domingo, 15 de febrero de 2026

    Nuevo rumbo para la industria o el retorno de los dinosaurios

    Hay, ahora mismo, una constelación de discusiones teóricas y sobre las consecuencias prácticas, pero en verdad, eliminando los matices, nos encontramos con tres explicaciones de la realidad industrial.

    La primera dice: es el fin de la industria tradicional tal como la conocíamos. Ese peso y significación, se traslada a los sectores con foco en ciencia y tecnología. Todo un método, un mecanismo para desarrollar la industria convencional, ha quedado obsoleto.

    La segunda explica: hay un resurgimiento industrial a partir de lo que se ha dado en llamar la “cuarta revolución industrial” o la “Industria 4.0” (ver página 40) que, a partir de la digitalización total de los procesos promete un futuro distinto.

    La tercera sentencia: los viejos nombres industriales resurgirán y serán cabeza de los rankings en valor de capitalización de mercado, en ventas y en ganancias.

    Para muchos observadores, no hay nada definitivo. En apariencia y por el momento, hay un desplazamiento desde la industria pesada a sectores centrados en ciencia y tecnología, marcas, algoritmos y software. El negocio financiero, medios digitales, productos de IT, empresas farmacéuticas y de biociencias. Los nuevos competidores vienen en bandadas, y son cada vez más numerosos y poderosos, porque además obtienen altos márgenes de rentabilidad.

    ¿Cómo salvar esta grieta entre estas distintas categorías de actores? ¿Cómo se concilian tan diversas visiones? Ayuda entender lo ocurrido durante las últimas décadas.

    Según una investigación de McKinsey Global, una era de 30 años de crecimiento ininterrumpido de ganancias por partes de las empresas, parece estar llegando a su fin.

     

    Señales de cambio

    La competencia global es cada vez más intensa a medida que las compañías se hacen globales y que la tecnología –y las firmas que facilitan la tecnología– avanzan con vertiginosa velocidad sobre nuevos sectores de la economía.

    La estimación es que el actual nivel total de ganancias empresariales que ahora está en 10% del producto bruto mundial, puede reducirse a menos de 8% para una fecha tan cercana como 2025. Es decir, se perdería en una década el nivel de todas las ganancias obtenidas durante los últimos 30 años.

    Hay una comparación fácil. Entre 1980 y 2013 crecieron enormemente los mercados mundiales, mientras que, simultáneamente, bajaban los costos impositivos, el costo de los préstamos financieros, los costos salariales, el de los equipos y el de la tecnología. Las ganancias totales de las empresas más grandes del mundo eran de US$ 2 billones (millones de millones) en 1980, y pasaron a US$ 7,2 billones en 2013, con lo que las utilidades pasaron de ser 7,6% del producto bruto mundial a 10%.

    Pero las señales de cambio en el ambiente y en la propia naturaleza de la competición global son abundantes y elocuentes.

    Es que ahora hay nuevos actores. De un lado, grandes compañías originadas en las economías emergentes. Después de alcanzar tamaño gigantesco en sus mercados locales, comenzaron la expansión por el resto del planeta. Del otro, high tech firmas que están introduciendo nuevos modelos de negocios de crecimiento explosivo y que decretan la muerte de otras empresas tradicionales.

     

    Un enfoque osado

    El más reciente aporte a esta discusión proviene del libro The Pan-Industrial Revolution: How New Manufacturing Titans Will Transform the World, del profesor Richard D’Aveni, profesor de la Tuck School of Business.

    Lo menos que se puede decir es que una teoría osada. Un crítico del libro sostuvo que el título debería ser “Cuando los dinosaurios gobiernen el planeta otra vez”. D’Aveni parece darle razón. Cree que un gigante golpeado como General Elecric se levantará y será figura dominante en los próximos años. Que el Índice Dow Jones desplazará de las actuales primeras posiciones a las Big Tech, y que volverán a esas posiciones los grandes nombres industriales.

    Todo ello en la geografía del cinturón industrial estadounidense, las zonas centrales y del Medio Oeste, tan golpeadas por los cierres de industrias y la creciente desocupación. Un resurgimiento que sería posible por todas las formas de impresión 3D, laser y robótica, y el concurso de la inteligencia artificial.

    Los clásicos gigantes industriales, ¿volverán a dominar la escena? Hay un final abierto.

     

     

    El mito del capitalismo y el rol de las big tech

    Es una historia que cuenta la transformación de un país que tuvo un mercado abierto y competitivo hasta que se transformó en una economía donde unas pocas compañías poderosas dominan sectores claves que afectan la vida cotidiana de la gente.

     

    (El relato es el que hace el libro The Myth of Capitalism, un libro que se acaba de publicar. Una verdadera denuncia contra los monopolios digitales).

    Empresas como Google, Facebook y Amazon actúan como guardianes del mundo digital. Amazon capta casi todas las ventas online. La gente cree que puede elegir pero para las decisiones más importantes sólo tienen una o dos compañías cuando se trata de Internet de alta velocidad, de cobertura médica, de redes sociales, de búsquedas en Internet y hasta de productos de consumo. Todos los días el ciudadano común transfiere algo de su sueldo a los monopolios y oligopolios.

    Pero el capitalismo sin competencia no es capitalismo, y sin embargo en sector tras sector, la competencia está muriendo. Para demostrarlo, el libro cita algunas realidades del mercado estadounidense:

    • Cuatro aerolíneas dominan el tráfico aéreo, a menudo con monopolios o duopolios locales en sus hubs regionales.
    • Dos corporaciones controlan 90% de la cerveza que beben los estadounidenses.
    • Cinco bancos controlan más de la mitad de los activos bancarios del país.
    • Más de 75% de los hogares con Internet de alta velocidad tienen los servicios de un solo proveedor.
    • En muchos estados solo dos aseguradoras de salud concentran entre 80 y 90% del mercado.
    • Muchos hospitales son monopolios locales y las compañías farmacéuticas tienen monopolios a través de patentes que se extienden indefinidamente.

    “Sin competencia todo el mundo sufre. Las gigantescas corporaciones estrujan el sueldo de los trabajadores. Las compañías crecen con enormes ganancias que van a parar a los bolsillos de los millonarios. Así crece la desigualdad. Los monopolios dominantes ahogan a las start ups y manipulan los mercados a su antojo en beneficio propio. Los votantes sienten que los mercados están arreglados y los políticos populistas triunfan. Un sistema verdaderamente competitivo impide esa injusticia, fomenta el crecimiento económico y alienta a las start up“.

    La solución está, dicen, en implementar un plan fuertemente antimonopólico para retornar al momento en que la competencia creaba crecimiento económico, empleos, buenos sueldos y un campo de juego parejo.

     

    (*) The Myth of Capitalism: Monopolies and the Death of CompetitionJonathan Tepper y DeniseHearn.

     

     

    Se contraen las ganancias de las empresas

     

    En forma simultánea, los analistas de la evolución de la actividad económica en Estados Unidos advierten que en el segundo trimestre del año comenzaron a caer las ganancias de las más grandes empresas del país. Eso significa dos trimestres consecutivos de ganancias declinantes, la primera “recesión de ganancias” desde 2016.

    Al producirse en un momento en que la actual expansión económica es la más prolongada del país hace pensar en que el boom se está quedando sin combustible. Los empresarios se ponen nerviosos.

    America Inc, como se suele llamar al sector empresarial norteamericano, viene gozando de una mano extraordinariamente buena desde la crisis financiera de 2008-09. La economía creció, la inflación se mantuvo baja y las tasas de interés por el suelo. A pesar de que el desempleo se ubica por debajo de 5% las presiones salariales fueron modestas. En total, las ganancias anualizadas superaron los US$ 2 billones (dos millones de millones) el último trimestre, casi el doble de una década atrás. La reforma impositiva de Donald Trump redujo el impuesto a las ganancias de 35% a 21%. Eso más sus esfuerzos desregulatorios liberaron capital. Las empresas aprovecharon ese dinero inesperado para recomprar acciones.

    Hoy, en cambio, el humor es menos eufórico. La confianza está cayendo. Casi cuatro quintos de las 500 firmas del S&P estiman una caída de 2,8% en el promedio de las ganancias además del 0,3% del último trimestre.

    Los observadores ven dos razones para este clima: la primera y más importante es la guerra comercial de Trump con China. Las fricciones comerciales están haciendo estragos en las cadenas de suministro y en los costos.

    La otra tiene que ver con las empresas tecnológicas. Empresas del tamaño de Apple y de Intel afrontan una caída cíclica en la demanda de sus productos. Las fricciones comerciales agravan el problema y también la decisión de Trump der imponer sanciones a Huawei, el campeón tecnológico chino. Muchas firmas de Internet empiezan a tener problemas.