Vamos hacia una jubilación en etapas

La gente está viviendo más y mejor que antes. Según analistas, el resultado seré que va a tener que trabajar durante más años para poder financiar su vejez. Pero para que eso sea posible, muchos países tendrán que modificar sus leyes de retiro.

En los países industrializados, las proyecciones oficiales de expectativa
de vida se corrigen permanentemente hacia arriba. El mes pasado, por ejemplo,
el gobierno británico elevó entre 10 y 13% los cálculos oficiales
para los que actualmente están en sus sesenta y ochenta años.

Esta realidad, combinada con la caída en las tasas de natalidad, significa
que la gente tendrá que vivir una vida laboral más larga y ahorrar
más para pagar sus años de retiro. Eso tendrá, sin duda,
profundas repercusiones culturales y legales. Habrá que revisar el concepto
de jubilación obligatoria para, por ejemplo, permitir que la persona
que se retira (y que comienza a cobrar su jubilación) pueda seguir trabajando
en la misma organización con diferente estatus y diferente sueldo.

Cosa como éstas pondrán a prueba la capacidad de adaptación
de mucha gente. Alguien que se jubila, digamos, como CEO y que no quiere retirarse,
deberá aceptar cargos de menor jerarquía, como por ejemplo asesor
o adjunto. Eso no es fácil de asimilar para algunas personas que se han
acostumbrado al poder durante demasiados años. Según algunas encuestas,
las mujeres parecen mucho mejor preparadas para hacer tareas diferentes o asumir
tareas tradicionalmente masculinas.

Todas estas situaciones posibles hacen pensar que en el futuro veremos “la
jubilación por etapas”, que puede adoptar muchas formas. En Japón,
por ejemplo, Toyota permite que sus empleados de la línea de producción
vuelvan con contratos anuales después de que se jubilan a los 60 años.

El grupo farmacéutico Pharmacia, antes de ser absorbido por Pfizer,
permitia que sus empleados de Estados Unidos trabajaran hasta 1.000 horas por
año pasados los seis meses de retiro. Durante ese período podían
seguir haciendo aportes a sus respectivas cuentas de ahorro.

Estos acuerdos, así como tantos otros posibles, facilitan la transición
psicológica entre el empleo a tiempo completo y el retiro. Muchos invitan
a los empleados con experiencia a quedarse algunos años más y
beneficiar a la organización con sus conocimientos acumulados. Pero también
van a exigir una modificación en la legislación jubilatoria de
muchos países. Si las realidades son otras, las leyes también
deberán modificarse.

En los países industrializados, las proyecciones oficiales de expectativa
de vida se corrigen permanentemente hacia arriba. El mes pasado, por ejemplo,
el gobierno británico elevó entre 10 y 13% los cálculos oficiales
para los que actualmente están en sus sesenta y ochenta años.

Esta realidad, combinada con la caída en las tasas de natalidad, significa
que la gente tendrá que vivir una vida laboral más larga y ahorrar
más para pagar sus años de retiro. Eso tendrá, sin duda,
profundas repercusiones culturales y legales. Habrá que revisar el concepto
de jubilación obligatoria para, por ejemplo, permitir que la persona
que se retira (y que comienza a cobrar su jubilación) pueda seguir trabajando
en la misma organización con diferente estatus y diferente sueldo.

Cosa como éstas pondrán a prueba la capacidad de adaptación
de mucha gente. Alguien que se jubila, digamos, como CEO y que no quiere retirarse,
deberá aceptar cargos de menor jerarquía, como por ejemplo asesor
o adjunto. Eso no es fácil de asimilar para algunas personas que se han
acostumbrado al poder durante demasiados años. Según algunas encuestas,
las mujeres parecen mucho mejor preparadas para hacer tareas diferentes o asumir
tareas tradicionalmente masculinas.

Todas estas situaciones posibles hacen pensar que en el futuro veremos “la
jubilación por etapas”, que puede adoptar muchas formas. En Japón,
por ejemplo, Toyota permite que sus empleados de la línea de producción
vuelvan con contratos anuales después de que se jubilan a los 60 años.

El grupo farmacéutico Pharmacia, antes de ser absorbido por Pfizer,
permitia que sus empleados de Estados Unidos trabajaran hasta 1.000 horas por
año pasados los seis meses de retiro. Durante ese período podían
seguir haciendo aportes a sus respectivas cuentas de ahorro.

Estos acuerdos, así como tantos otros posibles, facilitan la transición
psicológica entre el empleo a tiempo completo y el retiro. Muchos invitan
a los empleados con experiencia a quedarse algunos años más y
beneficiar a la organización con sus conocimientos acumulados. Pero también
van a exigir una modificación en la legislación jubilatoria de
muchos países. Si las realidades son otras, las leyes también
deberán modificarse.

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