Tucumán, más allá de la casita

Enmarcada en un hermoso escenario natural, el llamado Jardín de la República es una buena opción tanto para un viaje de aventura como para uno de conocimiento. Por Florencia Álvarez

Entre los destinos turísticos del norte del país, Tucumán suele quedar al final de la lista. No es porque no cuente con hermosos lugares para visitar, sino porque hasta hace algunos años se enfocaba más en desarrollar su sector industrial que su potencial turístico. Pero viendo los resultados que un fuerte y es­me­rado trabajo han dado en las hermanas Salta y Jujuy, resaltar sus atractivos para atraer a nacionales y extranjeros es también una meta a cumplir en el Jardín de la República. 

 

Tarea en la que ha colaborado fuertemente la llegada de grandes cadenas hoteleras como el Sheraton –frente al parque 9 de Julio, en el norte de la ciudad–, y el Hilton Garden Inn –en la zona conocida como el Abasto–. Dos opciones cinco estrellas que ayudan a atraer tanto a congresistas y a hombres de negocios, como a viajeros de primer nivel. 

 

En San Miguel de Tucumán, los lugareños se jactan de vivir en un lugar donde “todo queda cerca”, y es verdad. A solo 12 kilómetros del centro se encuentra Yerba Buena, una zona que ellos comparan con el San Isidro bonaerense y donde se destacan sus opciones gastronómicas, las modernas salas de cine, los paseos de compras y, sobre todo, sus canchas de golf y sus clubes de rugby, un deporte que caracteriza a la provincia y de donde han salido varios Pumas.

 

 

Pero lo más interesante es que a 25 kilómetros del centro, el llamado Circuito de las Yungas, que alcanza los 1.300 metros de altura, permite sumergirse en lo más hondo de una selva exuberante. Subir al Parque Sierra San Javier y detenerse en cualquiera de sus miradores para apreciar la infinita vista hacia los cuatro puntos cardinales es un paseo en sí mismo. Pero allí también se pueden realizar cabalgatas, travesías en mountain bike y trekking por senderos escondidos que exhiben lo más rico de las yungas, desde incontables ejemplares de la flora autóctona hasta aves de las especies más exóticas. Este lugar también exige una visita a la Estatua del Cristo Bendicente, que se alza a 28 metros del suelo y permite las panorámicas más espectaculares de la ciudad desplegándose a los lejos, en el valle. 

 

Pero si se va en busca de adrenalina y aventura, el lugar indicado es Loma Bola, una de las pistas de parapente más importantes de Sudamérica, donde se disputan torneos nacionales e internacionales ofreciendo verdaderos espectáculos aéreos. Para los novatos hay vuelos de bautismo biplaza, en los que experimentados instructores se encargan de que quienes nunca vivieron una experiencia semejante se animen a tirarse en un parapente para que, aunque sea una vez en la vida, puedan sentir la maravillosa sensación de volar. Este es un lugar ideal ya que tiene una pendiente de 800 metros rodeada por árboles de hasta 30 metros de altura que funcionan como una especie de amortiguador de los vientos.

 

Siguiendo el zigzagueante camino de montaña –sobre la ruta 338–, entre una selva de gigantescos helechos, lianas, tipas, cedros, lapachos, robles y pinos recubiertos de plantas trepadoras, existe una aldea encantadora, Villa Nougués. Sus características arquitectónicas hacen pensar en una postal de los Alpes franceses, rodeado de un verde esplendoroso, con hortensias, agapantos y violetas que estallan por todos lados, y sus manchas de casas de veraneo construidas en piedra gris. Esta villa es la preferida de los novios para celebrar sus bodas, sobre todo los de la alta alcurnia de la sociedad tucumana. 

 

La capilla gótica El Sagrado Corazón es un lugar más que romántico para dar el sí al atardecer y luego cruzar la calle para festejar en una vieja posada con unas magníficas terrazas que se alzan en medio de la vegetación. Pero si uno no va con la intención de asistir a un casamiento, pasear por sus calles y admirar la forma en que las flores estallan en cualquier época del año, es un disfrute en sí mismo. 

 

La villa se conformó cuando, a fines del siglo 19, el acaudalado empresario azucarero y gobernador de la provincia, Luis Fernando Nougués construyó su residencia en ese paraje atraído por sus magníficos paisajes, el clima excelente durante todo el año y la cercanía con la gran ciudad. Luego fueron varias las personalidades locales que levantaron allí sus mansiones de veraneo. En algunas de ellas hasta recibieron a visitantes ilustres como el ex Presidente de Estados Unidos Theodore Roosevelt en 1913 y el príncipe de Piamonte, Huberto de Saboya, quien en 1924 se convirtió en rey de Italia.

 

 

Con la historia a flor de piel 
Protagonista indiscutible de la Independencia de la Argentina, en 1999, San Miguel de Tucumán fue declarada “Ciudad Histórica”. Es imposible visitarla y no darse una vuelta por la famosa casa nombrada en todos y cada uno de los libros de historia, donde los constituyentes declararon la Independencia de las Provincias Unidas de Sud América, el 9 de julio 1816. Bien mantenida, conservada como museo, biblioteca y varios archivos, se ubica sobre la calle Congreso 141. A pesar de sus muchas modificaciones, la casa conserva el salón original de la jura. 

 

El museo cuenta con ocho salas con exposiciones permanentes en donde se exhiben colecciones de documentos y objetos de la vida cotidiana, de uso religioso y militar de los siglos 18 y 19. Además, refleja las transformaciones políticas que sucedieron en el Río de la Plata durante ese período y los momentos de la revolución y de la guerra que acontecieron en nuestro país hasta producirse la declaración de la Independencia.

 

 
También se pueden recorrer los cuatro patios, con sus galerías y jardines. El brocal del aljibe, las áreas de servicio, la “Galería de las placas de homenaje”, con unas 500 colocadas entre 1893 y 1984 y los murales de la escultora tucumana, Lola Mora, “25 de mayo de 1810” y “9 de julio de 1816”. 

 

Todos los días desde las 20:30 hs, excepto los jueves, el público puede disfrutar del Espectáculo de Luz y Sonido, en el que representativas voces interpretadas por figuras como Alfredo Alcón, Eduardo Rudy, Lola Membribes y María Rosa Gallo, entre otros, recrean las históricas circunstancias. 

 

Otro imperdible del centro es la plaza Independencia, con su estatua de la Libertad (también de Lola Mora) alzándose en el centro. A su alrededor se elevan los edificios de la Casa de Gobierno, la Catedral y la Casa Padilla, exponente de una típica “casa chorizo” que perteneció a una tradicional familia tucumana y a la que se puede entrar para observar objetos con más de un siglo de historia. Dentro de ese mismo circuito, se encuentra también la iglesia San Francisco, construida en 1767, que conserva reliquias importantísimas como la primera bandera nacional presentada en el norte del país entre 1812 y 1813, la mesa y los sillones utilizados por los congresistas de 1816, y objetos de miembros del ejército del Norte y de los Andes comandados por Belgrano y San Martín.

 

 

 

Un sabio desconocido 

La provincia más pequeña de la Argentina ofrece también sumergirse en otro tipo de historia, la historia de la ciencia. Saliendo del centro propiamente dicho, y apuntando hacia sur, sobre la calle que lleva su nombre, se encuentra la Fundación Miguel Lillo, un reducto casi secreto que sería un sacrilegio no visitar. 

En materia de investigación biológica, geológica, taxonómica, ecológica y de recursos naturales, es una de las instituciones más importantes de Latinoamérica desde hace 82 años. Depende del Ministerio de Educación, posee once institutos propios donde más de cien investigadores y técnicos –algunos becarios de la Universidad Nacional de Tucumán y del Conicet– desarrollan estudios en las distintas áreas, que difunden a través de publicaciones propias consultadas por especialistas de todo el mundo.

En el jardín de su casa solariega, Lillo cultivó una muestra de la selva tucumana. Ese jardín es hoy un botánico que contiene más de 70 especies de árboles e innumerables herbáceas y cactáceas. 
Si bien los sectores de estudio no están abiertos al público, sus resultados pueden verse reflejados en el museo emplazado en el complejo. Ofrece un viaje interactivo y multisensorial por la flora y la fauna del Noroeste, tanto la de nuestros días como la que pobló la región hace más de 220 millones de años. El flamante MUL está habitado por herrerasaurios, riojasaurios, logosuchus (un antecesor del dinosaurio del tamaño de un gato) y demás réplicas y fósiles originales de aquellos animales que incitan a viajar al pasado más remoto, así como por la flora de esos tiempos. Otras de las joyas de la fundación es la biblioteca, con más de 140.000 ejemplares, de los cuales 11.800 pertenecían a la biblioteca personal de Miguel Lillo. 

La tierra que además de vibrar la Independencia sintió nacer a Mercedes Sosa, se hizo conocida por su “lunita tucumana”, las famosas empanadas, sus naranjos en las veredas, y los deslumbrantes valles Calchaquíes tiene mil tesoros por descubrir. Es solo cuestión de tomarse un avión.

 

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