domingo, 15 de febrero de 2026

    La ética revoluciona el mundo financiero

    En las últimas décadas del siglo anterior la cantidad de dinero invertido en lo que se denomina principios ESG –siglas inglesas para “ambientales, sociales y de buen gobierno” – era de apenas unos cientos de millones de dólares, un mercado marginal impulsado por una pequeña minoría de inversores que buscaban un cambio positivo en lo social y ambiental. Ahora que hay una mayoría de inversores que utilizan criterios no puramente financieros para realizar inversiones “con impacto”, el negocio mueve US$ 23 billones (millones de millones) y sigue creciendo a gran velocidad.  

    La inversión ética se ha convertido en un gran negocio. Pero para que ese negocio cumpla con su promesa de limpiar y cuidar el planeta, los participantes deberán transparentar las operaciones. Desde el comienzo mismo el sector recibió acusaciones de “greenwashing“, un término que indica cuando se invierte más en parecer verde que en serlo de verdad.

    El problema radica en qué se entiende por “verde”. Hay distintos criterios para decidir que una actividad es verde: uno implica salvar el planeta, otro habla de limitarse a no hacer daño y para un tercero, es una cuestión de administrar los riesgos políticos y regulatorios. En cualquiera de los casos, los inversores merecen que se les hable con claridad sobre la actividad en la que invierten. Todos los que salgan a hacer inversiones social y ambientalmente responsables, deberán decidir qué actividad está de acuerdo con sus principios y hacerse responsables de sus elecciones.

    Lo que está impulsando el fenomenal crecimiento del sector es un enorme grupo de ejecutivos y financistas que buscan evitar daños, a su reputación o al mundo. Descubrieron, a veces de la peor manera, que ignorar los aspectos sociales, ambientales y de buen gobierno les puede salir muy caro. Hay ejércitos de accionistas haciendo campaña para adoptar aspectos relacionados con ESG porque los riesgos políticos y regulatorios son cada vez más altos y porque además mejoran los resultados financieros de largo plazo.

    Este recurso de administrar los riesgos angustia a los puristas de ESG porque es lo que permite a los escépticos acusar al mercado de simular virtudes.

    No obstante lo anterior, la historia muestra que las revoluciones ocurren cuando la mayor parte de la sociedad siente que los riesgos (y los costos) de estar en la periferia son mayores que los riesgos de sumarse a la corriente. Por eso, parecería que las inversiones ESG han llegado al punto de inflexión.

     

    La inversión ética como norma

    2019 parece ser el año en que las consideraciones ambientales, sociales y de buen gobierno (ESG) dejan de ser especiales para convertirse en normales. Los ejecutivos y financistas advierten que puede ser más costoso ignorar los principios de la responsabilidad social.

    Hay varios factores impulsando esta tendencia: uno es que están mejorando los sistemas de auditoría y contabilidad ESG. El hecho que existan diversos estándares para medir, hace difícil evaluar el tamaño del sector “inversiones ESG”. Pero esa diversidad ha creado una oportunidad que tratan de aprovechar abogados, contadores y calificadoras. A medida que mejoran los sistemas de auditoría se involucran más inversores y emisores de bonos. También se vuelve más fácil para los outsiders evaluar cuáles compañías cumplen con los principios ESG.

    Todo eso, a su vez, fomenta un segundo cambio. El escrutinio a las empresas está llegando a un nivel en el que tanto ejecutivos como financistas temen que sea más peligroso no cumplir con los principios ESG que cumplir con ellos.

    Esto es importante porque cuando apareció el movimiento ESG en el siglo pasado, a la cabeza había un grupo de inversores que buscaban generar un cambio positivo. Esos “benefactores” proactivos siguen influyendo, especialmente porque los millennials occidentales adoptan la idea de invertir para el impacto.

    Pero lo que realmente está fomentando el crecimiento del sector es un grupo grande de ejecutivos y financistas que buscan evitar el daño, ya sea a su propia reputación al mundo. De manera que ESG ya no es una causa por la que hacer campaña; es también una herramienta para el manejo del riesgo.

     

    Fondos socialmente responsables

    El Fondo Soberano de Noruega es el fondo de inversión más importante del mundo: tiene una cartera de un billón de dólares (en español, billón es millón de millones).

    Comenzó a operar en 1996 para acumular los excedentes aportados por la industria petrolera de ese país en el Mar del Norte. En una nación de poco más de cinco millones de habitantes, se ha convertido en una iniciativa muy exitosa. Es uno de los principales inversionistas del mundo, ya que posee al menos 1,3% de las acciones de todas las compañías que cotizan en las bolsas mundiales.

    Los activos del Fondo crecieron 13 veces desde 2002. A fin de 2016, la mitad de los activos que tenía eran retorno de ganancias, utilidades aportadas por una inteligente política de inversión.

    Como corresponde a su tamaño e importancia, hace unos años dio la señal de partida a un nuevo proceso. Comunicó que solamente invertiría en empresas que tuvieran excelente record en materia de sustentabilidad, cuidado del clima y responsabilidad social empresaria. En ese proceso, liquidó algunos de los activos originales que poseía y adquirió otros nuevos.

    La señal fue percibida por muchos otros fondos de inversión que, con mayor o menor notoriedad pública, comenzaron a imitarlo.

    De modo que se dio una situación inédita. Todas las empresas bien calificadas en rankings y encuestas sobre sustentabilidad, transparencia y cuidado del ambiente –por ejemplo– advirtieron que comenzaban a ser vistas de otra manera en los mercados bursátiles.

    Y las que nunca se habían preocupado por estos temas, descubrieron de golpe beneficios inmediatos por adoptar buenas prácticas en estos campos.

     

    Actividades vedadas

    Hace poco menos de una década, el proceso había comenzado tímidamente con el surgimiento de los llamados fondos “socialmente responsables”. Toda actividad vinculada a bebidas alcohólicas, tabaco o juegos de azar, era prácticamente inexistente para la visión de estos inversionistas.

    Pero luego comenzó a ampliarse el campo de aplicación. Solamente las empresas que de manera genuina respetaban criterios ambientales, sociales y con criterios claros y efectivamente aplicados en materia de gobernanza, merecían ser elegidas para invertir.

    El efecto fue doble. Los fondos inversores comenzaron a mejorar su propia imagen. Ya no eran filibusteros oportunistas en tren de buscar ganancias a cualquier costo. Estaban del lado de “las buenas causas”.

    En cuanto a las empresas candidatas a recibir inversión, comprobaron que el esfuerzo realizado en el campo de la sustentabilidad y la RSE, era reconocido y reportaba beneficios económicos, o al menos, acceso a las fuentes de financiación necesarias.

    En los últimos años las inversiones “socialmente responsables” se han convertido en un fenómeno cultural. Cada vez son más los inversores que intentan invertir de acuerdo con sus propios criterios personales de valor social. A la tendencia se suman los inversores institucionales, quienes incorporan explícitamente factores ambientales, sociales y de buen gobierno al análisis de las inversiones posibles.

    La tendencia no está exenta de problemas. Es muy fácil decidir no invertir en actividades claramente cuestionables. Ahora hay que tener una política proactiva y herramientas conceptuales para decidir qué es lo correcto.

    Las empresas vinculadas a los sectores energéticos (especialmente las petroleras) comienzan a aparecer en la lista negra. En otros casos los criterios son más sofisticados para fundamentar la decisión. Esta empresa en la mira, ¿produce alimentos que afectan la obesidad infantil? , ¿o esta otra no hace nada por la purificación y reciclado de agua?

    Es difícil decidir qué es lo correcto, y al final no hay más remedio que recurrir a los valores individuales de quienes tienen la responsabilidad de tomar la decisión.

    Todavía el tema está muy verde para una conclusión definitiva. Pero varias investigaciones sugieren que tienen mejor retorno las empresas responsables, que las que no lo son.