparece un interés, los vecinos se arman para defenderlo, se elige una conducción y se actúa.
    Eso es buenísimo, pero está desordenado. A la coalición de Alberto se le hace difícil conciliar muchas organizaciones que están representadas. Las instituciones como los partidos, las gremiales, empresarias, podrán estar cuestionadas en el nivel de dirigentes –y quizá lo comparto–, pero hay que rescatar que han sabido adaptarse a las falencias del sistema.

     

    –¿Cuál sería el margen de tolerancia con que cuenta Alberto Fernández para mostrar algo?

    –No mucho. Está quebrada la confianza en la política y va a ser muy difícil reconstruirla, aunque la sociedad argentina demostró tener mucha paciencia. Lo hizo con el gobierno anterior, porque a los dos años no estaba tan claro que veníamos bien, y sin embargo le renovó la confianza en el medio término. Actualmente habría que ver cómo serán los tiempos, porque hay una coalición en la que no todos piensan igual, donde un grupo se arroga la soberbia moral de creer que lo sabe todo, pero que representa a un grado muy importante de la población.
    Hubo otros que pensaban generar una tercera alternativa y finalmente decidieron quedarse. La conducción está maniobrando con la idea de que todos creen que es mejor juntos, pero hay que ver si coinciden en la manera. En la medida que las cosas se hagan y generen confianza, la población acompañará porque quiere salir. Pero espera señales de la clase política y, si no se la ve participando del ajuste, puede ser peligroso.

     

    –En 2015 al populismo le iba mal y vino el neoliberalismo, en 2019 éste colisiona con los que lo votaron: los mercados, el campo, los petroleros de Vaca Muerta y hasta la Iglesia, ¿qué nos podría deparar 2023 siguiendo esta ronda?

    –Este circuito se alimenta en la lógica de que, como no aparecen figuras y hay que volver a votar a los mismos, siga siendo efectiva la defensa de lo conquistado. Sin embargo, brotan reclamos internos en las instituciones, como la inclusión de la mujer y de la juventud, que son transversales.
    En la última elección, 40% votó por la reelección de Macri, lo que quiere decir que hay un sector de la sociedad que se siente mejor representado por los que se fueron o que le teme a los que vinieron. Hay que tener presente que el pueblo vota un gobierno pero también una oposición, de modo que se debe aprender a jugar el rol de opositor que falta, no para impedir sino para mejorar lo que el otro propone, que al final no va a ser tan distinto de lo que uno piensa. Para la democracia es muy importante fortalecer el rol de la oposición, y si está en crisis, es porque no hay partidos políticos, sino que son todas coaliciones, lo cual está sucediendo en todo el mundo.

     

    –En ese caso, ¿serían una solución las mesas de concertación socioeconómica compuestas por representaciones sectoriales de intereses?

    –La experiencia del Parlamento y el Consejo Económico y Social aprobando juntos y que se pueda mantener por 4, 8, 12 años sin importar que cambien los gobiernos va a ser más que interesante.

     

     

    Globalización y desarrollo

     –A lo largo de la historia, capitalismo y democracia marcharon de la mano, ¿fue la globalización la que tensionó ese matrimonio?

    –Cuando aparece la globalización, las clases dirigentes se desprenden cada vez más del destino que les reservaba su propio país y ello creó un enorme problema para la maduración como Estado por la imposibilidad de desarrollar todos los factores cuando no se los tiene dentro del propio. Le preguntaba la otra vez a un dirigente por qué creía que los sindicatos financiaban la política y respondió que porque el destino de ellos sí va con el de la Patria. El de los empresarios, los más grandes, no, y si en algunos casos es sí, no disponen de dinero.

    Es todo un tema el financiamiento de la política, de la conducción de una comunidad. Lo que está en crisis es vivir juntos, porque los que están fuera del sistema no se sienten contenidos por esa bandera y los que están arriba no se sienten parte de ese destino.

     

    –¿Por qué los regímenes autoritarios, como el de China o Rusia, pese a manejarse con prácticas capitalistas en sus economías, no comparten la problemática social de las democracias?

    –La democracia está en crisis en el punto en que todos podemos decidir sobre todo, lo cual pone en cortocircuito la formación política. Si tiene que ejercerla una élite o no (ya lo discutieron hasta los clásicos).

    ¿Quiénes gobiernan, los sabios? ¿Quiénes tienen que estar en el poder? Cuando aparecieron los partidos políticos esa era la riqueza, ahí formaban. El que quería ser político iba a un partido y de ahí salían los dirigentes. Un empresario que tuviera vocación política estaba dentro del partido. Cuando ese sistema entró en crisis, ¿de dónde salen los políticos? De cualquier profesión. ¿Cualquiera puede conducir? ¿No hay necesidad de entender al Estado y la función pública para poder hacerlo?

    Los últimos cuatro años nos han dado una muestra de que si no se tiene algo de conocimiento del Estado, es mucho más complicado. La ventaja del autoritario, y de hecho muchos países asiáticos se han desarrollado gracias a ese sistema, es que no tiene que consultar tanto. Pero también en algún momento esto se tensa.

    El ser humano ama la libertad. Es lo que está pasando en Hong Kong. Putin está empezando a recibir algunas contestaciones. En algún momento se mostraba a Erdogan como exitoso, y ya tiene cuestionamientos. No basta con solucionar todos los problemas para que la gente crea que va estar mejor.

     

    –¿Vamos hacia un nuevo modelo de democracia?

    –No está tan claro, todo está en revisión permanente. Cuando hay un gobierno con fortaleza y conducción la tiene más fácil. Se puede hacer en democracia, pero hay que reconstruir la confianza y encima de toda una cantidad de organizaciones que tienen voz en la democracia, en los partidos políticos. Pero ahora están apareciendo grupos que se insertan en el sistema político.

    Lo que se va a plantear en la mesa económica y social ¿por qué no se soluciona en el Parlamento? ¿Será que la representación no se agota en el sistema político? ¿Los movimientos sociales, los sindicatos, las Pymes, las comunidades agrarias, no están representados en el Congreso? Hoy el tema con la democracia es quién tiene la representación.

     

    –¿Qué rol les corresponde asumir a los empresarios para evitar que un capitalismo salvaje termine de hundir a las democracias?

    –El Papa Francisco es muy crítico acerca de que lo único importante sea la acumulación de riqueza que promueve el capitalismo salvaje e individualista, que va a contramano de lo que sería una comunidad organizada, y su cada vez mayor derivación hacia la desigualdad.
    Que creció mucho más que la pobreza como claramente desnudó la tecnología a la que todo el mundo accede. Pero cuando hablamos de empresarios entramos en un universo demasiado amplio.

    La empresa, dentro de una comunidad, desempeña un rol, que es el del desarrollo productivo. Está bien que gane plata, pero no a costa de que a los demás les vaya mal. En realidad, lo mejor sería que para que le vaya bien, al resto también. Tuve mucha relación con las pequeñas y medianas empresas, que ocupan 80 % de la actividad económica del país, y me consta que la están pasando mal. No representan al universo empresarial que está en las grandes decisiones sino que más bien demandan ayuda.

    Las corporaciones extranjeras radicadas en el país a las que les va bien deberían contribuir al bienestar. Miremos lo que hizo Evo Morales en Bolivia, les subió tremendamente el impuesto a las gasíferas pero no tanto como para que se fueran. Absorbe, pero les deja ganar. Como hacen los grandes países con las mineras, con todas. Lo que sucede es que intentan ir a países donde pueden sacar más tajada y dependerá de la política. Nuestro problema es que cambiamos tanto las reglas que la complicamos.

     

    –¿Qué piensa cuando escucha decir que la solución del país está en Ezeiza?

    –Me lastima cuando alguien me dice que quiere que su hijo se vaya, porque significa que se perdió el sentido de Patria, y al final ese sentimiento produce reacciones, como la del surgimiento de los nacionalismos. El hombre necesita pertenecer a algo: puede ser a causas parciales, como la defensa de las ballenas, de los derechos humanos, todo legítimo y que puede canalizarse dentro del mismo país. Pero es diferente pertenecer a un interés determinado que a una comunidad. Decía el otro día en una conferencia que uno quiere nacer y morir en una familia, y el colectivo es la Patria, donde viven las familias, los tuyos, si se pierde eso, vale todo.